
Cuando a principios de los años noventa comencé a interesarme por los hipertextos digitales, entre los antecedentes analógicos de esas intrincadas redes textuales se encontraba la Encyclopédie de Denis Diderot y Jean le Rond d’Alembert. En esos años leí unos cuantos libros sobre esa maravillosa máquina textual y, en un viaje a París, me compré una serie de reproducciones de las páginas donde se desmontaban máquinas y procedimientos de la naciente sociedad industrial. Después de cinco mudanzas todavía siguen ahí, en casas distintas pero interpelando de igual manera a cualquiera que pase a su lado y se digne a darles una ojeada.
Las enciclopedias fueron proyectos editoriales tan ambiciosos que, debido a su envergadura, debían contar con un sólido apoyo de capitales privados y una buena cobertura política. Si bien la Encyclopédie de Diderot y d’Alembert desafió al poder absolutista y eclesiástico, la Encyclopædia Britannica nació amparada por el Gran Imperio; lo mismo puede decirse de la Treccani, la primera enciclopedia italiana cuyos autores, salvo un puñado de excepciones, adhirieron al Manifiesto de los Intelectuales Fascistas en 1925. Además de abrir museos, erigir monumentos y desarrollar un relato histórico plagado de próceres y batallas que le diera sentido, desde los inicios de la modernidad cada Estado-Nación que se preciara de tal condición debía tener su propia enciclopedia.
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Resulta muy extraño que el primer peronismo, el peronismo de Perón y de Evita, el del avión Pulqui y el Congreso Nacional de Filosofía en 1949, el mismo que nacionalizó los ferrocarriles y dio los primeros pasos en el desarrollo nuclear de la Argentina, nunca hubiera promovido la creación de un proyecto enciclopédico nacional y popular. Si la Gran Enciclopedia Argentina no existía, entonces había que inventarla. Ahí, en esa hipótesis, nace mi novela: La Gran Enciclopedia Argentina cuenta la historia de la creación y escritura del “Gran Libro de la Patria”, tal como la definió Juan Perón en uno de los primeros capítulos.
Fiel al espíritu enciclopédico, me propuse hacer una obra polifónica donde la historia de la gran enciclopedia nacional, contada por un viejo agente de inteligencia que está perdiendo la memoria, se entrecruzara con textos de la misma enciclopedia, transcripciones de clases clandestinas y un par de ensayos a cargo de autores que analizaron la magna obra nacional o escribieron sobre los sistemas enciclopédicos. A medida que pasan las páginas vamos conociendo a José A. Uriburu, el incansable intelectual detrás de La Gran Enciclopedia Argentina. Según algunas personas que lo trataron, Uriburu era un “personaje polifacético que consiguió́ trabajar durante casi tres décadas en un proyecto secreto sin levantar sospechas, lector obsesivo y político leal, aburrido como una ostra pero con un cerebro único capaz de dar a luz las más inesperadas conexiones”. Para otros “era un peronista del siglo XIX, un viejo amortizado y atípico, a veces irónico y otras gruñón” que de tanto leer a Mariano Moreno, Domingo F. Sarmiento, Pedro De Angelis y Florentino Ameghino se había transformado en una “especie de peronista victoriano”.
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Pero a medida que se avanza en la lectura no solo conoceremos a José A. Uriburu: La Gran Enciclopedia Argentina es un viaje a la Argentina profunda, a ese país en reescritura permanente soñado por los cronistas coloniales, un territorio regado con la sangre de sus rebeldes habitantes y generosamente abonado con sus cuerpos. Me gusta mucho esa imagen de la Argentina como sociedad en estado de reescritura a la que le cuesta pasar al próximo capítulo. La Gran Enciclopedia Argentina propone también un recorrido por la Argentina de la segunda mitad del siglo XX, pero con un ojo puesto en los conflictos y problemas del siglo XIX que, increíblemente, parecen estar más vivos que nunca. Si no me creen, lean las noticias de ayer (¡Extra! ¡Extra!): desconfianzas entre el puerto y el interior, mapuches, deuda externa y peste. Podría ser la agenda política de la presidencia de Domingo F. Sarmiento o Julio A. Roca.
Además de jugar con diferentes registros y géneros, a la hora de escribir La Gran Enciclopedia Argentina me interesaba construir un relato totalmente verosímil. Una de las personas que leyó el primer borrador me preguntó: “¿Pero esto pasó de verdad, no?”. Por otra parte, intenté modular lo mejor posible la voz del gran narrador de la historia, ese viejo agente de inteligencia que a mediados de los años ochenta se decide a contar la gran obra de espionaje de su vida. Las conversaciones diarias con mi padre, nacido en 1934 y a quien dedico el libro, me sirvieron mucho para darle forma a la voz de ese personaje.
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Si bien La Gran Enciclopedia Argentina es un duelo entre dos protagonistas masculinos, Evita tiene un rol muy importante al ser la que pone en marcha la historia. Aparecerá de manera recurrente a lo largo del libro, junto a otros dos personajes femeninos misteriosos que entran y salen del relato. Pero quizás las dos grandes protagonistas de la novela son la Argentina y La Gran Enciclopedia, que en realidad son un mismo personaje, ese país condenado a reescritura perpetua.
Escribí La Gran Enciclopedia en un par de años y de manera casi paralela a un ensayo titulado Cultura Snack (La Marca, 2019), un libro donde también aparecen diferentes tipos de textos y estilos. Los dos libros dialogan mucho entre sí, al menos en sus aspectos formales. Respecto a las referencias externas, La Gran Enciclopedia Argentina está plagada de componentes provenientes de infinidad de textos, desde descripciones de insectos, fósiles o plantas carnívoras publicadas hace más de 100 años hasta relatos de la conquista de América o análisis de la locura de los argentinos escritas por Ramos Mejía a comienzos del siglo XX. Me divierte mucho jugar con textos ajenos y crear construcciones con ellos como si fueran ladrillos de palabras. Generalmente escribo con muchos libros abiertos sobre el escritorio o la pantalla, una práctica que quizá proviene de mi experiencia (mucho mayor) como escritor de textos científicos y teóricos donde se deben referenciar todas las fuentes utilizadas. Suelo escribir rápido (sobre todo los diálogos) y después corrijo unas cuantas veces (entre cinco y diez). Pensé que me costaría más ponerle fin: dado que tiene una estructura en forma de acordeón, podría haber estado años agregando material enciclopédico a la novela; sin embargo, tenía en claro desde el principio que estaba escribiendo una novela y no una enciclopedia. Seguramente cometí una buena parte de los errores que suelen cometer los escritores noveles; espero que sean pocos o pasen desapercibidos.
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La Gran Enciclopedia Argentina es mi segunda novela y la primera que publico. Si, como decía Ricardo Piglia, el Estado cuenta ficciones y se justifica a través de ellas, en este caso la ficción inventa una enciclopedia para hablar de un Estado cada día más estropeado y una Nación siempre al borde de la disolución. Pero me gustaría que la gente que navegue en las páginas de La Gran Enciclopedia Argentina fuera más allá de las lecturas sociológicas o históricas y la disfrutaran como lo que es: un ejercicio de ficción que solo intenta atrapar a los lectores y lectoras en sus redes.
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