
La escritora brasileña Nélida Piñón, ganadora del premio Príncipe de Asturias en 2006 y que recientemente recibió la nacionalidad española por el origen gallego de su familia, murió este sábado en Lisboa a los 85 años de edad, según informó la Academia Brasilera de las Letras.
La autora de 25 libros, incluyendo novelas, cuentos, ensayos y memorias, fue la primera brasileña en recibir los principales premios de la literatura iberoamericana, como el Juan Rulfo o el Menéndez Pelayo, y también la primera mujer en presidir la Academia Brasileña de las Letras.
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De madre brasileña con ascendencia gallega y padre gallego, hacia 1910, su abuelo materno Daniel (Nélida es un anagrama de este nombre), emigró desde Pontevedra a Brasil, hechos que quedan reflejados en su libro La república de los sueños (1984) y por lo cual siempre trató de acercar las comunidades literarias española y portuguesa.
En 1957 se licenció en Periodismo en la Pontificia Universidade Católica do Rio de Janeiro y poco después comenzó su labor como corresponsal en la revista Mundo Nuevo y colaboradora en la revista Cadernos Brasileiros. Comenzó en el mundo literario con la novela Guía-mapa de Gabriel Arcanjo, publicada en 1961. De esta época son sus libros de cuentos Tempo das frutas (1966) y Sala de armas (1973); y sus novelas Fundador (1969) o A casa da paixão (1972).
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Ocupó la dirección de distintas instituciones como el Laboratorio de Creación Literaria de la Universidad Federal de Río de Janeiro (1970), la División Cultural del Departamento de Cultura de Estado de Río de Janeiro y la Asociación de Amigos de la Casa de la Cultura Laura Alvim (1987). También fue vicepresidenta del Sindicato de Escritores de Río de Janeiro. Fue miembro de diferentes instituciones como la Phi Beta Delta Honor Society (1993, Universidad de Miami), el Consejo Nacional de los Derechos de la Mujer (1995), la Comisión de Honor de los Festejos del V Centenario del Descubrimiento de Brasil (1999), la Comisión del IV centenario de la publicación del Quijote (2004), o la Academia de Filosofía de Brasil (2006).
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En 1990 tomó posesión en la Academia Brasileira de Letras como secretaria primera, secretaria general en 1995, y presidenta en 1996, siendo la primera mujer en lograrlo. Siempre será conocida por su labor como defensora de los derechos humanos y de la mujer.
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En 2017, durante su participación como invitada a la Feria del Libro de Buenos Aires, fue entrevistada por Luis Novaresio para Infobae Cultura. “Nélida Piñón es una escritora extraordinaria. Probablemente irrepetible. Latinoamérica le ha rendido homenajes con todos sus premios de literatura porque sabe que su voz se ha impuesto para dialogar de igual a igual con autores como Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano o Julio Cortázar”, escribió Novaresio al comienzo de su texto.
A continuación, un fragmento de aquel diálogo publicado el 14 de mayo de 2017:
— No se está despidiendo nada de la vida, Nélida. ¿Qué pasa frente a la conciencia de la muerte? ¿Cómo es para usted?
— Yo ya tuve una experiencia reciente e interesante, me he dado cuenta de qué es la muerte. La vida es un repertorio, no dominas los episodios que tienes dentro de ese repertorio fantástico que es la vida, ¿no?
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— Espere, es una frase hermosa: “La vida es un repertorio y no dominamos los hechos que la componen”.
— Es como una memoria. La memoria, por ejemplo, no es mimética. La memoria te traiciona y a la vez es dadivosa. Tú pides ahora a la memoria que traiga lo que has vivido hace 20 años, por ejemplo, y la memoria dice ‘no, no me acuerdo’, la propia memoria se olvida. Es muy interesante eso. Entonces la propia memoria es también esto, o sea, esa pluralidad de milagros. Entonces con la muerte, claro que tengo miedo del dolor, pero llega un momento que tu piensas: he tenido el valor de vivir, disfruté de la intensidad de los sentimientos, de las emociones, he sido capaz de andar por caminos raros, no tuve miedo de la convivencia, siempre pensé que había que abrir el corazón, nunca tuve miedo de los afectos. ¿Me equivoqué? Sí, me equivoco, me equivoqué mucho. Entonces la muerte, claro, es la última puerta, no sabes lo que viene después. Pero hay que saber que hay una finitud. Hemos contraído un compromiso con la finitud a partir de nuestro nacimiento.
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— Un compromiso involuntario, no nos dieron opción.
— No nos dieron pero si uno quisiera podría haberse suicidado. O podría haber llevado una vida que se consumiría como fuego. Yo he hecho el esfuerzo de vivir. Y además he hecho el esfuerzo de vivir porque una de las razones para amar más la vida fue que yo tenía pavor de morir antes que mi madre, porque pensaba “cómo voy a dejarla sola y cómo voy a hacer con el profundo amor que ella me profesa”. O sea, es que la vida es tan rica, son tantas propuestas que la vida quizás sea más fuerte que la muerte.
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— En su literatura en general pero muy particularmente en La camisa del marido la familia está muy presente en distintos planos.
— Es verdad, la familia nuclear, la familia de la lengua, la familia de la tribu, de los vecinos, ¿no? La familia de la vida se puede decir también. Pero es una familia dura, cruel, de gran crudeza, y a la vez también es la familia para la cual uno vuelve cuando está herido. Me gustó mucho pensar, hace poco pensaba, aquí en Argentina, que uno busca el bálsamo de la familia. La palabra bálsamo no está muy de moda.
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— Pero es hermosa.
— Es muy linda. Es que la lengua es una maravilla. Y sobre todo la lengua es uno de los más refinados inventos humanos. Cada palabra usted puede imaginar de dónde vino, de la carencia, de la miseria, de la oscuridad, de la necesidad dramática de designar todo, bautizar.
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— ¿Por qué el cuento?
— Porque yo empecé a escribir cuentos muy joven también, entonces no es un género al que yo esté ajena. Pero lo que me fascina más que el cuento, aunque el cuento es primoroso también, es la novela. Pero el cuento es muy interesante porque tiene una índole, tiene que ser corto porque si se extiende mucho entra en la categoría casi sociológica de la novela.
— Usted dice en uno de sus cuentos que “la inquietud del alma asegura la perpetuidad de la civilización”.
— Sí, es interesante. ¿He escrito yo eso?
— Sí, y lo traduje como pude porque está en portugués. Le juro que es suyo.
— Lo bueno es que me olvido.
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