Murió Sergio Chejfec, el escritor que pensaba el mundo como “una construcción verbal”

Tenía 65 años y vivía en Nueva York desde 2005, luego de una larga estancia en Caracas. Escribió novelas, cuentos, poesía y ensayos. Es referente de la generación de autores que vivió la transición de los violentos años 70 a la vida en democracia de la década del 80

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Sergio Chejfec (Danny Caminal)
Sergio Chejfec (Danny Caminal)

Este sábado por la tarde se dio a conocer la noticia de la muerte del escritor argentino Sergio Chejfec, quién vivía en Nueva York desde 2005, luego de una larga temporada en Venezuela, entre 1990 y 2005. Atravesaba en el último tiempo un evidente deterioro físico, producto de un cáncer de pancreas. Su partida genera tristeza y dolor en el mundo literario argentino y latinoamericano, donde era muy querido.

El autor dictaba cursos y talleres de literatura en el Programa de Escritura Creativa en Español de la New York University y en Argentina era docente en dos cátedras de maestrías: la de Escritura Creativa (Untref) y la de Literatura Argentina, de la Universidad Nacional de Rosario (UNR).

Nacido en 1956 en Buenos Aires, Chejfec empezó a publicar en revistas literarias mientras trabajaba como librero, taxista u oficinista. En sus propias palabras, se trataba de “compatibilizar el estudio y la subsistencia”. En 1990 se mudó a Caracas, donde formó parte de la redacción de la revista cultural y de ciencias sociales Nueva Sociedad. Radicado en Venezuela, Chejfec publicó las novelas Lenta biografía y Moral (1990). Le sucedieron títulos como El aire (1992), Cinco (1996), El llamado de la especie (1997), Los planetas (1999), Boca de lobo (2000), Los incompletos (2004), Baroni: un viaje (2007), Mis dos mundos (2008), La experiencia dramática (2012) y la colección de cuentos Modo linterna (2013).

También publicó libros de poemas como Tres poemas y una merced (2002), Gallos y huesos (2003), y los ensayos El punto vacilante (2005) y Sobre Giannuzzi (2010). Sus últimos libros, característicos de la hibridez genérica y la renombrada incertidumbre referencial que definía su estilo, fueron Últimas noticias de la escritura (2016), El visitante (2017), Teoría del ascensor (2018) y 5 (2019).

(Paco Fernández)
(Paco Fernández)

En ocasión de la edición de su libro Teoría del ascensor, Sergio Chejfec brindó una entrevista a la agencia Télam S.E. en donde aseguró que “para un escritor el mundo es una construcción verbal”, en referencia al universo de textos sin género ni linealidad, traccionados por la experiencia del ensayo, la autobiografía y la ficción, que le permitió dar pulso a una obra “instalativa”, como él mismo la definió.

“La idea fue la de un libro instalativo. La instalación como un sistema medio escondido, que no señala un recorrido único ni una jerarquía de partes. Pero tampoco un libro desarmable ni un rompecabezas, porque las dos cosas aluden a una noción de totalidad. Por eso no hay elementos alrededor de los textos; títulos originales, fechas de publicación o escritura”, decía el escritor.

“No me importó -continuaba el autor de libros como Últimas noticias de la escritura y Modo linterna– ejercer esa violencia porque era la manera de proponerlos como unidades medio inorgánicas de un nuevo libro. No me interesaba republicarlos sino hacerlos nacer de nuevo como parte de otra cosa, lo que fue dándose junto con el deseo de reescribirlos, ampliarlos, dividirlos o reducirlos”.

En uno de los textos que llamás "proyecto de autobiografía" señalás la desconfianza de "la ficción entendida como prerrogativa moral del autor para escribir cosas" ¿A qué te referías?

– A lo mejor lo único vedado que debería tener un escritor es escribir ficción, porque ello contendría un grado de violencia conceptual que ninguna buena ficción sería capaz de redimir. Pero no soy buen dogmático. Hablo en términos abstractos, porque a menudo sucumbo ante la ficción. La ficción como escenario de la narración no me gusta, me suena pretenciosa. Prefiero una voz más baja, digamos lo dado, como requisito para el relato. Ahí se presentaría una imaginación más hospitalaria a registros distintos a la ficción. No escribir la ficción sino escribir sobre el significado de lo que esa ficción está contando. Tomar la ficción como objeto y no como principio.

Este libro revierte la idea de que una obra dice o busca algo, ¿cómo opera la escritura en ese sentido? ¿Qué función le das?

– Lo bueno es que resulta difícil asignarle una sola función. Como decía, supongo que la escritura es una atribución de significados, puede tener distintos grados de transparencia. También la escritura es una escena. En el libro tendía a mostrar varias de ellas, sin que un mandato de tipo de género, o de prerrogativa vinculada con un tema u otro, las llevara a pedir permiso para desplegarse dentro de las páginas.

Un tema que abordás bastante es el emigrado y los encuentros lingüísticos, algo muy propio de tu recorrido personal. ¿Cómo crees que incide la geografía, la lengua, sobre la escritura?

– Según mi experiencia, que no puedo generalizar, el tránsito por otros países torna más material el paso del tiempo: la brecha no es solo geográfica. El emigrado está lejos de su país, pero también de la red de simultaneidades que lo acompañaba cuando vivía en él; una de las más notorias, la lengua. La incidencia en la escritura depende de cada caso. Uno negocia imperceptiblemente con la lengua del pasado de su comunidad. Pero como nunca tuve oído para una narración verista o coloquial, la lengua en la que me envolví fue desde un principio un poco ausente.

También te referís a la experiencia como categoría, como una forma de estar, de transitar. Es una palabra que utilizás mucho, incluso un libro tuyo, La experiencia dramática, la lleva. ¿Qué te remite este concepto?

– Uno escucha siempre "la experiencia no se transmite". Probablemente sea cierto. También se dice, "aprender es modificar la experiencia". Suena interesante. Las dos frases indican cómo la noción de experiencia es reconocible y esquiva a la vez. Una experiencia puede prolongarse casi indefinidamente, a veces por la ausencia de cambios pero también gracias a la memoria. También, la experiencia puede ser algo efímero: desde aquello que se presiente sin concretarse hasta la idea de trance, que transmite un sentido de intensificación obtenida a cambio de tiempo. Me gustan esas palabras: experiencia, trance, porque remiten a cosas que no son necesariamente hechos, escenas o acciones, aunque los abarcan.

Hay varios textos sobre otros escritores: son tus lecturas sobre sus literaturas. ¿Creés que la lectura define la escritura, en tanto define la subjetividad de quien escribe?

– Idealmente debería ser así, pero se complica porque no sabemos qué se lee y además renunciamos a saber cómo se lee. Si un autor leyera solamente literatura, a lo mejor podríamos aceptar la premisa. Pero un autor lee de todo, como cualquier persona que lea. En cierto modo es la enseñanza oculta de Pierre Menard, de quien sabemos qué precisó leer para escribir de nuevo El Quijote. Pero no nos aclara qué debió leer Cervantes. Es cierto, la lectura construye una subjetividad de escritor, pero no creo que esa subjetividad esté determinada de manera correlativa por el contenido de las lecturas.

Fuente: Télam S.E.

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