
Johannes Vermeer tuvo quince hijos. ¿Qué podía saber de la soledad? ¿Qué mirada original, inteligente, sensible podía tener un hombre que estaba durante gran parte del día rodeado de chicos, que vivía con notable frecuencia la experiencia del nacimiento, que se pasaba el año celebrando cumpleaños de esos hijos que no solo eran una responsabilidad, también una preocupación? ¿Qué relación tenía con el aislamiento, con el silencio, con la calma, con la pausa? ¿Qué podía saber Vermeer de la soledad?
Siestas detrás del bullicio
Nadie sabe cuándo nació. Está el registro de su bautismo en una iglesia protestante de la ciudad de Delft, Países Bajos —en la entonces República Neerlandesa o Provincias Unidas de los Países Bajos—: 31 de octubre de 1632. Sus padres tenían una fonda, algo así como un hotel de poca calidad donde la gente se aloja y come muy bien. Tuvo una sola hermana, que era mayor que él. Ahí se pasaba los días, ayudando con la comida, conversando con los clientes, durmiendo la siesta bajo los árboles, detrás del bullicio.
Cuando su padre murió, se hizo cargo del negocio, pero enseguida conoció una chica. Catharina Bolnes era católica y él decide convertirse al catolicismo. No hay registro si continúa el comercio, lo que sí sabemos es que al poco tiempo de casarse se mudan a la casa de su suegra, Maria Thins, una viuda de mucha plata. Y ahí nace su primera hija, Maria Vermeer, en 1654, la primera de quince. No todos vivieron mucho: cuatro murieron siendo bebés o niños. En esa casa creció la bulliciosa familia.

Ingresó al San Lucas, el gremio de los artesanos y llegó a decano. Trabajó como marchante y como autentificador de cuadros antiguos. Entre esta tarea, la fortuna de su suegra y su posible ayuda recurrente en la fonda de su madre, fue sobreviviendo y manteniendo a su familia. Claro, también pintaba, y si bien no era un aclamado de la época, vendía lo suyo. “Se cree que no vivió de la pintura. Quizás por ello sus obras transmiten ese puro placer de pintar”, señala el crítico Miguel Calvo Santos.
La ensoñación imposible
En La muchacha del collar de perlas, una mujer se prueba un colgante frente al espejo. En Mujer con una jarra de agua, alguien abre suavemente una ventana para, quizás, regar las macetas en el borde. En La tasadora de perlas se mide el peso de las joyas con una paciencia conmovedora, y en Muchacha dormida una chica apoya su cabeza sobre la palma de la mano y alcanza la calma máxima, algo mucho más relajante que el descanso: una ensoñación imposible, la abstracción del mundo y la fundición completa en él.
“¿Qué hay en los cuadros de Vermeer para que sean tan intensamente atractivos en este momento?“, se preguntó la crítica de arte Deborah Salomon en un artículo de 2001 publicado en el New York Times. ”Tal vez sea el ruido, o mejor dicho su ausencia. En una época en la que todos estamos inundados por el estrépito de la información, Vermeer ofrece un refugio: habitaciones colmadas de esa clase de intenso silencio que sólo existe en los museos, o, más bien, en los monasterios", agregó en aquel texto.

Salomon postula a Vermeer como un pintor protofeminista, que sus modelos son “las primeras mujeres modernas del arte, porque son las primeras que saborean el placer de la soledad”, que “llevan la interioridad emocional de la pintura religiosa a una época mercantilista, y anticipan el gusto moderno, que prefiere la introspección a la acción”. Es una lectura interesante. Vermeer, como un caballero desbordado entre el trabajo y la familia que encontraba en sus ratos de pintura una pausa inolvidable.
Su obra más famosa es La joven de la perla, pintada entre 1665 y 1667. Una chica anónima que mira al espectador como si alguien acabara de llamarla. Es una mirada espontánea, fugaz, curiosa. Se cree que es un tronie, retratos pequeños de la época donde aparecen gestos muy expresivos que no tenían intención de ser identificables con personas puntuales. Podría pensarse como la suma de todas sus mujeres, que cortan el ensimismamiento y de pronto nos miran, entre la sorpresa y la ajenidad.
Bajo los escombros del olvido
Tras dos siglos bajo los escombros del olvido, una tarde de 1842, el crítico de arte Theodore Thore se paró frente a un cuadro del Museo de La Haya. Hasta ese momento no había nada especial: un paisaje de la ciudad de Delft. Pintado entre 1660 y 1661, Vista de Delft sobresale por su nivel de detalle y su gran iluminación. En el catálogo, Thore leyó: Vermeer. ¿Quién era? ¿Qué sabía de él? Se obsesionó, visitó conocidos, contactos en el mundo del arte y encontró dos cuadros más en colecciones privadas.

En 1866 publicó varios artículos sobre este gran enigma. En esa época encontró El arte de la pintura, una obra alegórica que se lo ve de espaldas. Tenía la firma de un contemporáneo de Vermeer, Pieter de Hooch, compañero en el gremio de San Lucas. Alguien la había falsificado para venderla cara. Bajo esta lógica amplió el abanico y llegó a contar sesenta. Con el tiempo y mejor tecnología se supo que la mitad no era de Vermeer. Al día de hoy, los cuadros de autoría indiscutida son treinta y uno.
A Marcel Proust le pasó lo mismo cuando estuvo en el Museo de La Haya en 1902. Durante esos años tuvo muy presente a la Vista de Delft al punto que en 1908, cuando escribió Por el camino de Swann, primer volumen de En busca del tiempo perdido —el libro se publicó en 1913—, imaginó al protagonista preparando un estudio sobre Vermeer, enamorado de aquella “perfección estética”. En una carta fechada en 1921 le dice a Jean-Louis Vaudoyer que es “la pintura más bella del mundo”.
Su primera retrospectiva en un museo llegó en 1995, a más de tres siglos de la muerte —murió el 15 de diciembre de 1675 a los 43 años—, tanto en Washington como en La Haya. Desde entonces rige su coronación: tiene la cintita de clásico atada. Se hicieron novelas, óperas, películas, papers, entradas en enciclopedias, comentarios en redes sociales. Vermeer dejó de ser una voz silenciosa, oculta, secreta, indiferente. La pregunta es si el mundo lo sacó del olvido o de su más bella soledad.
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