
Pocas veces la interacción de artistas provenientes de la música académica y de la música de raíz popular produce un resultado tan exitoso como el que generó a mediados de los ‘90 el encuentro de Fito Páez con Gerardo Gandini, a quien el músico rosarino homenajeó este lunes en el Teatro Colón a 10 años de su muerte, con un concierto de altísimo vuelo titulado Desde el alma, enmarcado en el ciclo Foco Gandini.
Junto al Ensamble mágico de Buenos Aires, (o Ensamble Gandini/Páez, según el programa), más Mariano Otero, Ernesto Jodos y Fabiana Cantilo como invitados, Páez hizo base en el repertorio de Moda y pueblo, álbum que grabó en 2005 en colaboración con el compositor, para expandir su campo de acción a otras piezas sobre las que trabajaron juntos y completar así un mapa estético tan variado como orgánico.
De esa bellísima perla lorquiana que es el “Romance de la pena negra” a nuestra adorada “Mariposa tecknicolor”, pasando por un rosario musical de glorias propias y ajenas, Fito y los suyos trazaron un itinerario musical en el que las fronteras entre estilos, tiempos y distancias se rindieron a los pies de la honestidad artística y, por qué no, el buen gusto con el que el dúo Gandini/Páez abordaron la reformulación de cada una de las obras escogidas.

Canciones sin tiempo ni espacio
Puntual y local, bajo la mirada de un Gandini gigante proyectado sobre el telón, enfundado en un rojo furioso de capa pero sin galera, al piano y en medio del semicírculo formado por los 16 músicos del ensamble, el músico abrió el fuego, como en el disco, con el romance de Federico García Lorca.
Fue el turno enseguida de “Un vestido y un amor”, tímidamente acompañada por algunos en la sala, y poco después de la bella “Cae la noche en Okinawa” que Páez dedicó a Gandini en su álbum Rodolfo, en la que se adivinan efectos del paso de Ryuichi Sakamoto por la vida del músico transformados en un discurso que no sólo no reniega sino que resalta sus influencias y fuentes de inspiración, procesadas bajo sus propias condiciones.
“Si alguien puso en escena la libertad, ese fue Gerardo Gandini. La música erudita y la popular fueron temas que lo hacían pensar, hacia una única dirección vinculada a la historia, su estética personal, el juego y el presente”, escribió Fito en marzo de 2013 con motivo de la muerte de su amigo Gerardo, creador del actual Centro de Experimentación del Teatro Colón del cual también fue director musical.
“Sin sentimentalismos”. De una manera que, resaltaba, a él le “hubiera gustado”.

Una libertad que la sociedad Gandini/Páez puso también al servicio de clásicos como “Los mareados” y “La casita de mis viejos”, que el arreglador ya había reconfigurado por su propia cuenta y cargo en sus Postangos publicados poco antes del fin de siglo.
Para interpretarlas en el Colón, Páez convocó a Jodos al piano para él hacerse cargo de las palabras escritas por Enrique Cadícamo, como antes en “Retrato em branco e preto” había hecho suyas las de Chico Buarque.
El mismo Chico que un rato antes ya había aparecido en “Carabelas nada”, con Mariano Otero en escena para sumar desde el bajo a una suerte de hoja de ruta para el fluir melódico, armónico y rítmico del colectivo de cuerdas que por momentos debió competir con una “fritura” en el sonido que pese a su persistencia apenas interfirió en ese ida y vuelta en el tiempo y espacio infinitos que sólo en ocasiones, como ocurrió esta vez, puede ser la música.

El arte de correr los límites
“Arreglar y dirigir para una orquesta de cámara canciones de raíz popular implicaba el riesgo de caer en la ampulosidad, algo generalmente presente en proyectos de esta clase” escribió el ensayista, crítico y escritor Sergio Pujol en el programa de mano de “Desde el alma”.
Los ejemplos que lo confirman sobran y están ahí, al alcance del oído. Fruto, muchas veces, de una búsqueda de legitimación en la academia de aquello que no había sido concebido a tal fin, este tipo de experiencias que poco y nada tienen que ver con la experimentación o el riesgo no pasan de ser, en la mayoría de los casos, merecedoras de un piadoso olvido.
El encuentro de Páez con Gandini, en cambio, fue por un carril completamente distinto. Delgado decía en la nota citada que el compositor “estiró los límites de su territorio”, y de eso se trató su interacción con el rosarino, que hizo lo propio antes y después de Moda y pueblo. De ahí que la intersección de los espacios creativos de cada uno haya sido tierra fértil para la germinación de nuevas ideas en torno a viejas creaciones.

Si no fuera así, para qué meterse con canciones perfectas como “Muchacha (ojos de papel)”, “El otro cambio, los que se fueron” o “Canción para mi muerte”, de la tríada Spinetta - Nebbia - García, usina vertebral del imaginario Páez, quien con el tiempo se convirtió en un virtuoso guardián de sus obras, que además en nombre de aquella libertad ejercida junto a Gandini lograron embellecer, no más sino de un modo distinto.
Un principio que aplicó también para el abordaje que el tándem hizo de los temas del rosarino, con fidelidad a la marca de identidad de cada uno de ellos, alejado del empalagoso “colchón de cuerdas” que habitualmente confluye en un sonido monótono y uniforme como si se tratara del “colchón de verdes” de las ensaladas. Ahí radica parte del “éxito” del encuentro entre ambos músicos.
Al contrario, en el Colón los matices y los contrastes tuvieron un rol protagónico, sin estridencias que ni falta hacían, tanto en los diálogos entre el piano de Páez y distintas secciones de la formación o el bajo de Otero, mínimo y por eso esencial, como en los pasajes en los que la orquesta se convirtió en continente de la voz del cantante.

Y también en ese entramado rítmico que Gandini le inventó a las cuerdas para “Tumbas de la gloria”, en las antípodas del barroquismo introductorio de “Dar es dar”, y a prudente distancia tanto de la alquimia de tradición y contemporaneidad aplicada a “Yo vengo a ofrecer mi corazón” como del plan beatle de “Naturaleza sangre” y del complejo entramado de capas que se conjugan en ‘Ámbar violeta’”.
Un universo de canciones al que Fabiana Cantilo le agregó brillo sumando su voz a “Te aliviará”, con un inicio a piano y voz que luego se expandió al formato orquestal, y que Fito coronó con una fantástica interpretación en solitario de “Desarma y sangra”.
Para el cierre y a modo de ‘bis’, una emotiva versión de “Desde el alma” con Jodos al piano fue un marco inmejorable para una despedida con el cantante y su musa bailando en el centro de la escena devolviéndole por un ratito al Colón su condición de salón de baile como prólogo de una ovación tan sostenida como merecida.
Esté donde esté, a Gandini le hubiera gustado.
Fotos: Arnaldo Colombaroli
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