
Durante una ventosa tarde reciente de domingo, niños abrigados y sus familias empezaron a llegar al Metropolitan Opera House de Nueva York. Atravesaron suelos alfombrados y llenaron conos de papel con agua de elegantes fuentes de latón. Se sentaron en el teatro bajo arañas de luces con forma de estrella.
Mientras tanto, entre bastidores, el reparto de La flauta mágica de Mozart se preparaba para la representación de la tarde, incluidos tres chicos que interpretan a espíritus en el espectáculo. Son miembros del coro infantil de la ópera que se presentaron a la audición para los papeles, los únicos interpretados por niños.
Aproximadamente una hora antes del comienzo de la representación, Michael J. Yi y Henry Baker Schiff, ambos de 12 años, y Julian Knopf, de 14, entran en una sala de ensayos con espejos en una pared y un piano de cola. Anthony Piccolo, director del coro infantil, los espera para ayudarlos a calentar.
“Sin calentamiento, nuestra voz puede quebrarse o desafinar, y también hacemos calentamiento corporal, para que no se nos tensen los músculos de la espalda, el cuello y la mandíbula”, dice Michael.
Y Julian añade: “Repasamos las piezas, que es muy importante para sentirlas cada noche y ver cómo está tu voz ese día”. Los chicos cantan tres piezas. (Mozart escribió la ópera en alemán, pero esta producción se canta en inglés.) En una pieza, los chicos están suspendidos sobre el escenario. En otra, están de pie. Y en una tercera, se sientan a hombros de bailarines.
Después del calentamiento, los chicos tienen unos minutos libres, que dedican a hablar entre ellos. Luego llega el momento de disfrazarse. Otros artistas llevan elaborados trajes de plumas y varillas de metal y nailon. Pero los espíritus llevan taparrabos de lino blanco a los que llaman pañales. El verdadero trabajo de cambiarlos de personaje lo realiza el equipo de peluquería y maquillaje.
“Lleva entre 30 y 40 minutos, y realmente da el tono”, dice Henry.
En primer lugar, los niños se pintan de blanco de la cabeza a los pies con un maquillaje a base de agua, que es fácil de lavar, según la jefa de pelucas y maquillaje, Tera Willis. Se aplica con esponjas marinas gigantes y suaves. Después, se pintan símbolos como ojos y brújulas en la frente, los brazos y las piernas. “Esa parte hace cosquillas”, dice Michael.
Después se ponen las barbas, que son las más largas del taller de pelucas del Met. Están hechas de pelo de yak, y también pican.

“Pero tienes que dejártela en la barbilla y no puedes bajártela, porque hay una cinta que va desde la barba hasta la cabeza y también está sujeta a la peluca”, dice Henry, que intenta no pensar en el picor. Michael dice que los mozos que ayudan a los niños entre bastidores le han dicho que se dé golpecitos en la cara en vez de rascarse.
Las pelucas son mohawks blancos de pelo de yak que se rocían con un pegamento especial para que mantengan su forma. Después de una actuación, “acostamos bien las pelucas para que estén listas para el siguiente espectáculo”, dice Willis. “De lo contrario, pueden despertarse con cara de locos”.
Cuando los chicos están todos engalanados, “es raro, porque te miras en el espejo y ves a alguien de la altura de un chico joven con una larga barba hasta el suelo y el pelo de punta completamente blanco fantasmal con un montón de símbolos en el brazo”, dice Henry. “Me veo ahí, pero como que tampoco soy yo”.
“Puedes ver que no eres tu yo normal”, dice Michael. “Estás a punto de actuar delante de miles de personas, así que tienes una sensación muy agradable”.
Ahora es el momento de subir al escenario.
Fuente: The Washington Post
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