
Napoleón Bonaparte solía caminar disfrazado por las calles de París para escuchar directamente de sus ciudadanos lo que pensaban de él. Con un aire despreocupado, preguntaba a transeúntes lo que opinaban sobre el hombre más poderoso de Europa. Este gesto, tan alejado de la imagen imponente del emperador, muestra la complejidad de un personaje cuya figura histórica trasciende batallas y coronas. Y que, sin embargo, no logró la aprobación de quien lo había traído al mundo.

Napoleón Bonaparte. El poderoso emperador que no podía conquistar a su madre
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En el libro Napoleón Bonaparte: el poderoso emperador que no pudo conquistar a su propia madre, no solo narra los hitos históricos de este líder, sino que ilumina aspectos personales que moldearon su carácter. Napoleón, nacido en 1769 en Córcega, era parte de una familia humilde pero de ambiciones desmedidas. Su madre, Letizia Ramolino, se destacó por su fuerte personalidad y por influir decisivamente en los primeros años de su hijo. “Era una mujer con carácter y su hijo no le iba a torcer el brazo por más Napoleón que fuera”, escribe Balbiani.
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La relación entre ambos no estuvo exenta de tensiones. Letizia, nacionalista corsa, rechazaba las inclinaciones centralistas de Napoleón, especialmente su adhesión, durante la Revolución Francesa, a los jacobinos, un grupo político radical que buscaba consolidar un Estado centralizado, promover el sufragio universal y aplicar reformas sociales como la educación obligatoria y gratuita. Sin embargo, también fueron responsables de la “Política del Terror”, una campaña de persecuciones y ejecuciones dirigida contra sus opositores.

Balbiani relata cómo, a pesar de las diferencias, Napoleón acudió en busca de su madre tras alcanzar el poder, intentando infructuosamente ganarse su aprobación.
De la revolución al imperio
El ascenso de Napoleón está intrínsecamente ligado al caos de la Revolución Francesa (1789-1799), un periodo de transformaciones políticas y sociales marcadas por el derrocamiento de la monarquía absoluta. A partir de 1799, Napoleón se convirtió en el Primer Cónsul de Francia, aprovechando un golpe de Estado para centralizar el poder en sus manos. Este período marcó el inicio de reformas fundamentales, como el Código Civil napoleónico, que sentó las bases del derecho moderno y tuvo un impacto duradero en países como Argentina y Brasil.
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Sin embargo, el poder absoluto no fue suficiente. En 1804, Napoleón se autoproclamó emperador, consolidando una imagen de grandeza que no solo fascinó, sino que también preocupó a su madre. Letizia se negó a asistir a su coronación, dejando claro su desaprobación ante los “delirios de grandeza” de su hijo.

La narrativa de Balbiani destaca cómo las decisiones de Napoleón, desde las guerras hasta la promulgación de leyes, estuvieron influidas tanto por su genio estratégico como por sus emociones. Su pasión por Josefina de Beauharnais, una mujer que no contaba con la aprobación de Letizia, es un ejemplo de ello. Napoleón vivía celoso, al punto de prohibir que cualquier hombre estuviera a solas con ella más de dos minutos. A pesar de la intensidad de su relación, se divorciaron en 1810 debido a la necesidad de un heredero.
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La autora también subraya el impacto de las guerras napoleónicas, que transformaron Europa. Aunque estas campañas expandieron el poder francés, terminaron debilitándolo, especialmente tras la desastrosa invasión a Rusia en 1812 y su derrota final en Waterloo en 1815.
El Código Civil napoleónico, promulgado en 1804, sigue siendo una de las contribuciones más significativas de Napoleón. “Mi verdadera gloria no está en haber ganado cuarenta batallas; Waterloo eclipsará el recuerdo de tantas victorias; lo que nada borrará es mi Código Civil”, dijo en 1815. Esta declaración, incluida en el libro, resalta su impacto en la historia jurídica y política mundial.
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Un epílogo íntimo
La relación de Napoleón con su madre culmina en un retrato desgarrador. Letizia, quien sobrevivió a su hijo por quince años, no dudó en criticarlo públicamente. En una carta, llegó a escribir: “Cuánto mejor me hubiera estado la esterilidad, que haber contenido en mi desgraciado útero un monstruo”. Sin embargo, su despedida reflejó la complejidad de su amor: “Soy tu madre y todavía te amo. Te amo, Napoleón, te ama tu desgraciada madre, Letizia”.
Esta dualidad entre gloria y crítica, entre el genio y sus defectos, caracteriza el retrato que Balbiani ofrece de Napoleón Bonaparte, un hombre que, como ella señala, “transmitía una intensidad y un coraje fuera de serie”.
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