
Seguramente Frida Kahlo siga siendo por mucho tiempo la figura indiscutida del arte mexicano. Pero así como hubo numerosos pintores de gran talento en México durante el siglo XX, también hubo unas cuantas mujeres artistas dueñas de una visión no menos singular. La jaliciense María Izquierdo (1902-1955), nacida a principios del siglo, atravesó los años más determinantes del arte mexicano que hoy todos conocemos –los de la revolución y las vanguardias que surgieron con esta– y no estuvo lejos de sus personajes más destacados, sin embargo fue opacada por el rol predominante que ocuparon los hombres en esa historia.
Izquierdo llegó muy joven a la ciudad de México desde su Jalisco natal con dos pequeños hijos y separada de su marido, en una época en que vivir sola y ser artista era algo muy osado para una mujer. Alrededor de los 30 años fue la primera artista de su país en exponer sus obras en los Estados Unidos y tiempo después inició una relación con Rufino Tamayo, con quien compartió su vida y su taller durante cuatro años, además de las afinidades entre sus obras. Ambos manejaban una paleta intensa y representaron temas en común que plasmaron en naturalezas muertas, paisajes, retratos y desnudos.
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Sus primeras obras, como el Retrato de Belem (1928) o Niñas durmiendo (1930), retratan a sus seres más queridos y muestran su entorno más inmediato prescindiendo de la perspectiva, lo que la emparentó con el arte primitivista. Hacia 1936 recibiría –como otros y otras de sus pares– la influencia del surrealismo, a partir de su amistad con el poeta Antonin Artaud, quien por entonces andaba de visita por México. Tanto esa corriente como las expresiones más autóctonas de la vanguardia mexicana, nutrida de la cultura popular, definieron su estilo. “Incuestionablemente María Izquierdo está en comunicación con las verdaderas fuerzas del alma india”, la describió el escritor francés.

A diferencia de los muralistas Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, la artista fue renuente a construir un relato del pueblo mexicano basado en la figura más o menos esquemática del mestizo, aunque con el tiempo diera cuenta de la mexicanidad. Sus pinturas tienen una iconografía variada que incluye retratos y autorretratos, naturalezas muertas, altares de dolores y escenas de circo, en las que la figura femenina y diversos objetos tradicionales de la cultura de esa tierra están muy presentes, pero siempre a través de una reinterpretación y de una atmósfera muy particular, casi metafísica.
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Durante la década de los treinta, Izquierdo coordinó un colectivo artístico feminista y luchó contra el fascismo, además de reflexionar en conferencias y escritos personales sobre el papel de las mujeres en el arte. En 1945, no le tembló el pulso para denunciar públicamente a Siqueiros, Rivera y Orozco, quienes influyeron para cancelar un gran mural con la historia de la ciudad de México que le habían encomendado las autoridades locales. Sin embargo, en lugar de recibir apoyo por parte de los críticos y artistas de la época, fue injustamente atacada.
Por entonces, los escasos márgenes de libertad para las mujeres tal vez solo podían conducir a una gestualidad dolorosa y de desesperación que es visible en varios de sus cuadros, como también en la obra de Kahlo y Remedios Varo. Sueño y presentimiento (óleo sobre tela, 45 x 60 cm., colección privada), pintado por la artista en 1947, está teñido por la propia angustia revelada en un extraño sueño que tuvo una noche, aunque también es una notable síntesis del arte europeo de entonces (se advierten rasgos de Giorgio de Chirico) y las expresiones de su tierra. Izquierdo estuvo vinculada a los Contemporáneos, una emblemática vanguardia literaria que propugnaba una estética moderna que atendiera aspectos autóctonos y al mismo tiempo le diera un carácter universal al arte mexicano.
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En Sueño y presentimiento, María se representa en una ventana con su propia cabeza cortada y sus largos cabellos enredados en las ramas y raíces de los árboles que crecen en el exterior. Su propio cuerpo, mientras tanto, junto con otros cuerpos decapitados, huye sin cabeza a través del lúgubre paisaje metafísico del cuadro. El presentimiento de esta escena pesadillesca se terminó convirtiendo en premonición, ya que unos meses después de pintarlo, la pintora sufriría una hemiplejía que la dejaría con el lado derecho de su cuerpo paralizado y sin habla. Debió hacer un gran esfuerzo para aprender a pintar y hablar de nuevo. Comenzaría a partir de entonces su etapa final, la más fuerte y profunda, en la que los problemas físicos y emocionales influyen en demasía.

Esa pieza de 1947 dialoga con un autorretrato del mismo año, en el que están ausentes los colores más brillantes que caracterizan a otras de sus pinturas, y su propia representación es más austera que en otras ocasiones, sin los adornos que utilizaba y con un vestido sencillo, sin cuello ni ribetes. Sobre la figura de Izquierdo, Octavio Paz alguna vez dijo: “Parecía una diosa prehispánica. Un rostro de lodo secado al sol y ahumado con incienso de copal. Muy maquillada, con un maquillaje antiguo, ritual: labios de brasa; dientes caníbales; narices anchas para aspirar el humo delicioso de las plegarias y los sacrificios; mejillas violentamente ocres; cejas de cuervo y ojeras enormes rodeando unos ojos profundos… Pero aquella mujer con aire terrible de diosa prehispánica era la dulzura misma. Tímida, íntima”.
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Esa descripción poética no debe olvidar el poder para domar bestias salvajes que se ve reflejado en las artistas circenses de sus cuadros, quienes manifiestan otras cualidades alejadas de los estereotipos de la mujer abnegada y pudorosa.
María Izquierdo murió de una embolia en 1955. La Unión Astronómica Internacional (UAI) bautizó un cráter de Mercurio con el nombre de la artista en reconocimiento de su obra pictórica.
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