
Suspendido en el aire, un artefacto de madera, cuerda y lona domina la sala principal del Château du Clos Lucé en Amboise, Francia, brilla como una reconstrucción de una máquina voladora, inspirada en los bocetos de Leonardo da Vinci, y es el clímax visual de la exposición Biomimicry: Taking Inspiration from Nature, que traza un recorrido desde los experimentos renacentistas hasta la ingeniería contemporánea.
Bajo la sombra de este ornítoptero, el visitante encuentra el dibujo original de hace 500 años, resguardado en una penumbra que subraya su valor histórico. Así, la muestra no solo revive la obsesión de Leonardo por el vuelo humano, sino que ilustra cómo la naturaleza ha sido una fuente inagotable de soluciones técnicas a lo largo de los siglos.
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La exposición invita a reconsiderar la relación entre la humanidad y el mundo natural: “Las soluciones que la naturaleza ofrece a una multitud de problemas nos permiten concebir la tecnología bajo un paradigma menos centrado en la dominación y más en la colaboración y la armonía”. Esta perspectiva, que hoy se denomina biomimética, tiene raíces profundas y una historia que trasciende la mera imitación superficial de formas biológicas.

El término biomimética fue acuñado en 1969 por el ingeniero estadounidense Otto Schmitt, quien desarrolló un circuito eléctrico inspirado en los sistemas neuronales de los calamares. Aunque la palabra es reciente, la tendencia a buscar respuestas en la naturaleza es mucho más antigua. Leonardo da Vinci ya practicaba este enfoque en el siglo XV, como demuestran sus cuadernos repletos de observaciones sobre aves y mecanismos de vuelo.
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Entre 1480 y 1490, Leonardo estudió el movimiento de las alas de los pájaros con la esperanza de superar las limitaciones físicas humanas. Sus primeros diseños, conocidos como ornítopteros, intentaban replicar el batir de las alas, pero el peso de los dispositivos resultó excesivo. Ante este obstáculo, Leonardo optó por alas planeadoras, un cambio de paradigma que se refleja en los dibujos del Codex Atlanticus, donde detalla articulaciones, correas y sistemas para unir al hombre con la máquina.

El sueño de volar, sin embargo, no se materializó hasta la llegada de los motores de hélice y, más tarde, de los reactores. La máquina suspendida en Clos Lucé es una interpretación fiel de aquellos primeros intentos, y su presencia en la exposición sirve como puente entre el pasado y el presente de la biomimética.
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La muestra también destaca la última etapa de la vida de Leonardo, quien, invitado por Francisco I en 1515, se trasladó a Amboise para ejercer como pintor, ingeniero y arquitecto del rey. Atraído por una pensión generosa y la promesa de libertad creativa, Leonardo se instaló en el castillo, a pocos pasos de la residencia real. Desde su apertura al público en la década de 1950, Clos Lucé ha celebrado este vínculo con exposiciones dedicadas a los perfumes, la anatomía, la arquitectura y las obras inacabadas del genio florentino.
La fascinación por la naturaleza como modelo no se limita a Leonardo. El mito de Ícaro ya advertía sobre los riesgos de desafiar los límites humanos, y durante los siglos siguientes, la observación de animales y plantas inspiró avances en múltiples campos.
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En el siglo XVI, la armadura alemana incorporó placas metálicas inspiradas en la piel del rinoceronte, mientras que los constructores navales británicos diseñaron cascos que imitaban la forma de los peces. Con la Revolución Industrial y el auge del hierro forjado y el acero, el análisis de las estructuras óseas permitió optimizar la resistencia de las construcciones.

El puente en voladizo, por ejemplo, tomó como referencia la columna vertebral del bisonte. El uso de la fotografía para estudiar el vuelo de las aves, cuadro a cuadro, acercó a pioneros como Otto Lilienthal y Clément Ader al objetivo de descifrar los secretos del vuelo.
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En la actualidad, la biomimética impregna la vida cotidiana. El Velcro se inspiró en las semillas de bardana, los trenes bala japoneses adoptaron el perfil del martín pescador, los aviones incorporan propiedades de la piel de tiburón y las empresas de robótica parten de la anatomía animal para diseñar sus creaciones.
La exposición ilustra esta continuidad histórica al exhibir, junto a los autómatas de Leonardo, robots contemporáneos como Solo 12, un cuadrúpedo, y Romeo, un humanoide, ambos desarrollados por un centro nacional de robótica francés.
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La influencia de la naturaleza en la obra de Leonardo abarca también el reino vegetal y el mundo de los insectos. Su máquina voladora vertical surgió tras analizar la morfología de las libélulas, el anillo de semillas de diente de león inspiró su concepto de esfera aérea y las semillas aladas del tilo alimentaron la idea de un tornillo aéreo, antecedente del helicóptero.
Hoy, los investigadores han seguido este camino al crear microdrones que replican la estructura y envergadura de las libélulas, aunque el peso sigue siendo un desafío, igual que en el siglo XV.
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La exposición no se limita a la ciencia. Incluye ejemplos de traducciones menos directas de la biomimética, como los vestidos vanguardistas inspirados en aves de la diseñadora neerlandesa Iris van Herpen, una base de investigación que flota siguiendo las corrientes oceánicas y reproduce el esqueleto de un caballito de mar, y las esculturas biomecánicas de François Delarozière. Estas obras demuestran que tanto el arte como la ciencia encuentran en la naturaleza una fuente inagotable de inspiración.
Fotos: Cortesía de Clos Lucé.
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