
Irán nuclear. Irán petrolero. Irán sancionado. Así es como los medios de comunicación occidentales tienden a presentarnos a lo que fue la antigua Persia. Lejos de profundizar en la raíz de los conflictos o en los engranajes del régimen, se centran en la cuestión nuclear y en las relaciones de Irán con Estados Unidos, Israel y China. Pero la geopolítica actual no define un país.
¿Cómo podemos adentrarnos en la historia y la sociedad contemporánea iraní con otra mirada?
Aunque el cine iraní se ha hecho un hueco en nuestras pantallas gracias a directores como Abbas Kiarostami, Asghar Farhadi o Mohsen Makhmalbaf, las películas que han llegado a un público más amplio son aquellas mainstream: las producciones estadounidenses como No sin mi hija (1990, Brian Gilbert) o la taquillera Argo (2012, Ben Affleck).
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Pero es en nuestras librerías y bibliotecas donde vamos a encontrar una ventana que nos permite ver de una forma personal y única la historia, la cultura y la sociedad persas: los cómics. En ellos, distintos artistas iraníes exiliados (Marjane Satrapi, Mana Neyestani, Parsua Bashi o Amir Soltani) han encontrado la manera de explicar el presente y el pasado del país de una forma diferente. Y, además, una herramienta mediante la cual enfrentar las duras experiencias personales que han vivido.

¿Por qué el cómic?
Si bien hoy en día el cómic se ha ganado el calificativo de “noveno arte”, como objeto de estudio en universidades, objeto expositivo en galerías y museos a nivel mundial, y ocupando secciones de cultura en importantes medios, sigue unido en el imaginario popular a la literatura infantil: el cómic es humor, cosa de niños.
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Por suerte, este es un tópico que va quedando desfasado.
Will Eisner, Scott McCloud o Santiago García son sólo algunos de los artistas y teóricos de esta disciplina que han abordado el nacimiento, desarrollo y estudio del cómic de manera formal, y han demostrado que es un arte en sí mismo. No un arte estático, sino que su formato y temáticas han ido cambiando con el paso del tiempo.
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Las bases del cómic actual podemos encontrarlas por un lado en el movimiento underground occidental de los años sesenta a finales de los setenta, que tocaba temas como la sexualidad y la lucha social, y, por otro, en la publicación de Maus (1980–1991) de Art Spiegelman, que recoge el testimonio de su padre, superviviente de Auschwitz.

Los formatos que encontramos más representados en las secciones de cómic, además del manga y los superhéroes, son las novelas gráficas históricas, autobiográficas o de denuncia social. En ellas no sólo las artistas mujeres de todo el mundo han encontrado un altavoz para narrar sus memorias, que coinciden con acontecimientos históricos importantes o con vivencias personales muy fuertes (Zeina Abirached, Rokudenashiko), sino que los y las artistas de países arabomusulmanes han dado con una herramienta que les empodera (Riad Sattouf, Lena Merhej).
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¿Qué tiene el cómic?
Muchos artistas narran experiencias traumáticas y, al mismo tiempo, nos cuentan la historia de sus países en este formato.
Tomemos el ejemplo de Maus: Spiegelman convierte a los judíos en ratones y a los nazis en gatos. El formato y la estética ayudan a asimilar los duros sucesos que se muestran. Podemos visitar el museo de Auschwitz y ver dónde se exterminó a un millón de judíos, pero en Maus los personajes son animales con forma humana, mediando con los lectores, incitándoles a una reflexión más allá de la empatía. Hay una clara distancia entre uno y otro. Ciertos estilos de dibujo ayudan a hacer soportable lo insoportable.
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También es el caso de algunos artistas iraníes en el exilio para los que el cómic es una herramienta apropiada para transmitir su historia y denunciar realidades que se han silenciado.
Los autores, sus voces y sus memorias
Marjane Satrapi sentó precedente con la publicación de Persépolis entre 2000 y 2003, donde recoge sus memorias desde niña a joven adulta, que coinciden con acontecimientos históricos tan importantes como el cambio de un régimen dictatorial (la dinastía Pahlaví) a otro (la actual república islámica de los ayatolás) o la guerra Irán-Iraq (1980-1988). Pero también comparte el proceso de su creación identitaria, lleno de dudas, miedos y conflictos aún más evidentes cuando vivía en Europa: un choque identitario.
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A esa ola se han podido sumar otros artistas iraníes exiliados como Mana Neyestani (Una metamorfosis iraní), Parsua Bashi (La vida en Irán. Nylon Road) o Amir Soltani (El paraíso de Zahra).

Estos han convertido sus obras en una herramienta de denuncia, y coinciden a lo largo de sus testimonios en explicar los mismos acontecimientos. Los recuerdan de forma similar: denuncian el régimen y plasman una visión negativa de ambas dictaduras. Transmiten un poderoso mensaje al público occidental: narrarnos sus vivencias deshaciendo los estereotipos que han creado, en parte, los medios de comunicación.
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Satrapi y Bashi reflejan en Persépolis y La vida en Irán. Nylon Road, respectivamente, una cronología histórica a través de su día a día, no sólo la Revolución Islámica o la guerra. Muestran cómo cambió su rutina a la hora de ir al colegio, la obligación repentina de llevar velo, el miedo a las represalias, o cómo la gente abandonaba el país.
Neyestani narra en Una metamorfosis iraní su encarcelamiento en la prisión de Evin tras un malentendido con una de las viñetas que publicó en un periódico. El artista nos traslada a la cárcel, llena de miserias, y cuenta su posterior huida del país.
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Soltani y Khalil Bendib, coautores de El paraíso de Zahra, nos ubican en 2009, en el fraude electoral del polémico presidente Mahmud Ahmadineyad (que ocasionó manifestaciones, detenciones y asesinatos) y el surgimiento del Movimiento Verde.
Estos artistas hablan también del Irán del petróleo, del nuclear, del doblemente sancionado y del Irán represor. Pero van mucho más allá. Nos hacen partícipes de su cultura, valores, referentes y costumbres. Estos cómics nos sumergen de lleno en los corazones de los artistas, en sus recuerdos, pero mitigan parte de su sufrimiento gracias al arte.
Y nos dejan algo bien claro: Irán, un país dicotómico, moderno y tradicional, con un potencial intelectual y cultural enorme, ha sufrido una fuga de cerebros. A través de sus cómics, como forma de expresión y denuncia, llegan a esa masa difusa y, en ocasiones, desinformada en la que Occidente se ha convertido. Historias contadas por ellos, no en las que ellos son contados.
Publicado originalmente en The Conversation.
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