El cineasta italo-turco Ferzan Özpetek ha construido una trayectoria singular dentro del panorama cinematográfico europeo, marcada por una mirada íntima a las relaciones humanas, la identidad y la memoria. Nacido en Estambul en 1959 y radicado en Roma desde fines de los años setenta, Ozpetek irrumpió en el cine con Hamam: el baño turco (1997), obra que anticipaba muchas de las constantes de su filmografía: la exploración de los vínculos familiares no tradicionales, la tensión entre Oriente y Occidente y una sensibilidad estética que prioriza la calidez emocional. A lo largo de más de dos décadas, ha consolidado su lugar de relevancia en el cine de autor italiano, con un enfoque narrativo que combina drama, humor y melodrama.
De visita en Buenos Aires para presentar su película Diamanti, que integra la programación de la Semana de Cine Italiano en el complejo Cinépolis Recoleta hasta el miércoles 16, Ozpetek dialogó con Infobae Cultura sobre su más reciente producción, el candente tema de la inmigración en Italia, los temores europeos a una guerra y el futuro del cine en la era del streaming.
Diamanti entrelaza los recuerdos de una mujer mayor con su juventud vivida en la Roma de los años setenta, articulando una narrativa que transcurre entre dos tiempos y generaciones. Esta es la historia: hay una sastrería de vestuario para cine, dirigido por dos hermanas. Y alrededor de ellas, más mujeres. Casi todas costureras y también madres, hijas, esposas felices o maltratadas, niñas, abuelas.

“Tengo mucha confianza en el sentido común de las mujeres. De hecho, yo crecí en una familia con tantas mujeres... Con muchas tías y primas, y por lo tanto me fue familiar. Siempre me ha resultado fácil incluirlas en mis películas”, dice el director y guionista de 66 años. Y en particular sobre la película, cuenta: “Me interesaba muchísimo la relación entre madre e hija, entre dos hermanas: las mujeres son seres superiores, y cuando están juntas, ya sea que haya conflicto o un gran amor entre ellas, me interesa mucho lo que ocurre. En esta película reuní a 18 mujeres en el set: quería ver qué sucedía”.
Fiel a sus recursos formales, en Diamanti Ozpetek construye un relato de introspección y reencuentro, en el que la memoria opera como fuerza estructurante del presente. En cierto sentido, aquí el realizador retoma motivos recurrentes en su cine: los vínculos femeninos, la intimidad compartida y también, por cierto, la nostalgia.
—Diamanti es una película en la que además de la realidad y la ficción, también se mezclan la vida y la muerte.
—Es algo que permanece ahí en la película, casi suspendido, hasta el final. Vivo mi vida constantemente entre los muertos y los vivos. Me muevo según los recuerdos, las personas que ya no están… Todo es una mezcla.

Inmigración, guerra y streaming
—Usted fue inmigrante en los años 70 pero esa categoría parece haber cambiado de valoración en el presente: es un tema candente en la realidad europea, Italia incluida. ¿Cuál es su valoración de esta situación?
—Yo he estado (me avergüenza decirlo) mantenido por mi padre durante tres años. Y no fui a Italia por necesidad, fui por gusto. Ahora la gente llega para buscar trabajo. Son dos cosas muy diferentes. Creo que la inmigración es uno de los argumentos que usa este horrible personaje (N. de la R: se refiere a Giorgia Meloni) para manejar el poder sobre las personas. ¿Por qué? Porque... ¿Qué pasa con la inmigración en Italia, Francia o Alemania? Necesitan mano de obra porque las poblaciones envejecen y disminuye el índice de natalidad. Aún así, llega un inmigrante y se convierte de repente en alguien molesto, en alguien peligroso. Es claramente así. Y esto lo saben bien aquellos que están en el gobierno, pero fingen no saberlo porque pueden usarlo para distraer a las personas. Les sirve mucho. Y es uno de los elementos fuertes en manos del poder en estos momentos.
Ahora, si yo voy por Roma y veo en un puente cercano a mi casa diez chicos que son inmigrantes, que son extranjeros y que veo claramente que están vendiendo droga, me molesta. Me molesta el comportamiento, no la nación de la que provienen. O sea que hay cosas que es necesario regularlas de todos modos. Ahora bien, dentro de diez años creo que estos países europeos van a pedir que vengan los inmigrantes porque va a ser necesaria la mano de obra. Esto los gobiernos lo saben, pero hacen como que no lo ven.

La globalización ha hecho perder la identidad de las personas. Yo dejé una Turquía que ya no existe y mismo la Italia que encontré en aquel momento, ya no existe. Ahora las personas se sienten perdidas y así son mucho más fáciles de manipular. Desde el ataque a las Torres Gemelas se planificaron cosas a nivel mundial y nosotros somos solo los pequeños instrumentos. Nos está manipulando a través de Internet, a través de Facebook, de X, de Instagram.. Y nos acostumbramos a las noticias terribles. Yo lloré la primera vez que ví una noticia sobre una matanza de niños, y después vino la segunda y la tercera. A la cuarta, la paso porque termino acostumbrándome. Eso es terrible.
—¿Cómo se siente como ciudadano europeo cuando ha vuelto el miedo a una guerra nuclear y se le recomienda a los ciudadanos que se preparen para subsistir?
—Lo veo ridículo. Que Europa, que debería dar el ejemplo, diga que tenemos que armarnos... Esta señora Ursula von der Leyen (N. de la R.: presidenta de la Comisión Europea) dice estupideces, pero detrás en realidad hay algo... Nunca habrá una guerra nuclear, excepto si sucede algo muy grave. Porque justamente una guerra nuclear eliminaría o cerraría el mercado de las armas, que es muy importante en este momento para Europa.

—¿Sobrevivirá el cine al auge de las plataformas de streaming?
—En términos narrativos creo que todos vimos recientemente la serie Adolescencia por ejemplo, y ofrece un lenguaje nuevo. Es cierto que estas plataformas tratan de manipularte porque saben que después de siete minutos el espectador puede cambiar de canal. Pero Adolescencia es genial.
Mi imaginación afirma que el cine no morirá más. Es como las personas que eligen comer solos o con un grupo de ocho o diez amigos. Esta es la diferencia, y el cine es importante porque cuando las personas vuelven al cine, renace este deseo de juntarse... Esto es muy importante. Lo que a mí me pone muy nervioso es ver que los jóvenes, por ejemplo, no pueden renunciar a consultar y usar el celular. No lo tolero.
[Fotos: Stefania Casellato/Gentileza prensa Semana de Cine Italiano]
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