
Espacios vacíos está estructurado en dos partes: la primera, tiene cinco relatos relativamente breves; la segunda, otros dos más extensos, uno de los cuales —a su vez— está compuesto por dos textos vinculados entre sí. Cinco de los siete relatos de este libro nacieron entre 2020 y 2023. Los otros dos, tienen un origen bastante anterior: “Silencio interrumpido” nació como texto teatral en 2005; y las dos partes que componen “La intemperie” surgieron de anotaciones en un diario personal llevado entre 1997 y 2001 y de un capítulo de mi primera novela, Trío, respectivamente.
Es decir que algunos textos surgieron en el proceso de revisitar otros originalmente escritos hace veinte años o más incluso. Algunas de esas escrituras habían sido pensadas para la escena, otras habían nacido como escritura privada. Sin embargo, la distancia y el tiempo me permitieron verlos de otro modo, encontrarles el vínculo profundo con escrituras posteriores, actuales. Apareció la sensación de que finalmente esos textos habían encontrado —en el proyecto que por entonces era Espacios vacíos— una estructura contenedora adecuada. Revisar, corregir, reescribir: todo eso es parte ineludible del proceso de escritura, sea que lleve semanas, meses, años o hasta un par de décadas. Todo lo anteriormente escrito (y lo leído, por supuesto) es sustrato, magma, alimento posible de la nueva escritura. La arcilla con la cual moldear, la piedra a tallar y esculpir.
El acompañamiento de José María Brindisi y de Lara Segade en ese trabajo de leer, escribir, releer y reescribir fue muy importante y en verdad lo agradezco. Por un lado, soy parte del “taller de los miércoles” de Brindisi hace algunos cuantos años; y, en cuanto a Lara, el propio José María me la recomendó para la revisión final de Persistencias de la memoria, y volvió a estimularme a profundizar mi mirada en este nuevo, que acabamos de presentar juntos en Libros del Pasaje.

Todos los textos tienen un mismo protagonista, giran en torno a su universo íntimo compuesto por temas recurrentes (la sexualidad, el amor, la muerte, la escritura, las pérdidas) y se desplazan en el tiempo, trazando un arco narrativo. Nicolás y su mundo constituyen el eje, el hilo, la columna vertebral que enlaza las distintas narraciones que se presentan en formatos variados (relato clásico, carta, diálogo, diario íntimo…). Por un lado, este personaje central es un punto de unión, pero también de multiplicidad, porque se trata de todas las vidas, así en plural, vividas por él (la pareja con Milena, la separación posterior, su vida previa a ese primer matrimonio, su adolescencia, el homoerotismo, su despliegue sexoafectivo, etcétera).
La construcción del personaje de Nicolás me permitió experimentar diversos modos de narrar. Por ejemplo, de los cinco textos de la primera parte, hay uno que se estructura a partir de una conversación telefónica (vía WhatsApp) invadido bruscamente por recuerdos olvidados; otro, como un larguísimo diálogo presencial, de tono casi teatral, dramático. Los textos de la segunda parte, en esa misma línea, trabajan con el género epistolar (una larga carta, surgida durante la lectura de otra carta literaria, muy famosa), el diario íntimo, y hasta el ensayo introspectivo… Creo que esa variedad es, paradójicamente, lo que permite unificar todo el texto y defender su posible concepción como novela. Trato, en ese sentido, de cultivar la polifonía y el contrapunto, siguiendo a Kundera, uno de mis autores particularmente apreciados.
Quien quiera leer los siete textos como un conjunto, como un todo, o como una novela (en el sentido más amplio y generoso del término), podrá justificar esa decisión fácilmente. En algún sentido, y como dice Lara Segade en la contratapa, Nicolás es un hombre y también muchos hombres, que vive una y muchas vidas. Creo que este libro, al igual que Persistencias de la memoria, me ha permitido trabajar a partir de la experiencia personal, ahondar en lo íntimo, en la (auto)biografía entendida en su sentido más amplio, y también pude experimentar diversos modos de ficcionalizar esa experiencia, darle una estructura y una racionalidad que permite “salir” del yo a través de narrar lo más subjetivo (la intimidad) pero con el foco puesto en compartirlo. Volverlo universal y diluir el concepto de lo “mío” mediante operaciones literarias, a través del trabajo sobre el lenguaje.

Este es mi tercer libro de narrativa, tras las novelas Trío (Simurg, 2014) y Persistencias de la memoria (El Bien del Sauce, 2021). Quien haya leído los anteriores, encontrará referencias y recurrencias, variaciones, continuidades y rupturas, formas de dialogar y tender puentes, conexiones entre los elementos de ese conjunto en desarrollo. Deliberadamente lo llamo “libro de narrativa” y no digo novela ni libro de cuentos. Creo que las clasificaciones, las taxonomías, no pueden ser rígidas y, de hecho, están de algún modo estalladas. Los límites entre géneros, formatos, formas, se han vuelto (saludablemente) difusos desde hace ya tiempo (mediados del siglo pasado, al menos). Cuento, relato, novela… son todas modalidades del narrar, del contar, del dar cuenta de un mundo. En general disfruto cuando puedo encontrar en un libro (de cuentos, supongamos) cierto hilo, cierto arco, ciertas constantes que me hagan entender por qué esos relatos en ese orden, y es eso justamente lo que de algún modo intenté hacer al “construir” este libro.
Y, finalmente, en cuanto al título, me parece que las presencias y las ausencias son, ambas, significativas. Y que es el vacío, el espacio vacío, lo que posibilita la aparición de algo. Un espacio vacío está habitado de algún modo por aquello que hubo y ya no está, y por aquello que todavía no apareció pero puede hacerlo. En ese sentido, ese vacío, esos espacios no-ocupados, ese territorio que no está obstruido, es el germen de las creaciones (artísticas y vitales o existenciales) tanto para el autor como para el lector.
[Fotos: Sol Salmon]
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