
Una vez más, el arte me ayudó a resistir. Mamá internada en un sanatorio, sufriendo, atada a la cama o químicamente dominada. El maldito epoc restándole fuerzas a la guerrera, y yo, su hijo mayor, un tipo de 50 años, pero temeroso como un niño perdido en la noche, iba tomando incesantes notas. Durante los cuatro meses que duró su internación, hasta su muerte, la escritura fue mi droga, mi distancia del dolor, mis desesperados intentos por hallar la respuesta a una pregunta fundamental: ¿cómo es posible que se muera quien me trajo a la vida? Las madres no deberían morirse.
Testigo de sus dolencias, cuidándola y atendiendo sus necesidades, mientras ella dormía, sentado en el sillón de acompañante me replegaba en mi confuso mundo íntimo y escribía sin otro recurso que el celular. Escribir para no implosionar. Letras urgentes, frases desesperadas, crónicas de las vivencias del desamparo en medio de la pandemia. El apocalipsis mundial y la fragilidad del ser humano se condensaban entre las cuatro paredes de la habitación 502 donde todas las mañanas estaba junto a mamá.
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El mundo sin mamá es un libro personal, palabras escritas desde el centro mismo del dolor, pero también es un mensaje en una botella lanzada desde la isla de la orfandad, el testimonio del tránsito por el camino del duelo. Son las anotaciones, las preguntas y los gritos de un hijo torpe equilibrista que se zarandeaba en la cuerda floja y deshilachada de la existencia. ¿Cómo se ordenan los papeles del dolor? ¿Quién nos enseña a vivir y a soportar la muerte? Cuando un ser amado comienza a morir, hay una oscura película que te separa del mundo, ves tu vida, y la de los demás, desde un cristal opaco que difumina toda posible felicidad. En los intervalos de los cuidados sanatoriales, o ya en mi casa pero unido al cordón umbilical de su padecer, comencé a reflexionar acerca de una de las cuestiones fundamentales de la vida: la muerte, pero no en general sino la que estaba empecinándose con mi madre.
Junto a mamá y sus eventuales compañeras de habitación, caminando el gris pasillo del sanatorio, interesándome en las angustias ajenas y en el personal de salud y sus malabares en tiempos de una pandemia, recolectaba vivencias, sensaciones, trataba de traducir en palabras los enigmas esenciales: ¿de qué material está hecho el dolor, la enfermedad, la muerte? Todo lo sufrido se empozaba en mi alma y solo la escritura me ayudaba a drenar, a darle un caprichoso orden al caos que generaba en mi vida cotidiana y emocional la enfermedad de mamá.
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Cuando mamá estaba lúcida y sus dolores silenciados por los fármacos, era la biblioteca viva de mi historia, de la nuestra. Entonces le hacía preguntas, estimulaba su memoria, juntaba las piedras preciosas de sus relatos familiares, de sus aventuras en los hospitales y escuelas en los que trabajó, las mil batallas que libró Mirtha, esa mujer tempranamente empoderada que siempre defendió la bandera del amor. Pero cuando era castigada por los heraldos negros que odian a las madres, me revolcaba en la desesperación, hacía fallidas maniobras de socorrista improvisado tratando de acercarla a la playa de la vida, sacarla del fondo del mar revuelto en el que terminó ahogándose. Y el estadio del dolor tiene esas lecciones, cuando queremos gambetear al inevitable y malintencionado destino, terminamos lesionados. No quería soltar a mamá pero tuve que hacerlo. Y de pronto, el mundo se vació, perdió la consistencia que tenía. Solo la escritura fue mi forma de retenerla, de historizar, de seguir hablando con ella, de tatuar con tinta indeleble su desprenderse de la vida.
El mundo sin mamá, convertido en libro, dejó de ser solo una cuestión personal. Son páginas que salen en busca de otros desamparos, porque en definitiva todos somos seres mortales que lloramos por las mismas cosas, que queremos negar nuestra finitud y nuestra fragilidad, y cuando van muriendo nuestros padres no solo lloramos por ellos, lloramos por lo que en ellos muere de nosotros, lloramos nuestra propia muerte.
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El libro, igual que los recuerdos, es la forma de mantener viva a mamá, para que siga conmigo mientras yo siga vivo. El lerdo e insidioso proceso del duelo va desdibujando lo que fue la realidad de la persona amada y de todo lo vivido con ella. El duelo y el olvido son parientes de la muerte; la escritura no, todo lo contrario, pertenece a otra especie, la que preserva la memoria viva. Cuando mamá murió, comencé ordenar las notas, fui volcándolas en páginas y puliendo lo posible, sin que perdiera fuerza la fidelidad de lo vivido. Y así se materializó, tomó la forma de un libro que será la extensión de su memoria, de la nuestra. El mundo sin mamá es doloroso, pero más terrible es el olvido.
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