
Para ponerme a escribir cualquier texto abro preguntas. La primera, la básica. Sobre el tiempo y el espacio. ¿Cómo se cuenta el tiempo? En esta novela la historia se enlaza a lo largo de 200 años.
El presente entendido como una caja en la que suena el eco del pasado y la vibración del futuro. Como el tiempo lineal es un invento, intento en esta novela una narración que sea progresiva, circular y también paralela.
El espacio: ¿Cómo ocurren las vidas en un paisaje? ¿Son iguales a otras vidas o, es posible pensarlas como al resto de seres vivos –fauna y flora– que existen en función a su ecosistema? El territorio que elegí es por lo menos tres cosas a la vez: una tierra de sismos, un gran desierto (del que intenté dar cuenta en la novela anterior La hija de la Cabra) y una montaña de la que nacen las aguas que riegan tres oasis que ocupan una ínfima porción del territorio en los que se cultiva y vive. Esta será la novela del oasis. Las historias se contarán en surcos.
¿Cuál es el mito o los mitos que quiero contar? Un terremoto como punto de partida de la fundación de una ciudad, una tierra que de tanto en tanto se sacude y destruye o puede destruir toda la construcción cultural y civilizatoria que se le pone encima. Los terremotos dejan marcas profundas no solamente materiales sino míticas. Para contar el sismo hay que contar la grieta, la tierra abierta. ¿Cómo se rompen los personajes en la ruptura del suelo que los alimenta y sostiene? En las grietas se evidencia el daño pero también lo que sobrevive, entero o endeble.
El territorio entendido como un personaje más con sus características particulares de subjetividad. Un cielo lleno de estrellas al que no se puede dejar de contemplar, arboledas que llevan siglos fabricando el oxígeno que permite respirar al resto de los seres que viven allí, pájaros que van y vienen y la historia de una familia que hunde sus orígenes en esa tierra, contada a través de una casa en cuyo seno se enreda la comedia y la tragedia que es vivir. Vidas que florecen y vidas que se secan. Los rosales del jardín que marcan los ritmos vida y muerte y hacen sus avisos funestos.
La vida entendida como un microcosmos que incluye y depende de la naturaleza. La botánica de una cierta educación sentimental: educación y pretensiones burguesas, herencia, léxico familiar, amor y desamor, traiciones y lealtades, extinción y perdurabilidad, ferocidad y felicidad, mentira y verdad. Todo eso en transmutación permanente con los elementos del paisaje, con la vegetación, con los otros animales. La trama de la vida como un complejo sistema que incorpora el error, el abismo de la incertidumbre y la transformación.

Botánica sentimental es una novela de ficción, sin embargo en la investigación encontré personajes reales que se insertaron en la trama, por ejemplo, Adrienne Bolland, la aviadora que en 1921 cruzó los Andes en un minúsculo y precario avión de madera o Auguste Bravard, el paleontólogo que predijo el gran terremoto de 1861 y murió con el techo desmoronado sobre su cabeza. También aparecieron hechos reales como la creación, el esplendor y la caída de la empresa Film Andes, un proyecto rutilante en el que se conjugaban vino y cine a la manera de una California sudamericana o momentos políticos como el golpe del 55 que marcan no solo las vidas de los personajes sino también su ocaso, vidas que se malogran.
La novela une espacios, tiempos y discursos, pero no tiene ninguna pretensión histórica. La historia al igual que los personajes, los paisajes, los ríos, los viñedos, forman parte de un relato mítico y también artificial. Esencialmente se trata de dar cuenta de las estructuras sentimentales con las que nacemos, transitamos y morimos, la precariedad y la perdurabilidad.
La escritura: aspirar a que los personajes existan en la enunciación, intentar exprimir al máximo la relación con el lenguaje, ritmo, tonalidad, textura, la tensión de una palabra al lado de la otra. La demora de una mirada que desmenuce lo animal, vegetal y mineral y de cuenta del paisaje que habla y es hablado por las vidas que se transforman allí una y otra vez.
Las mujeres cuentan la historia, madres, hijas, abuelas, bisabuelas, conversan, se explican, se dejan legados de libertad. Un universo de mimetismos, metamorfosis y colaboraciones entre ellas y también en relación a su trabajo, amores, sueños, pesadillas, jardines, cocinas, sometimientos y libertades.
La novela la comencé a escribir hace varios años y la terminé en el año 2021 en pandemia, durante los años del encierro, en lo que volví a Mendoza. Fue en ese momento en el que algunos elementos de mi propio contexto se impusieron, por ejemplo, la obsesión por el cielo y la relación con las estrellas, la experiencia de la contemplación, la demora de los días, el aislamiento.
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