Maya Ruiz-Picasso, la segunda de los cuatro hijos de Pablo Picasso, se ha desprendido de algunas de las piezas más sentimentales de su colección particular, nueve obras que ahora ayudan a comprender los períodos menos conocidos de la obra del artista malagueño.
El lote se ha integrado en la colección del Museo Picasso de París, cuya fundación se basa en el mismo principio que ahora ha permitido la entrada de nueve obras: una donación con la que la heredera ha cubierto el pago del impuesto de donaciones.
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En 1973, la ley del escritor y entonces ministro de la Cultura André Malraux, creada a la medida para la descomunal sucesión de Picasso, permitió a Francia hacerse con 228 cuadros, 158 esculturas, 1.495 dibujos, 33 cuadernos, 1.704 estampas, 85 cerámicas y 77 obras ajenas.
Aquello solventó la carencia de obras de Picasso que había en las colecciones francesas y permitió a la familia cubrir el impuesto al que se hubieran tenido que enfrentar, en lo que era ya un legado plagado de conflictos entre las cuatro familias que había formado el artista.
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Las ocho obras de Picasso que ha donado Maya -la mayoría pinturas- junto a una escultura oceánica de la colección personal del malagueño se exponen desde este sábado y hasta el próximo 31 de diciembre en una doble muestra que revela el lado más íntimo del artista.

“Mi madre tenía la intuición de que algunas de las obras que había tenido la suerte de heredar podían encontrar su hueco en el museo y así ha elegido las obras a las que tenía un cariño particular, como el retrato de su abuelo o su cuaderno de dibujos”, cuenta Diana Widmaier-Picasso, una de las comisarias de la exposición y nieta de Picasso.
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Además del plano sentimental, la hija del pintor ha hecho su selección en vista de las carencias actuales del museo: la que es la primera donación de la familia en 30 años ha intentado suplir la ausencia de obras del último período del artista, que en su momento eran menos valoradas por la crítica.
Del realismo al expresionismo
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La primera de las dos exhibiciones arranca con un realista retrato de José Ruiz y Blasco, padre del artista, que pintó con 14 años y donde destaca la temprana maestría de Picasso. Cada una de las nueve incorporaciones protagoniza una sala, rodeada de otras obras de la colección permanente del museo con las que guardan relación.
Entre ellas el cariñoso retrato de la abuela de Maya Ruiz-Picasso, otro de los grandes tesoros de esta donación, así como una imagen cubista de la pequeña Maya con una piruleta y El bobo, que ejemplifica el regreso a las raíces españolas del pintor en los años 30.
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Enternece también ver el cuaderno de infancia de Maya Ruiz-Picasso en el que su padre le enseñaba a pintar, haciendo ilustraciones que luego la pequeña puntuaba como si fuera su profesora.
Completan la donación La venuz del gas, una pequeña estatuilla inspirada del arte del Paleolítico, realizada en 1945, un cuaderno de dibujos de 1962, un retrato de hombre de 1971 y “Estudio para una intérprete de mandolina”, de 1932.
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Nacida en 1935 de su relación con Marie-Thérèse Walter, Maya vivió poco tiempo con su padre y la gran parte de sus recuerdos de infancia se remontan a la Segunda Guerra Mundial, primero al inicio de una crisis existencial para Picasso y más adelante cuando éste pasó años prácticamente escondido para evitar a los nazis.
Sin embargo, la segunda hija del artista, catorce años más joven que su primer hijo, Paulo, y doce y catorce años mayor que Claude y Paloma, los hijos de Picasso con la pintora Françoise Gilot, fue la más dibujada de los vástagos del genio cubista.
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Fuente: EFE
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