
Ayer fue el funeral de la Reina Olivia. Descansa en el jardín de la casa de la que fue ama y señora, sobre un colchón de lisianthus rosas y blancas porque eran las flores que le gustaban, resguardada en una caja como las que elegía de cucha, porque la Reina Oli rechazaba los almohadones imperiales, prefería el cartón de las pizzerías plebeyas.
Olivia era la gata de la familia de mi novia Josefina. Yo la conocí por ella, ya de viejita. Era increíblemente bella, parecía sacada de un dibujo animado. Pelo blanco y negro larguísimo, impecable, cara de michifuz de esas que uno mira y dice “¿cómo puede ser que sean tan lindos estos bichos? Y encima, la edad la había abuenado, porque cuenta la leyenda familiar que de joven solía ser bastante brava.
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Llegar a la casa de los papás de Josefina era saludar a Pichi y Carol, a Manu, a Azafrán (príncipe heredero del trono) y cumplir el ritual de ir a la cocina para darle unos mimos suaves a la Reina, con cuidado, porque era viejita y uno tenía miedo de hacerle daño. Oli los agradecía con un ronroneo y algún que otro maullido con el que reclamaba que le dieras un poquito más. Me encantaba eso, saber que todavía sentía la calidez de una mano que buscaba confortarla.
Algunas veces me tocó llevarla a la veterinaria porque su salud se había complicado. Yo me sentía importante siendo el chofer de la Reina, manejando con cuidado y a la velocidad más constante que pudiera, evitando frenazos para que no se estresara, porque cuando nos ponemos grandes no andamos para sustos. A la vuelta, agradecía que el traslado me hubiera salido bien como se festeja un gol, porque hay pocas cosas más lindas que poder ayudar a un animalito que nos necesita.
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Oli vivió un montón porque tuvo una familia que la amó con locura y la cuidó como sólo se cuida a una monarca y ella devolvió con creces, con años y años de compañía, maullidos y ronroneos.
No llegamos a despedirla y me quedé muy mal con eso. Estábamos a trescientos kilómetros y no tuve el reflejo de subirnos al auto para que Josefina pasara con ella el tiempo que le quedaba. Me confié en que estaba mejorando, porque la Reina Oli siempre estaba mejorando, se había transformado en una verdadera inmortal. Pero esta vez no, siempre hay una vez en la que ya no, una maldita vez en la que ya no.
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Ayer ayudé a mi cuñado Manuel a cavar la tumba, porque ese hueco en la tierra no era un agujero más, iba a ser la nueva casa de una Reina eterna. Tengo cincuenta y cinco años y codo de tenista, cada palada que daba era una gota de sudor, alguna que otra taquicardia y un pinchazo en el brazo. No me importaba, correspondía, era como llevarla despacito en el auto al veterinario. Era un orgullo.
Cuando nos aseguramos de que el fondo estuviera bien nivelado y sin ninguna piedra que la incomodara, Carol y Pichi trajeron la última caja de cartón de la Reina Oli. Adentro estaba ella, hermosa como siempre, durmiendo como casi siempre. Manuel la apoyó con cuidado, la tapamos, le pusimos unas cañas preciosas y luego, entre todos, fuimos agregando tierra encima, una tierra que ya era toda de ella, pero que ahora es suya para siempre.
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Tratando de que el resto no me viera, yo lagrimeaba. No me escondía por vergüenza sino por miedo a apropiarme de un dolor que les correspondía a ellos, porque yo soy un recién llegado, pero la verdad es que lagrimeaba y supongo que en esas gotas iban también pedacitos de Kaya, Morrongo, Pancho, Rasta…
En un momento Josefina dijo que las mascotas deberían durar para siempre. Sí, es verdad, deberían. Pero algo de eso debe haber, porque yo estoy seguro de que la próxima vez que vaya voy a sentir el ronrón de la Reina Oli, la monarca de la casa. Porque Sus Majestades no se van, se quedan con nosotros, toda la vida.
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Les quiero mucho.
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