
A diferencia de lo que dicta la tradición para los expresidentes de Estados Unidos —retirarse a una vida privada alejada de la esfera pública—, Bill Clinton optó por un camino distinto. En lugar de encontrar sosiego en actividades bucólicas como George W. Bush, quien limpia maleza en su rancho de Texas, Clinton decidió mantenerse en la arena global.
“No creía que mi trabajo aquí en la Tierra hubiera terminado todavía”, escribe en Citizen: My Life After the White House, un volumen donde narra su vida ―y agenda― cargada de actividades tras dejar la presidencia en 2001. Sin embargo, evita explorar aspectos más íntimos o polémicos de su trayectoria, y escribe una narrativa carismática pero controlada.
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El presidente ha desaparecido
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El libro está impregnado de las características que definen a Clinton: locuacidad, carisma y un toque inagotable de espectáculo. A lo largo de sus páginas, el exmandatario relata cómo se lanzó a la acción en zonas de desastre como un abogado en busca de clientes.
Así, relata su trabajo como colaborador en Gujarat tras un terremoto, en Asia tras el tsunami de 2004 o en Puerto Rico tras un huracán, siempre acompañado de celebridades como Oprah Winfrey, Sean Penn o George Clooney. “Me ofrecí voluntario para ayudar”, dice en las páginas.
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En un hospital de la India, Clinton recuerda haber “visitado a los pacientes y a las familias que querían saludarlo”, mientras que en Ruanda, junto a su hija Chelsea, realizó una demostración sobre cómo filtrar agua turbia, beneficiando, según asegura, a “millones de personas pobres”.

Sin embargo, la constante presencia de figuras públicas y eventos de alto perfil introduce un matiz teatral que convierte las tragedias en escenarios donde Clinton desempeña el papel de héroe comprometido. Un huracán confiesa, incluso le proporcionó “la mayor diversión” gracias a una interpretación de Hamilton por Lin-Manuel Miranda.
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Bill Clinton también menciona su colaboración con James Patterson en dos novelas de suspenso publicadas en 2018 y 2021, donde imaginan a presidentes estadounidenses como héroes de acción en escenarios llenos de riesgo y aventura.
Locuaz, pero impersonal
Aunque Clinton no escatima en palabras ni en anécdotas, el lector encontrará un vacío notable: su narrativa rara vez se adentra en la introspección o en los aspectos más personales de su vida. Su enfoque autobiográfico se limita a convertir experiencias en “momentos de enseñanza” que, si bien ofrecen reflexiones prácticas, carecen de la profundidad emocional que podría esperarse de una figura de su estatura.
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Por ejemplo, su breve mención al escándalo de Monica Lewinsky evita cualquier disculpa íntima y se diluye en explicaciones públicas que no trascienden lo anecdótico.

En su lugar, remite a una declaración pública que realizó durante una reunión con líderes religiosos en la Casa Blanca, donde expresó “arrepentimientos generalizados”. En el libro, Clinton también muestra su enojo ante una entrevista donde fue acusado de no disculparse directamente con Lewinsky. Sobre esa entrevista, el exmandatario estadounidense dice: “No fue mi mejor momento”.
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Este tono general de cordialidad sin confidencialidad recuerda a una estrategia calculada. En misiones diplomáticas, como su esfuerzo por liberar a dos periodistas retenidas en Corea del Norte, Clinton narra haber ensayado no sonreír en la fotografía oficial para transmitir seriedad. Este tipo de decisiones revelan a un hombre siempre consciente de la imagen que proyecta, incluso en sus memorias.
En Citizen, el expresidente estadounidense convierte sus anécdotas en lo que denomina “momentos de enseñanza”, utilizando episodios de su vida como metáforas para reflexiones más amplias.
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Recuerda, por ejemplo, un baño al aire libre en su infancia en Arkansas, “atractivo para las serpientes en verano”, que introduce una homilía sobre “colaboraciones productivas de base con las empresas”.
Las serpientes, reales en su memoria, se deslizan por una hierba que aquí es meramente metafórica. En contraste, el único momento apolítico y genuinamente divertido lo protagoniza su hija Chelsea, de tres años, quien, al visitar la casa de George H. W. Bush en Maine, le pregunta con picardía a su anfitrión: “¿Dónde está el baño?”.
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Un legado de iniciativas globales

En el trasfondo de Citizen, Clinton dibuja un retrato de sus ambiciones globales a través de un alfabeto de organizaciones con su nombre: la Clinton Climate Initiative (CCI), la Clinton Global Initiative (CGI) y la Clinton Health Access Initiative (CHAI), entre otras.
Estas fundaciones, financiadas inicialmente con honorarios por conferencias, reflejan tanto su pasión por el servicio público como su necesidad de mantenerse ocupado. “Tenía que empezar a ganar dinero”, admite con sinceridad, aludiendo a las deudas legales que arrastraba tras los intentos de destituirlo.
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En este sentido, Clinton hace referencia en las páginas del libro y reflexiona sobre el cambio climático y otros retos globales, aunque su tono tiende hacia lo burocrático. Advierte que el calentamiento global podría conducirnos a “una secuela en la vida real de las películas postapocalípticas de Road Warrior”, un escenario que parece cautivarlo más que la política misma, la cual describe con un lenguaje tecnocrático y sin emoción, considerándola “mortalmente aburrida”.

Clinton cierra su libro con una pregunta que resuena en el vacío interestelar: “¿Qué significa todo esto en el gran esquema de las cosas?”. Un momento fugaz de duda cósmica que, sin embargo, apenas araña la superficie de su vida interior.
Citizen: My Life After the White House deja al lector con la impresión de un hombre que, a pesar de su energía y logros, sigue buscando su lugar en el mundo. Pero lo hace sin despojarse de su armadura política, lo que convierte su relato en una obra entretenida, aunque impersonal.
¿Es feliz Clinton? Según asegura, lo es. Aunque, para un hombre tan público, la verdadera respuesta podría encontrarse en los silencios que deja en sus páginas.
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