
Rothko es mucho más que sus inconfundibles rectángulos de colores en lienzos de gran tamaño. Es surrealismo, figurativismo y hasta arte sacro, como muestra desde este domingo una exhibición en la National Gallery de Washington DC, que reivindica ángulos no tan conocidos del artista estadounidense.
“El público va a ver a otro Rothko con estos trabajos en papel no muy conocidos. La exposición revela una trayectoria diferente, que va desde lo figurativo hasta lo surrealista, desde lo multiforme hasta lo completamente abstracto”, cuenta Adam Greenhalgh, curador de la muestra.
A partir de este domingo y hasta el próximo 31 de marzo, esta pinacoteca de la capital estadounidense albergará la exposición Mark Rothko: Pinturas sobre papel, una muestra con unas 100 obras de tamaño mediano hechas sobre papel, en acuarela, al óleo o pintura acrílica. No por ello menos majestuosas o envolventes.
Conocido por sus imponentes pinturas abstractas sobre lienzo, pocas personas saben que Mark Rothko (1903-1970) también creó casi 1.000 pinturas sobre papel a lo largo de su carrera, recuerda Greenhalgh. Muchos bocetos de sus lienzos, pero otros pinturas finalizadas que el artista -quien dedicó sus últimos años a ordenar minuciosamente su trabajo- consideraba obras por derecho propio.

Algunas de ellas se exponen en esta muestra sobre bastidores desnudos, sin cristal, como un homenaje a su obsesión por que el espectador se sumergiera en la obra. “Rothko no quería ninguna distracción, ninguna intervención, ninguna barrera entre el espectador y la pintura misma”, explica.
Él siempre “se mostró reacio a explicar su arte” y creía que “el significado surge de esta experiencia” de enfrentarse cara a cara con una pintura. Su apuesta vital, hablar con sus pinceladas de “los altibajos de la experiencia humana”, del camino que va “de la tragedia al éxtasis”.
La exposición transita por varias salas de la National Gallery -museo que tiene la colección pública de arte más grande de este artista estadounidense- y está dividida por décadas. Comienza en los años 30 del siglo pasado, con sus primeras obras que nada tienen que ver con sus rectángulos.
Paisajes, retratos, escenas costumbristas... Algunas de ellas formaron parte de su primera exposición en Portland (Oregón, EE.UU.), ciudad a la que llegó con diez años después de que sus padres emigraran de su Letonia natal.

Nacido en la Rusia zarista, en una familia judía, la obra de Rothko bebe de la historia del turbulento siglo XX. “Trabaja en los años 30, 40 y 50, una época turbulenta de cambio, de trauma y de horror” y, aunque no los pinta directamente, “su manera de pintar tiene que ver con lo que está pasando”, con la experiencia humana en medio de guerras y crisis.
Por ejemplo, explica Greenhalgh, durante la Segunda Guerra Mundial, Rothko quiso encontrar “un lenguaje simbólico” para abordar “la naturaleza trágica de la experiencia humana” y se acercó a temas como “la mitología, el arte antiguo, la arqueología o la religión”, como muestran algunos de sus cuadros expuestos ahora. En ese trayecto hacia encontrar un lenguaje propio es donde aparecieron los rectángulos. “No salieron de la nada, sino que surgen de estos intentos anteriores de evocar a la condición humana”, relata.
En 1947 Rothko declaró que “la identidad familiar de las cosas debe ser pulverizada” y sus motivos simbólicos y composiciones lineales “se disolvieron en formas nebulosas y fondos arremolinados”, surgiendo “los bloques rectangulares y las bandas horizontales que caracterizaron su arte a partir de entonces”. “No se desvió de ellos hasta su muerte, pero continuó modificándolos (...) Algunas personas podrían pensar que todos lucen iguales, pero no es así”, afirma el curador.
Aún así, abrazaba la repetición como “una buena manera de hacer que la gente mirara y se diera cuenta de que esto era algo que valía la pena observar”. Pero “cada vez que se acercaba al caballete para pintar, trabajar sobre papel o un lienzo, era un nuevo desafío, una nueva oportunidad de probar el tipo de potencial expresivo de este fórmula aparentemente sencilla”, añade.

En 1968, el pintor sufrió un aneurisma aórtico que le dejó numerosas secuelas, tanto físicas como psicológicas. El médico llegó a prohibirle pintar cuadros grandes, el leitmotiv de su vida. Se quitó la vida dos años después. Esta época fue muy prolífica y Rothko pintó más de 420 obras en papel y 30 lienzos.
Hasta esos días transcurren las dos últimas salas de la exposición. Una oscura de su serie Brown and Grays, que recuerda a una de sus obras inmortales, la Capilla Rothko de Houston. Y una clara y luminosa, en la que regresa a los colores pastel con los que se inició, lavanda, rosa o azul, que lo reconcilian con aquella época en la que decidió que quería dedicar su vida a la pintura.
Fuente: EFE
Fotos: EFE/EPA/Jim Lo Scalzo
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