La vorágine diaria apenas me dejó reparar en la campaña “de expectativa” que antecedió al anuncio de este tercer regreso de Soda Stereo, seguramente la banda de rock argentino más famosa del continente. Luego vino, en catarata, la sucesión de noticias sobre entradas agotadas para cinco funciones en Buenos Aires y seguramente en breve, el anuncio de shows en el resto de América latina. Hasta ahí, la noticia de la semana: Charly Alberti y Zeta Bosio, los dos tercios vivos del trío, volverán a subirse al escenario para tocar junto a la grabación de la voz y la guitarra de Gustavo Cerati. Punto. Hasta ahí la noticia.
No está muy claro cómo será la dinámica audiovisual de este espectáculo titulado Ecos, apenas hubo algunas notas periodísticas que han contado que será algo parecido -pero mejorado- al espectáculo ABBA Voyage que presenta avatares digitales (los “ABBAtars”) de los integrantes del grupo sueco, en ese caso acompañados por una banda en vivo.
Inmediatamente, en esa caja tóxica de resonancia que es la red social que cambió de nombre, brotaron los memes y los comentarios irónicos, filosos, sobre “otra ve sopa”, “choreo”, “no se metan con él que está muerto” y demás chicanas. No es el objetivo de esta nota calificar estas opiniones, cada uno dice lo que quiere y mucho más en X.
Pero no me importa. Me gusta que vuelvan. He convivido con las canciones de Soda Stereo desde mi adolescencia: yo tenía 13 años cuando salió el primer disco y a los 15 los vi por primera vez en vivo, en el gimnasio de mi querido Estudiantes de Olavarría, gracias a la buena onda de Roberto Cirigliano, primer jefe de prensa de Soda trágicamente muerto un par de años después en un accidente en México. Era la época de Nada Personal, en donde justamente está la canción “Ecos” que da nombre y musicaliza este tercer regreso.

Desde ese momento, 1985, hace ¡40 años!, Soda Stereo fue parte de mi vida y podría contar episodios de mi vida con cada disco -tal como Nick Hornby escribió en la magnífica Fever Pitch, su novela de amor por el fútbol y el Arsenal de Londres. Los vi más de una docena de veces, en Vélez, el Gran Rex, la 9 de julio (inolvidable), con amigos queridos -algunos que ya no están y los extraño, Fabián Polosecki, Javier Andrade- y novias de esos momentos. Cada show es un gran recuerdo que atesoro en la carpeta de los lindos momentos vividos con una de mis pasiones.
La vida me llevó a ejercer el periodismo de rock desde los años 90 y ahí tuve más cercanía e incluso contacto personal. Los entrevisté varias veces: recuerdo a Alberti distante y retraído, a Bosio simpático y campechano y a Cerati todo un caballero de las relaciones públicas, siempre bien predispuesto, mordaz en sus respuestas. Presencié un ensayo -yo solo sentado en el piso, mientras ellos tres tocaban, increíble- en la sala de la avenida Naón casi Virrey del Pino (ahí ahora hay un chalet, pegado a la embajada de Emiratos Árabes). Paso casi todos los días por esa esquina de Belgrano R y no dejo de mencionárselo a mis hijos, que ya lo incorporaron a sus referencias geográficas de su barrio y su ciudad.

Los entrevisté, viajé con ellos por Sudamérica, presencié de cerca los shows de despedida de 1997 (el de las “¡Gracias Totales!“) y el regreso del 2007. Es más, tengo una buena historia para contar sobre aquellos recitales: unos años antes, hice una entrevista con Gustavo Cerati en su etapa solista. Incluía producción de fotos. Un rato después, seguíamos con Diego Capusotto, por entonces en pleno furor de Todo x 2 pesos. Cerati llegó con su equipo de peinado, maquillaje y vestuarista. Era una estrella. Capusotto, que vivía cerca, apareció producido ridículamente con un traje viejo y arrugado, con un peinado al cachetazo que era una risa. Se encontraron. Tengo la imagen de Cerati dándole la mano y diciéndole con una reverencia ”¡maestro!“. Capusotto, que es bastante amargo (pero amable y simpático, no confundir), quedó bastante sorprendido. Bueno, todo eso para contar que aquella tarde en el estudio de mi amiga Nora Lezano de San Telmo, nació la novedad de aquellos shows del regreso de Soda Stereo en 2007: no había banda telonera, el telonero era... Diego Capusotto y sus sketches cómicos.

Creo haber transmitido a mis hijos el amor por Soda Stereo, porque escuchamos sus canciones en casa o en el auto y ya los adoptaron también como banda de sonido de sus vidas, aún entre el aluvión de música contemporánea disponible para consumir. Lamentan no haber podido verlos mientras Cerati estaba vivo. Pero algo compensamos y fuimos a ver y disfrutamos del espectáculo del Cirque du Soleil en el Luna Park y el show de Soda con cantantes invitados en el Campo de Polo. La pasamos muy bien.
Así que ahora, que “La fiebre volverá / De nuevo” (Corazón delator, hermoso título de reminiscencias claramente literarias), tengo expectativas porque sé que volver a escuchar esas canciones en vivo en un estadio, me traerán todos los recuerdos de mi vida con esa banda de sonido. No tengo tiempo ni ganas de quejarme por el interés comercial de esta gran movida (es capitalismo, muchachos; es la industria del entretenimiento, muchachos). Voy a disfrutar con mi familia porque nos gusta la música, nos gusta el rock argentino. Y nos gusta Soda Stereo.
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