
Humahuaca 3759. Un cartel modesto distingue la puerta del resto, todas idénticas. Pero es tan sutil que hay que prestarle atención para no pasar de largo. El teatro Espacio Callejón se anuncia sin estridencias. Para llegar a la sala hay que atravesar un pasillo largo y angosto, como el de las viejas casas chorizo, que opera como el ingreso a otro mundo. De a poco, todo ruido de afuera se va asordinando hasta quedar en completo silencio.
En el teatro —en la ceremonia del teatro— el tiempo hace un pliegue. No se detiene, pero, de alguna manera, se desvanece. “Cuando tomé el Calle busqué profundizar eso”, dice el dramaturgo Javier Daulte. El Espacio Callejón está lleno de adornos, espejos y cuadros, y tiene una ausencia muy consciente: no hay relojes. “No hay en ningún teatro”, dice, “porque es el lugar donde desaparece el tiempo y prevalece el encuentro con otras personas”.
La agenda del Espacio Callejón tiene una enorme vitalidad. Detrás de esa puerta casi anónima de una calle más del Abasto hay una usina de proyectos. Todos los días se presenta una obra diferente; los fines de semana dos y hasta tres. Daulte dirige El recurso de Amparo, de Laura Oliva (los lunes a las 20.30), y Luz testigo (los martes a la misma hora), que está compuesta por cinco obras —que funcionan como cinco actos—, que ganaron un concurso de dramaturgia durante la pandemia.

La convocatoria de Luz testigo se hizo en la época más crítica de la cuarentena, cuando no se sabía en qué momento iba a terminar, y los teatros estaban cerrados. La condición era que las obras tocaran tangencialmente el virus, pero que, sobre todo, hablaran del encierro. Los ganadores fueron Tomás Afán Muñoz, Marina Artigas, Rubén De La Torre, Julián Marcove y Agustín Meneses.
Por Luz testigo pasan: Un programa de radio hace de puente para el amor entre dos vecinos —una modista y un jubilado— que se miran por el balcón. Un inspector de policía interroga a una niña que vive con el hermano porque los padres, médicos ambos, están permanentemente en el hospital. Un hombre que vive en una isla del Tigre pierde la noción del tiempo y de la realidad. La novia de un actor lo abandona y él vive su duelo sin salir de su casa. Dos chicos se seducen cuando suben a colgar la ropa en la terraza. Nadie dice covid, nadie dice cuarentena, alguien dice virus.
Daulte no sólo es el director, sino que dio consistencia e integridad para que todas las obras se vean como un conjunto. Las cinco elegidas son buenas —muy buenas—. Y aún las más divertidas dejan una sensación, una pregunta, un recuerdo incómodo de lo que traumático de esa época y cómo se iban degradando los vínculos sociales.

—¿De qué es testigo hoy esa Luz testigo?
—Yo creo que, a medida que nos alejamos del momento álgido, podemos reconocernos más. Igualmente, cuando estábamos ensayando, lo que yo quería privilegiar era la celebración de estar haciendo teatro. Por eso, el rasgo primordial de la obra es que los actores siempre están mirando las escenas de sus compañeros de elenco. Había que decir algo sobre el disfrute de ver teatro. Yo creo que eso se conservó, y que por eso Luz Testigo genera un efecto que excede el contenido particular de las obras.
—En ninguna, me parece, hay contacto físico entre los actores.
—Ensayábamos con barbijo y distancia. Pero hay una, la obra del Delta, en la que la hija toca al padre, y en los ensayos nos daba un poco de impresión. En general, en mis obras no se tocan los actores. No por ninguna fobia, sino por una cuestión escénica: todo se potencia más cuando hay distancia. Muchas veces los actores tienen el impulso de acercarse para hablar y, ¡no!, lo opuesto es mejor.
El teatro, una ceremonia
Una situación muy llamativa desde la vuelta de los espectáculos es que va más gente al teatro. De hecho, le ha quitado público al cine. Daulte dice que la causa está en la importancia del lazo social. “El cine puede tener la diferencia del soporte tecnológico, pero no tiene que ver con ninguna ceremonia”, dice.

Antes que ninguna otra cosa, entonces, el teatro es una ceremonia, un rito. “En la misa”, dice, “la ceremonia está incluso por encima del contenido, lo que quiere decir que la ceremonia es el contenido”. Dice que el teatro muestra las conductas humanas, pero que a él le gusta decir que es el lugar al que se va antes de ir a comer. “Es un chiste y no es un chiste”, dice, y desafía a comprobarlo. “Si vas al Imaginario, te vas a encontrar con la gente que sale de ver la obra de hoy, la que salió del Beckett, la del Teatro del Pueblo, la del Tinglado: la mitad de la gente que está sentada fue a ver teatro”.
Dice: “El teatro genera lazo social”.
Y dice: “Hoy leí algo que decía Michel Houellebecq: ‘Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida’”.
Y dice una frase hermosa: “Si una pareja programa ir al teatro están haciendo algo por ellos”.
Vivir entre el teatro comercial y el independiente
Contra todo pronóstico, mientras se mantenían las restricciones y el aforo reducido, al teatro alternativo le fue mejor que al comercial. La razón, según Daulte, vuelve a estar en las ceremonias y sus reglas: “Si vengo al Callejón y hay 15 personas, no pasa nada. Pero si voy a la calle Corrientes, voy a Las Vegas: quiero la fiesta, las luces y la gente en la calle. Si no es como ir a Disney y que no haya niños”.
—Pero hay muchos vasos comunicantes entre el teatro comercial y el alternativo.
—¡Yo soy un vaso comunicante! Yo tengo Luz Testigo en acá y Las irresponsables en el Astros. Que, además, es una obra que escribí yo y que podría haberla hecho acá.

Protagonizada por Julieta Díaz, Gloria Carrá y Paola Krum, Las irresponsables cuenta la historia de tres amigas que se van a vivir juntas para acompañar a una de ellas, que está atravesando por un duelo de pareja. La obra se interroga por los mandatos y estereotipos que todavía encasillan a las mujeres, a la vez que habla de la sororidad y el amor de los amigos.
“El otro día le pregunté a Paola si a ella le gustaría hacer una obra en el Callejón”, dice Daulte. Y sigue: “Por suerte en la Argentina no tenemos una idea tan verticalista como la de los europeos, que siempre tienen que ir hacia arriba aspirando a la corona. Como no tuvimos monarquía, no conocemos nada de eso”.
—La sala de Espacio Callejón es muy distinta a la típica caja negra del teatro: tiene pasajes, balcones, pasillos y hay ladrillos de la pared del fondo. En Luz testigo la propia sala se convierte en recurso narrativo. ¿Cómo se piensa una obra en este escenario? ¿Cómo harías una puesta en otra sala, tendrías que intervenir todo el espacio?
—La hicimos en San Isidro y realmente se adaptó muy fácil. Obviamente, el espíritu se concibe y se funda con su puesta original, pero puede hacerse en una caja más convencional. Yo estoy muy habituado al Calle; he montado muchísimas obras aquí. Es un espacio muy noble, que no tiene patas, no tiene bambalinas, no tiene americana, no tiene todas las telas que suelen tener los teatros. Y en su despojamiento y desnudez está muy vestido porque tiene materiales nobles: madera, hierro y ladrillo. Es un escenario grande. Entran 60 personas, pero es un espacio escénico muy grande, muy generoso.
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