
En pleno encierro del 2020, el abuelo de mi novio se enfermó. El tema era grave y queríamos ir a su pueblo a verlo. Había que gestionar permisos y tomarse un taxi desde la puerta de casa hasta el interior de Córdoba. Hicimos números apurados, revisamos los permisos. En medio del armado rápido de bolsos, al gordo le cayó un mensaje de su vieja: “Cuando lleguen, tienen que hacer aislamiento por dos semanas. A la gente que viene los mandan al convento de las monjas”.
La situación era un caos, pero el detalle no se me escapó. Una pareja de maricones haciendo cuarentena por dos semanas en un convento de monjas. ¡Qué pedazo de premisa! Para alguien que vive buscando ideas para escribir (mal que me aqueja desde siempre) era como encontrar petróleo. Me entusiasmé en silencio, el horno no estaba para bollos. Antes de irnos a dormir, llegó un mensaje doloroso: el abuelo del gordo había fallecido, el viaje ya no tenía sentido. Dimos todo de baja y nos quedamos en nuestro departamento, cumpliendo el aislamiento.
Como todo laburante encerrado en pandemia, estaba a full con los talleres virtuales. Participaba del grupo de corrección de Juan Sklar en la escuela El cuaderno azul hacía casi un año. Nos manijeábamos todos los jueves por zoom, leyéndonos y comentándonos entre compañeros, mientras cada uno tomaba birra y picaba algo desde su departamento. Un par de semanas después del viaje que no fue, entregué un cuento para que lo debatiéramos: se llamaba “San José dormido”, y eran 13 páginas en las que una pareja de hombres se despierta en un convento, después de haber hecho cuarentena durante dos semanas ahí. La premisa prendió, pero Sklar, maestro exigente, pero no por eso menos amoroso, me dijo algo así como: “Pepe… ¡son monjas…. y trolos… juntos!. Dame más. Necesito ver este aislamiento completo”.
Hay dos temas que siempre me han obsesionado particularmente: la religión y la genealogía. Muchas veces ambas cosas coinciden, como en esas manías que heredamos y que no elegimos, e intentamos sacarnos de encima en vano durante toda la vida. (Ejemplo: fui criado en una familia muy católica, religión de la que me fui dando un portazo, pero si estoy en un avión con turbulencia lo primero que hago es ponerme a rezar.) Venía hacía tiempo escribiendo fragmentos de la vida de un personaje, concentrándome en el conflicto entre su sexualidad y su crianza cristiana. De pronto, todos los borradores que tenía sobre su pasado encontraron un lugar en ese convento, en esa cuarentena, con esas monjas, y con ese novio. Para el verano de 2021 había llegado a una primera versión terminada.

Luego vino la corrección, que siempre es un calvario. De esa primera versión quedaron pocas cosas, quizás solamente lo esencial de San José dormido: que dos mundos absolutamente diferentes, como puede ser una pareja de varones gays urbana, y unas monjas que viven en un pueblo rural, deben convivir. En ese punto (y estas cosas uno las entiende con el diario del lunes), la novela expresa esa esperanza que hoy vemos defraudada, pero que algunos imaginábamos en pandemia: la de recuperar cierto espacio común a proteger, cierta conversación entre diferentes, alguna convivencia que no necesita ser perfecta, pero que al menos no sea una pesadilla.
La corrección me tomó aproximadamente dos años. Probamos cosas, intentamos, volvimos a empezar. Creo que la escribí unas siete veces en total. Llegué con lo justo de energía a la versión que hoy anda dando vueltas por librerías de todo el país, gracias a que el jurado compuesto por Alan Pauls, Carla Maliandi y Julián López, en el marco del Premio Futuröck de novela 2024, me otorgó el primer premio. Esa noche se habló mucho de la esperanza, la convivencia, y la comunidad que perdemos todos los días un poco más.

Me gusta pensar que San José dormido es un intento de proteger esa comunidad que imaginamos, y que vemos hoy en día tan golpeada. Insisto: no se trata de la comunidad ideal, exenta de fallas, o donde todos pensemos y seamos iguales. Se trata de un ser en común donde algo tan simple como sentarse a comer en una mesa, entre gente que quizás no se elegiría todos los días, sea posible. No me toca a mí acá decir para qué sirve la literatura (¿para imaginar mundos imposibles?, ¿para operar críticas sociales?, ¿para elaborar dramas colectivos? ¿para entretenerse?), pero sí San José dormido puede traer algo de consuelo y esperanza a esta actualidad que tanto nos duele, entonces me doy por realizado.
[Fotos: prensa Ediciones Futurock]
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