
Margaret Thatcher fue enterrada con un K50 M, un subfusil soviético que le regaló Ronald Reagan en 1985. Cuentan que un día Ronald Reagan se lo hizo poner debajo de la almohada como una broma entre amigos y, a partir de ahí, nunca se separó de él. Todas las mañanas se tomaba veinte minutos y disparaba al aire o a la pared. Fue su deseo ser enterrada junto a su subfusil cargado.
Durante una conferencia de prensa con el matrimonio Reagan, un periodista le hizo una pregunta al presidente. Ronald se quedó en blanco, balanceando su cabeza, tratando de arrancar palabras al vacío. Al lado, Nancy, como un ventrílocuo, susurró una respuesta a su oído: diles que hacemos todo lo que podemos. Hacemos todo lo que podemos, dijo Reagan. Se rumorea que la enfermedad del presidente comenzó durante su segunda presidencia.
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La dupla, el matrimonio político Reagan-Thatcher, concibió y parió el neoliberalismo. Pero también inauguró un forma muy particular que tiene la derecha y que hoy nos es tan familiar: esa perfomática hiperbólica de la derecha llevada a su paroxismo.
Fue Reagan, tal vez, el que inició la performática: fue actor antes que presidente. Sus discursos, como malos parlamentos de una película, destellaban ese carisma propio de alguien actuando un papel. Es cierto, la política siempre fue performática, dirán ustedes. Pero ahora, desde la era Reagan, muestra su condición de artificio, de actores mal guionados. Sus seguidores embelesados, consciente o inconscientemente, por el carácter performático de sus líderes, saben leer bien la cuestión del disfraz. ¿No se acuerdan de “Jamiroquai” invadiendo el Capitolio?
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Pelucas sobran.
El otro día leí un tuit de Myriam Bregman: “el fenómeno Milei es parte de la reacción patriarcal”. Fíjense: en los 80 el gobierno de Reagan, particularmente Nancy, hizo una campaña furibunda contra el feminismo. En su libro Reacción (1991), Susan Faludi analiza todo el aparato político y cultural que se erigió contra la mujer moderna y los feminismos de los años 70′. Un ejemplo: el guion original de la famosa película Atracción Fatal (1987) era un poco diferente. Los cambios tuvieron un propósito: el personaje de Glenn Close, la mujer profesional, deseante, exitosa e independiente solo podía ser psicótica. La película nos muestra que la verdadera guerra es entre la esposa (y ama de casa) y el personaje de Glenn. El hombre es una víctima.
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Estas anécdotas reales fueron el fuego con el que cociné Thatcher, novela que acaba de publicar Metalúcida. Y el germen nació de un recuerdo algo inverosímil, creo yo, pero que me vuelve una y otra vez cuando me preguntan cómo surgió esta novela. Estaba yo en tercer grado de la primaria. El sol del mediodía entraba por la ventana. En el aula había unos planetas de telgopor pintados con témpera y un poster de Soda Stéreo que uno de mis compañeros había pegado poco antes en la cartelera. La maestra dijo: la Unión Soviética se terminó. Recuerdo, y acá lo inverosímil porque yo tenía ocho años y no estoy muy segura de saber realmente qué era la URSS, el impacto de recibir un baldazo de agua: algo había cambiado para siempre, algo que estaba no estaba más.
Con esto quiero decir que la materia de mi escritura es como un río inconsciente que me trae náufragos cada tanto: cuando escribo se me actualizan estos pedazos de memoria naufragados como, por ejemplo, el día que a mi hermana y a mí nos persiguió un chancho salvaje en el desierto y para escapar le dejamos unos sanguchitos de salame (¿?), Mario Baracus, cuando me llamaron al frente en algún acto escolar para hacerme preguntas (porque aparentemente yo estudiaba mucho) y de los nervios dije que Artigas era unitario o que las ballenas no eran mamíferos, la caída de la URSS, o aquella vez que en Jardín me preguntaron el nombre de mi gatito y yo dije “gato mierda” (gato de mierda le decía mi viejo cuando el gato cagaba adentro la casa), Los Caballeros del Zodíaco, Mitch Buchannon, etc.
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Así apareció Thatcher. Y así aparecieron los personajes. Cuando escribo nunca busco personajes. Se me aparecen solitos ahí. Primero apareció Reagan, un poeta medio gagá y obsesionado con el comunismo, luego Nancy, agente encubierta de la KGB (su color favorito era el rojo, de verdad) que buscará usar la mente debilitada de su marido para la causa comunista y, después, Thatcher que descubre que hay un espía encubierto que quiere destruir su sueño de una fiesta de salchichas asadas mientras, entre beso y beso, con su amado Ron derriban gobiernos tercermundistas.
Con el personaje de Thatcher encontré el contrapunto de la lengua de mala traducción con la que venía trabajando. Todos los personajes hablan en ese español neutro de novela de espías. Para mí, en mi universo, Thatcher solo podía existir hablando en rioplatense, percibiéndose hombre, machista, borracho, y profundamente enamorado de Ronald Reagan. “Yo solo quiero decirte que no confíes en nadie. Ni siquiera en los que te aman. Menos en los que amás. El amor no dura, Ron: traicionero como la clase media es. Veleta, tráeme un doble. Eso no lo escribas. Lo escribiste, te escuché. Chupame el culo, Veleta. En fin, quiero que estés atento. La verga en vigilia, Ron, la verga en vigilia”.
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