
La Pasera es un pueblito de menos de mil personas, habitado por gente mayor capaz de conversar largo sobre las escasas novedades del lugar en sus casi 100 años de historia. Es también el sitio donde se crió mi madre, y mis dos hermanos y yo construimos la mayor parte de nuestras memorias infantiles, bajo los tejados altos de una casona de barro y paja en una colina suave salpicada de vacas blanquecinas.
Hasta allí llegamos los tres hace un par de domingos, luego de manejar casi cuatro horas desde Ciudad de Panamá. El motivo del viaje era llevar el pésame familiar por la muerte de una prima, pero cuando estábamos listos para emprender el regreso, mi hermano Mayor propuso caminar hasta La Casa. Aunque teníamos décadas de no pisar esas tierras, no hizo falta que dijera cuál. Ninguno necesitó aclarar tampoco que fue demolida una pila de años atrás.

Cuando estuvimos al pie de la colina, en lugar de las pequeñas elevaciones con piedras negras como pasas, nos recibió un terreno aplanado cubierto por un mar verde de plantas de maíz. En lo alto de la elevación, donde antes estaba La Casa, más plantas idénticas.
Lo único que permanecía exactamente igual a nuestros recuerdos era un frondoso árbol de mamón (mamoncillo, huaya o quenepa, en otros países), que ya era viejo en nuestras infancias.
Por esos días yo andaba pensando mucho en mi relación con la naturaleza, tras leer Mi maestro el manzano (Editorial Urano, Santiago de Chile, 2023), en el cual el escritor chileno Mauricio Tolosa da cuenta del viaje interior que emprende hacia el Reino Plantae para percibir/pensar/sentir a los árboles y a las plantas ya no como seres objetificados, sino como iguales con mundo propio. Tolosa dice que si tenemos suficiente paciencia para mirar y escuchar a los árboles y a las plantas con detenimiento, controlando las estratificaciones de la razón, vamos a ir siendo capaces de comprender su lenguaje y sus gestos, adentrarnos en su mundo.

Al llegar a lo alto bordeando la alambrada, caminamos entre el maizal en busca de vestigios de La Casa, pero salvo algunos trozos de cemento, quedaba nada. No lográbamos ponernos de acuerdo en los recuerdos del lugar que nos compartíamos.
—Aquí era el cobertizo donde la abuela amarraba el caballo —decía el Mayor.
—No, creo que era por acá, más adelante —respondía el Mediano.
Estuvimos un rato caminando entre límites imaginarios, hostigados por la pelusa del maíz y un sol blanco implacable, hurgando en nuestras memorias hasta que, agotados, nos movimos a la sombra del árbol de mamón.

En ese momento pensé en algo que Tolosa sostiene en su libro, y que me pareció revelador. Según su experiencia, si cuando buscamos conectar con nuestra mente meditamos, para comprender el mundo de las plantas es necesario conectar a nivel de la bio, la vida, desde donde ellas fluyen entre los elementos y el tiempo como espacios indivisibles. “La fusión con el todo, el sin tiempo y sin lenguaje surge de una sesanción de conexión orgánica a través de la red vital con la que nos conectan las plantas”, escribe. Esa conexión, añade, se dará a partir de inteligencias, conciencias, percepciones no sistematizadas por la mente humana, creando nuevas experiencias y equilibrios entre el ser y el estar.
Pensaba en eso cuando miré hacia atrás y descubrí a mis hermanos palpando el grueso tronco del árbol, sus vetas, los manchones blancos y sus cicatrices profundas. Algo pasó allí. Fue como si conectaran con sus infancias a través de ese tacto, como si el gran árbol de su niñez hubiese resguardado en su savia la data que ellos habían perdido.
—¿Ves esta rama alargada? Hasta allá trepaban las gallinas a dormir —dijo mi hermano del Medio.
—Justo aquí, al lado de esta raíz, estaba el corral de los cerdos —respondió el mayor.

Desde allí, parados sobre esas raíces portentosas y profundas señalaron el lugar exacto donde estuvo La Casa: la ventana de la cocina que miraba al camino. El tendedero de la ropa. El caminillo de piedra que conducía a la ducha. Las tres puertas traseras, y el callejón que terminaba en el corral a donde acompañaban a la abuela a ordeñar en madrugadas frescas y oscuras. Olimos el vapor dulce de la leche hervida con la cual abuela preparaba quesos frescos. Volvimos a ver al abuelo llegar a lomo de Lucero y desempacar sacos de sal para el ganado. Vimos planear en círculos el águila contra la que luchábamos para que no robara los pollitos, y la carcajada del tío Miguel volvió a retumbar la casa con un chiste de Trespatines emitido desde su radio azul a baterías.
Mientras recordábamos cada cosa y mucho más en ese torrente de nueva memoria, yo me preguntaba con asombro si al menos en ese instante el árbol de mamón con su memoria prodigiosa nos estaba invitando al Reino Plantae, igual que ocurrió muy lejos de allí a Mauricio Tolosa cuando observó con cuidado el viejo manzano en su jardín.
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