El poder del tango puso en movimiento este lunes por la noche al Guggenheim de Nueva York con un espectáculo que hizo vibrar al monumental museo, a tono con el colorido arte abstracto que se expone actualmente en su famosa rampa con forma de espiral.
La iniciativa tuvo el sello del Ballet Hispánico, la mayor organización cultural latina de Estados Unidos, que ofrecía una experiencia “redonda” en torno al baile emblemático de Argentina y una invitación con doble sentido: “Let culture move you” (Deja que la cultura te mueva, o te conmueva).
El evento, enmarcado en la serie Work & Process del museo, comenzó con una presentación en el auditorio por parte de Eduardo Vilaró, el director artístico y ejecutivo del Ballet Hispánico, de tres coreografías contemporáneas de Graciela Daniele, Alejandro Cervera y Matthew Neenan.
De Daniele se representó un extracto de su obra “Cada noche... tango”, de 1988, de tintes “habaneros”, en el que dos hombres bailan interrumpidos por una mujer, y de Neenan una pieza para el Instituto Coreográfico del Ballet Hispánico en la que, apuntó Vilaró, tampoco se ve un dueto, sino un baile en “comunidad”.

Cervera, que tomó el micrófono, describió el tango ante el público, generalmente anglosajón, como una “ensoñación” pasional que se baila en un sentido inverso al de las agujas del reloj y repasó su historia, asegurando que ha tenido un “camino serpenteante” desde su aparición en los “arrabales” hasta hoy.
Fue precisamente una coreografía suya la que destacó en la noche, “Tango Vitrola”, que tomó el centro de la llamada “rotonda” del Guggenheim: una plaza redonda rodeada por los balcones de la rampa en espiral que asciende hasta una bóveda, desde los que se asomaban decenas de personas que después bajaron a bailar.
La puesta en escena fue sencilla: ellos, descamisados, con pantalones y sombrero negros; ellas, con vestidos de escote halter del mismo color, pero sus movimientos y miradas sensuales, bailando en torno a sillas de madera, cargaron de erotismo el espacio habitualmente aséptico de la pinacoteca.

Tras el espectáculo, se encendieron luces de colores y subió el volumen de la música para una fiesta en la “rotonda”, esta vez abierta a los asistentes, empezando con una clase de tango de NYCity Tango Collective a la que no dudaron en apuntarse varias parejas que se convirtieron en el centro de atención.
Repartidas a lo largo del recorrido ascendente del Guggenheim se exponían casi un centenar de obras abstractas, con vibrantes colores y formas, del conocido como “orfismo” o “cubismo órfico”, nacido en París a principios de 1910, con firmas como Sonia Delaunay, Francis Picabia o František Kupka.
Y es que fue el tango uno de los bailes populares que llegaron a París en aquella época desde Argentina y Uruguay, y sedujeron a los artistas que intentarían trasladar sus movimientos sensuales a esos mismos lienzos -señala el museo en uno de sus letreros- que hoy escucharon su banda sonora original.
Fuente: EFE
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