
En casa, los ejemplares tamaño tabloide del libro de Jorge Perrone Diario de la Historia Argentina podían estar apilados junto a una puerta corrediza que oficiaba de separador entre el comedor diario y el lugar de trabajo de papá. Había habido tiempos mejores, cuando él tenía su oficina en avenida Belgrano y Virrey Cevallos, pero ahora la quiebra de la pequeña distribuidora de libros y discos lo había confinado a la sede Parque Chacabuco del nuevo trotamundos del mercado interno (en quiebra) de la dictadura.
La venta a crédito era el modo en que funcionaban la producción y el consumo cultural, y tanto la colección de danzas folklóricas tradicionales como el gigante libro de Perrone, que contaba la historia argentina simulando tapas de diario apócrifas de la Revolución de Mayo, la Independencia y las guerras civiles, eran el pan caliente que en casa se vendía y nos daba de comer. Papá lo sabía, y cuidaba el peso, mientras organizaba su próximo viaje a alguna localidad del interior de la provincia donde levantaba pedidos y hacía las entregas.
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A veces, lo acompañaba en esas salidas, en autos usados que se fundían y costaban más que el propio viaje. Recién con los relatos de Osvaldo Soriano sobre su padre pude empezar a entender lo que significaba ese declive en el mío: un empresario pyme de la cultura venido a menos, que las crisis recurrentes y la concentración económica habían empezado a expulsarlo del sistema. Para mí, por años, el libro de Perrone era una suerte de anti Billiken, donde me contaban la historia argentina de otra manera. Y el atractivo poderoso se iniciaba en la tapa, una cubierta ilustrada a todo color que al desplegarse te mostraba un cuadro deslumbrante que en el centro tenía una mujer desnuda. Me pasaba tardes enteras mirándolo. Tardé mucho tiempo en saber que esa tapa era la reproducción de un cuadro de verdad, pintado al óleo, de título San Martín, Rosas, Perón. Y que su autor era Alfredo Atilio Bettanin.
Antes que Google y los buscadores web había enciclopedias, bibliotecas físicas e investigación personal de datos y conceptos. Ahora también, aunque parezca todo más fácil. Lo cierto es que ese tránsito hacia la digitalización, que supuso el acotamiento de los catálogos culturales a cierto congelamiento de los repertorios donde mucho, muchísimo material quedó afuera del radar, también supuso el abandono de prácticas y modos de intercambio de una escala intermedia, ramificada, territorial, diversa. Reconstruir algunas tramas culturales sepultas puede implicar el hallazgo de la punta de un ovillo eventual, de la seña breve como la luz de un fósforo que surge por allí y a la que hay que estar atento. ¿Pero cómo sabe uno de antemano que un recuerdo infantil puede desembocar en una obsesión de toda la vida y, tan luego, en una novela?
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Cuando falleció papá y sobrevinieron mis primeras mudanzas de juventud, desarmamos aquel depósito informal de libros y discos que había en casa y del libro de Perrone me quedó un ejemplar tan dañado y roto, que en otra mudanza posterior terminé tirándolo. Pasó el tiempo y no volví a ver la imagen del cuadro de la mujer desnuda y los próceres al pie. Un día, a finales de 1993, cuando entré a trabajar en la Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, encontré un ejemplar de aquella enciclopedia tabloide. Tenía veintiún años, cursaba la carrera de Comunicación, y creo que el libraco que tenía el cuadro de un pintor en tapa, cuyo nombre desconocía, ofició más de contraseña para leer otros libros de historia argentina en vez de ése.

Volví a ver la imagen de Alfredo Bettanin recién el 29 de junio de 2009, cuando Néstor Kirchner perdió las elecciones legislativas con Francisco De Narváez y dio una conferencia de prensa en Olivos, junto a Daniel Scioli y Alberto Ballestrini. El detonante de la escena para mí no fue tanto las frases ni los anuncios políticos, sino el hecho de que Kirchner tenía detrás el cuadro real, exhibido, de Alfredo Bettanin. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Quién era Bettanin? ¿Qué contenían esas imágenes, cuál era la historia argentina que narraban?
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Poco después, trabajando en el Ministerio de Cultura, conozco a Carolina Bettanin, una de las nietas del pintor, y entonces descubro mucha más información que ningún buscador de Internet podría haberme ofrecido, porque se transmitía de boca en boca. El cuadro había sido pintado en 1972, entre la masacre de Trelew y la vuelta de Perón. Y tuvo un recorrido como objeto cultural tan incierto, a lo largo de casi cincuenta años, como las propias pesadillas y amarguras que sus figuras cuentan. Como si guardara un mensaje secreto que debía llegar a cierto destinatario y no a otro, en determinado momento el cuadro alcanzó su momento más público cuando fue exhibido en el flamante Museo del Bicentenario entre 2011 y 2015.
Con el cambio de gobierno, en 2016 el cuadro volvió a entrar en una zona de misterio. A medida que pasaba el tiempo e iba adquiriendo más información supe que alguna vez escribiría una novela o un ensayo. ¿Era un documental, una reflexión política; era una novela de personajes arrasados por las inclemencias de la política argentina? El paso del tiempo me mostró que también a nuestra generación podía tocarnos la aflicción y el desarraigo. Pero tuvo que llegar la pandemia y el temor a perderlo todo para que algunas de las noches descomunales del año pasado, guardado en una interioridad obligada, me encontraran escribiendo como un desquiciado, poniendo sobre el papel toda la información y la fantasía reunida en tantos años, y darme cuenta que había detrás de todo ello una novela que quería salir a la luz. Y entonces todo el texto vino a borbotones, y ahora sale al encuentro de los lectores, quienes tendrán en sus manos un mensaje frente al cual no podrán permanecer indiferentes.
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