
No sé si te conté que hace unos años estuve unos días en Corea, invitada por ese país. Era un viaje para periodistas y antes de ir estudié bastante. Un poco de historia y sociedad, con Dos caras de una misma Corea, el libro de Julián Varsavsky y Daniel Wizenberg. Un poco de las dinastías, del confucianismo, con libros y artículos que ya ni me acuerdo. Un poco del pasado reciente, con el cine.
Y en el pasado reciente de Corea del Sur hay una dictadura. Una dictadura con ley marcial, represión por todas partes y cárcel a los opositores, como por estas tierras conocemos. Y, también, con resistencias como las que conocemos. De eso voy a hablar: de una resistencia y de dos héroes impensados: un periodista alemán y un taxista de Seúl. Todo fue en 1980 en Gwangju, la ciudad donde, nueve años antes, había nacido Han Kang, la escritora que hace unos días ganó el Premio Nobel de Literatura y que tiene un libro sobre lo que voy a contar. Ella vio pero sobre todo escuchó a los mayores hablar.
La situación era esta: el general Chun Doo-hwan había subido al poder en 1979, meses después del asesinato de otro dictador, Park Chung-hee. En Gwangju las cosas se pusieron tirantes. Hubo marchas y los estudiantes se hicieron ver. Entonces el gobierno ¿qué dijo? Lo obvio: que detrás de los manifestantes, que hablaban de democracia, estaba la mano de Corea del Norte, el demonio rojo. Eso, ah, eso no lo iban a permitir. Bloquearon la ciudad, la incomunicaron, mandaron hacia allí las tropas. Ya iban a ver.

Pero fuera del país había un hombre que estaba atento: el periodista alemán Jurgen Hinzpeter, corresponsal de la televisión de su país en Japón. Oyó, le contaron, le filtraron que la cosa se estaba poniendo fea en Gwangju. Hinzpeter agarró su cámara y se tomó un avión a Seúl. Hasta ahí todo fácil pero ¿cómo llegar a la ciudad sitiada? ¿Cómo, con esa cara de alemán y esa cámara? ¿Pasaba por acá y quise llevarme un recuerdo?
En Seúl lo conectaron con un taxista que, bueno, estaba dispuesto a intentarlo. Kim Sa-bok se llamaba. Sin muchas vueltas salieron a la ruta.
En la autopista ya se veía algo. Iban solos. Solos. De vez en cuando un cartel decía “cerrado”, pero Kim lo esquivaba. Había que volver, pero siguieron. Quién sabe qué espíritu de justicia dominó a esos dos hombres por sobre la mínima lógica de la supervivencia. Un taxi, dos hombres, una cámara, caminos bloqueados, adelante.
En algún momento los paró la policía: Kim encontró caminos laterales, callecitas, arrozales. Hinzpeter inventó una excusa: tenía que sacar de Gwangju a su jefe, atrapado en los disturbios. Convenció a los soldaditos. Y llegaron.
Orden de aniquilar
Para qué. En Gwangju la gente había conseguido algunas armas y andaba a los gritos contra la dictadura. Los militares recibieron la orden de avanzar, pisar, aniquilar. Así que en los últimos días de mayo dispararon, violaron, golpearon. El taxi era una culebra entre las callecitas.
“Los parientes abrían los ataúdes para mostrarme a sus seres queridos, nunca me había pasado algo así en la vida, ni siquiera en Vietnam había visto algo como esto”, contó Hinzpeter mucho después, cuando ya era leyenda. Así que filmó, anotó, documentó. Y cuando tuvo suficiente disimuló los rollos en sus paquetitos originales, para que lucieran vírgenes, y pegaron la vuelta. Fueron casi derecho al aeropuerto. Como pudo, Hinzpeter escondió los rollos en una lata de galletitas envuelta en papel dorado. Una belleza para llevar de regalo a la vuelta de un viaje. Si lo descubrían, chau Hinzpeter.

Pero si cuento esto, si ves las fotos, es porque Hinzpeter ganó. El avión lo dejó en Japón, desde ahí pudo mostrar la verdad. Fueron esas imágenes las que le contaron al mundo lo que estaba pasando, las que le pusieron un “mentís” al relato de la dictadura. Todavía faltaban siete años para que hubiera democracia en Corea del Sur.
Hinzpeter y Kim perdieron contacto. El alemán quiso encontrarlo, fracasó. Murió en 2016 sin saber de su compañero. Poco antes de morir pidió que lo enterraran en Gwangju, aquella ciudad lejana donde su vida había cobrado un sentido histórico. Allí llevaron sus uñas y su pelo y levantaron un memorial en su nombre.
¿Fin de la historia? Sabés que no.
En 2017 la hazaña de Hinzpeter y Kim Sa-bok se convirtió en una película que titularon A taxi driver (Un taxista). Ahí apareció el hijo de Sa-bok. Contó que para su padre no había sido gratis lo que vio en Gwangju. Que al volver se angustió por tanta sangre y tanta crueldad. Que empezó a tomar y murió de cáncer de hígado en 1984, poco después de aquella aventura.
Era un hombre común, dijo el hijo del taxista. Con ese impulso de hacer lo que se debe de la gente común.

¿Y la Premio Nobel? Ya está publicado y pronto leeremos en español Actos humanos, donde Han Kang toma a siete personajes y a través de ellos narra —así cuenta su editorial— “la tortura, el miedo y la angustia de aquellos días”.
“Yo tenía nueve años cuando se produjo el levantamiento de Gwangju”, escribe Han Kang.
“Ese año nos habíamos mudado de Gwangju a Suyuri, en las afueras de Seúl. Allí me encerraba a leer cualquier libro que cayera en mis manos, me pasaba tardes enteras jugando al omok con mis hermanos, o suspiraba mientras realizaba pequeñas tareas como pelar ajos o descabezar anchoas, las que más odiaba, pero que mi madre reservaba para mí. Durante ese tiempo oía fragmentos de las conversaciones de los mayores.
«¿Era uno de tus hijos?», le preguntó la hermana de mi padre un domingo de principios de otoño mientras cenaban.”

La escritora recuerda cuando fueron a revisar su casa de madrugada la mamá le mintió que era gente de la inmobiliaria, que no pasaba nada: “Entre las tres y las cuatro de la madrugada, mamá me sacudió para despertarme. Levántate, voy a encender la luz. La luz se encendió antes de que tuviera tiempo de parpadear. Me incorporé y me froté los ojos. Dos hombres estaban de pie en la habitación, sus anchos hombros se perfilaban contra el rectángulo negro de la puerta abierta”.
Miraron por todos lados: “Me desperté de golpe. Aferrada a mamá, vi con los ojos muy abiertos cómo los hombres rebuscaban en el armario, buscaban debajo del escritorio y subían al desván con linternas”.
Miedo, control, represión. Es que detrás de esos chicos que se mueven simpático y cantan pop, detrás del alarde de tecnología, detrás de su obsesión por la belleza y de su enorme industria cosmética, detrás de esa Corea del Sur de hoy hay —además de tradiciones milenarias que salen lindas en las fotos— un pasado no tan lejano de dolor y de violencia.
Un día te cuento lo que me dijeron ahí sobre la bomba atómica.
No tengo subrayados hoy, la película está en Prime Video pero no en todos los países, si la encontrás, contame dónde y qué pensaste.
Nos vemos en la próxima
Patricia
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