La megalomanía de Pink Floyd sigue viva en la trayectoria paralela -nunca parece que volverán a juntarse- de Roger Waters y David Gilmour, el alma de una de las bandas de rock más trascendentes de la historia del rock, o mejor dicho de la cultura rock. Al fin y al cabo, juntos como dupla creativa concibieron buena parte de la mejor obra de la banda: ahí están sobre todo sus discos de la década del 70 -por estos días se cumplieron 50 años de la publicación de Wish You Were Here, por ejemplo- que, justamente en términos cronológicos, habría de concluir a fines de noviembre de 1979, cuando apareció The Wall.
De ahí en más, entre combate de egos y cuestiones de poder interno, Waters-Gilmour participaron de un disco más, no más: The Final Cut (1982), con su referencia poética a la guerra de Malvinas como curiosidad para sus fans argentinos. Después de aquello, vendría el pleito legal, la continuidad de Pink Floyd -con Gilmour, sin Waters- y una efímera, última y epifánica reunión de los cuatro integrantes originales (sin contar a Syd Barret, claro, porque esa es otra historia más o menos conocida) en 2005 para inolvidables 24 minutos en el escenario de Hyde Park de Londres.
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Toda esta introducción para contextualizar y comenzar a entender el devenir de Roger Waters (con sus flamantes 82 años) y David Gilmour (con 79) desde el momento en que ambos decidieron seguir su vida artística diciendo más o menos explícitamente “Yo soy Pink Floyd”. Por cierto, que han tomado caminos diferentes, en más de un sentido.

Mientras Waters está embarcado en una pelea ideológica que tiene mucho de quijotesta -contra los poderes de Occidente, por generalizar- y monta espectáculos con megapantallas plenas de potentes imágenes, ilustraciones y mucha, mucha bajada de línea; Gilmour atesora para sí el otro commoditie de la histórica banda: la obsesión por el sonido impoluto y la grandilocuencia de las imágenes abstractas. Sus shows también tienen megapantallas pero ahí no hay mensajes políticos ni slogans antiimperialistas. Es puro sound + vision y así es cómo se lo ve alrededor del mundo desde esta semana en cines IMAX, donde se proyecta David Gilmour Live at the Circus Maximus, Rome, el registro del show celebrado en un estadio dedicado a carreras de carros y otros espectáculos masivos en la ciudad eterna, parte de la gira de presentación del disco Luck and Strange publicado en 2024.
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La película, dirigida por Gavin Elder, colaborador habitual de Gilmour, documenta el regreso del guitarrista y cantante a los escenarios, tras casi una década sin giras. El espectáculo alterna canciones de Luck and Strange —incluida una emotiva versión de “Between Two Points” junto a su hija, Romany Gilmour— con algunos himnos de Pink Floyd de los que todo fan que se precie de tal quiere escuchar (y ver, este caso) como “Speak to Me”, “The Great Gig in the Sky”, “Breathe”, “Time”, “Wish You Were Here” en buena versión folk y “Comfortably Numb”. Incluso, la maravillosa “Fat Old Sun”, de Meddle, uno de los discos de un período profundamente oscuro de la banda y previo a la explosión masiva que habría de provocar The Dark Side of the Moon.

(Previamente, David Gilmour había dejado entrever que el repertorio no abarcaría muchas canciones de la etapa de Pink Floyd con Roger Waters, de modo que temas como “Animals”, “Run Like Hell” o cualquiera de The Final Cut brillan por su ausencia).
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Canciones pertenecientes a la etapa posterior a Roger Waters están mejor representadas, con selecciones de A Momentary Lapse of Reason y The Division Bell, correctos discos de Pink Floyd pero se sabe... Ya no era lo mismo sin Waters. De este período destaca una vibrante versión de “Sorrow”, realzada por un despliegue de láseres que llena de luz el ancestral recinto romano. Impresionante.
Toda actuación de David Gilmour ofrece un despliegue de virtuosismo superior, con una interpretación de guitarra fluida y lírica potenciada por un sonido realmente estremecedor (por cierto, lo que se espera de él). En medio de las múltiples referencias al repertorio floydiano, las canciones de sus discos solistas y sobre todo, las del reciente y correcto Luck and Strange (a riesgo de sonar repetitivo, al entender de este cronista, ya NO ES LO MISMO, pero bueno, el show continúa). Todas tienen un alto nivel de contundencia en la interacción de los tres guitarristas, el coro femenino y los teclados. El resultado es un concierto impecable, que técnicamente roza la perfección (si tomamos en cuenta que no existe, aunque tal vez Gilmour opine lo contrario), es pulcro y deslumbrante a la vez, y por momentos emotivo.
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[Fotos: prensa Sony Music]
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