
¿Qué es una vida literaria? No es una impostación romántica, sino –al decir de John Berger– se trata de “una manera de mirar”, o bien podría ser “una manera de leer”. Al menos eso es lo que parece querer decirnos Miguel Russo, cuando marca el momento de la Historia en el que nace la lectura moderna y que apunta San Agustín en sus Confesiones: el día que los monjes copistas deciden leer la biblia en silencio, cada uno por su lado.
¿Qué significa leer y qué significa leer una escritura de la propia vida? ¿Qué es una vida literaria sino un modo de leer otras vidas literarias y sus anécdotas?
Lo primero que a uno se le viene a la mente es la obsesión taquigráfica de Franz Kafka en sus diarios. Russo es también “R”, un personaje menor capaz de copiar y transcribir frenéticamente la vida como hecho literario legible. Y para ello el despliegue de breves episodios como excusas o proposiciones para un hilo de la historia que apunta la experiencia literaria desapercibida. Una vida menor.
Tomando el concepto de “máquina” de Deleuze, para quien se trata de un tipo de agenciamiento compuesto por máquinas para hacer “desear”, “hablar”, “la guerra”, “capturar” (Mil Mesetas, 1980); Russo echa a andar su máquina “para hacer de leer”. Es decir, una suerte de engranaje para la existencia que requiere una vida imaginaria (en el sentido de Marcel Schwob) como factor principal movilizante (no hay acción sin protagonista, no hay personaje sin peripecia y vida literaria capaz de ser escrita y leída al mismo tiempo). En esta maquinaria, la cita, la copia de la cita o la derivación de la cita hacia otra cita, cumplen también una función.

Esta sería la sección de la máquina que insinúa agenciamientos estrafalarios, algo sutiles apuntadas por Russo en una libreta marca “Brügge” bajo el mismo afán de coleccionismo de un Walter Benjamin o –acaso el más cercano a la idea: Gustav Flaubert–, donde cada cita ocupa una proposición de lectura; como la pieza de un ajustado rompecabezas que encaja “justo” en el espacio (la novela de citas).
Un tipo de justicia (poética) que está lejos de la que viene a nuestra mente, porque es la justicia del estilo y de las palabras, la flaubertiana: “no se es escritor por decir ciertas cosas, sino por decirlas de determinada manera”.
Hay una novela argentina que quizás esté emparentada con la Máquina de leer; me refiero a Peripecias del no (interZona, 2007), del escritor Luis Chitarroni, el tipo de matriz narrativa como obra en marcha, digresiva, gozosamente inconclusa, que dinamita las convenciones de la novela decimonónica. Pero la Máquina de Russo, quizás sea menos borgeana que la de Chitarroni. Las digresiones entre la vida de R. y la cita, la cita de la cita y la justicia de la cita, deambulan entre interpelaciones políticas (el momento que aparece insinuado Andrés Rivera, uno de los grandes mentores de Russo que pone en eje el problema de las masas y la interpretación). Y es en ese tipo de digresión que la función del paréntesis parece funcionar como hipérbole, sino como anécdotas lúcidas/afectivas. Es la intromisión de la voz femenina: “C”, que es el verdadero homenaje subterráneo del libro. La conciencia más política para “R”, su salida del solipsismo y la posibilidad del fragmento como goce y discurso amoroso.
¿Pero qué tipo de Máquina ha fabricado Miguel Russo? La literatura no es un juego de meras permutaciones, sino el hecho de saber leer la experiencia (propia y ajena), la vida misma jugada contra el destino que nos toca. Después estará el mito del escritor burgués (pero no burgués de bolsillo, sino el del estado del alma, el que siente el spleen). Entonces el estilo pasa a ser hecho artificial, la suprema cortesía del autor hacia el lector. Y como dice el propio Russo, esto: “No se trata de una novela en el sentido estricto del término, es una no la a fin de cuentas. No es un relato en sí mismo, pero es un relato sin duda alguna. Es lo que se lee”.

*Miguel Russo nació en Buenos Aires en 1956, es escritor y periodista, conocido por su labor dentro del mundo de la información cultural y la crítica en medios de información nacionales y extranjeros. Publicó libros de poesía, ensayos y narrativa; tales como: 7 y 3 (1989) y Ninguna noche en Storyville (1991); La historia y la política en la ficción argentina (1997); Perder la historia (1997); Un lugar como cualquier otro (2005); Babel (2007) y Más que mil palabras (2015).
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