Alejado de la imagen de un Medioevo bárbaro y oscuro, el encuentro de poemas y canciones creadas durante los siglos XXII y XXIII por los goliardos –clérigos vagamundos o estudiantes pobres de vidas desordenadas y voluptuosas– hacía de la errancia un método y de la pernoctación en abadías un resguardo por las noches. Los manuscritos fueron hallados en el monasterio de Beuern (zona que hoy integra Alemania) en el siglo XIX, pero alcanzaron la popularidad universal cuando el compositor alemán Carl Orff les puso música.
Y el universo de erotismo, libertad, armonía con la naturaleza y rechazo al clero se unían con los sones que mostraban la intrínseca relación con la diosa Fortuna, de quien, se sabe, tiene una cabellera frondosa, para luego mostrar una calvicie pasajera, como dice el segundo canto de Carmina Burana. De ahí el dicho que enseña que a “Fortuna la pintan calva”: solo existe una oportunidad para tomarse de su cabellera, pasada esta, será imposible que la diosa acompañe a los designios de quien la quiera atrapar, calva su cabeza, imposible de asimilar.

La versión de Mauricio Wainrot a cargo del libreto, coreografía y puesta en escena no abandonan nunca ni la mayor elegancia ni campo lúdico por recorrer, y conforma un gran comienzo de temporada del Colón, que se llena de sensualidad, juventud y felicidad y el más contemporáneo y efectivo método de puesta “inmersiva” (ahora que la palabrita anda dando vueltas para designar a cualquier obra con pretensiones de 3D).
Todos los cuerpos estables del mayor escenario lírico del país se dan cita en esta versión: desde el Ballet Estable, que toma el escenario para mostrar con un vestuario sencillo y hasta naif pero potente en la exhibición de la destreza y felicidad de los cuerpos a la Filarmónica del Colón, el Coro Estable y el Coro de Niños, además de los cantantes principales que expresan con energía los cantos profanos y emocionantes de la obra. Los coros estables a lo largo de los palcos del primer piso, el coro de niños en el palco principal izquierdo y los cantantes en el derecho, de modo tal que el espectador se ve estrictamente envuelto en los sones de una música y una coreografía maravillosas.

Las escenas de la taberna permiten el lucimiento del bailarín Juan Pablo Ledo, que interpreta con cada músculo la tentación libertina y el arte de la seducción. En el final de Corte de Amor, Federico Fernández y Camilla Bocca enseñan los artificios del amor galante que, otra vez, se convierten en pura felicidad de la danza y de los cuerpos. El Ballet Estable por entero merece destacar la gran simbiosis alcanzada con el libreto, muy probablemente debido a la participación directa de Wainrot en alcanzar ese deseo.
Carmina Burana empieza y termina con los sones incorporados ya al oído de todas las personas del mundo con el canto Fortuna Imperatriz Mundi (Fortuna Emperatriz del Mundo), pero luego del viaje artístico que propone la obra, esa versión final del cuadro es simplemente subyugante.

Si es frecuente la queja del “público profesional del Colón” por los aplausos que se riegan en momentos equívocos por parte de los asistentes legos, en esta oportunidad esos aplausos que surgían espontáneamente a cada pausa de la orquesta, podrían ser leídos de otra manera: este inicio de temporada del Colón provocó tanto entusiasmo que los entusiastas no podían contener las manifestaciones de la felicidad artística en sus cuerpos. Sean entonces disculpados esos aplausos a destiempo.
[Fotos: Luis Falduti y Arnaldo Colombaroli/prensa Teatro Colón]
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