
En la mañana del 21 de octubre de 1971 el mundo se enteraba que el Premio Nobel de Literatura volvía a quedar en manos de un latinoamericano. Y no cualquiera: Pablo Neruda. Era el tercero de una lista que se iniciaba en 1945 con su compatriota Gabriela Mistral, que seguía en 1967 con el guatemalteco Miguel Ángel Asturias y que se continuaba con la figura de este emblemático poeta, uno de los grandes nombres de la literatura de la primera mitad del siglo XX.
La Academia Sueca envió un telegrama a Santiago desde la Embajada chilena en Suecia el día anterior, el 20 de octubre. Decía lo siguiente: “Informaciones confidenciales sostenidas Embajada indican que Premio Nobel sería concedido mañana Neruda. Ruego a US. máxima reserva vista información no está confirmada”. Luego, el jurado argumentaría su decisión así: “Por una poesía que con la acción de una fuerza elemental da vida al destino y los sueños de un continente”.
Ese día Neruda se encontraba en París. Era Embajador de Chile en Francia. Días antes, los diarios lo candidateaban como posible ganador. Él y su esposa, Matilde Urrutia, se sentían escépticos; Jorge Edwards, que lo acompañaba como consejero cultural en la representación del gobierno de Salvador Allende ante Francia, le apostó “una comida en el mejor restaurant de París”. El destino de las apuestas: finalmente pagó con mucha alegría esa cena.

Neruda había cumplido 67 años, era miembro honorario de la Academia Chilena de la Lengua y se lo consideraba uno de los grandes poetas del siglo XX. Su trayectoria política como antifascista y comunista —fue miembro del Comité Central del PC chileno— lo había convertido en uno de los defensores más conocidos de la república española; había sido senador en su país y se había exiliado en 1950; a fines de los sesenta había sido precandidato a la presidencia.
Seis meses después, en abril del 72, en Londres, dio un discurso en el Royal Festival Hall. Lo cuenta el estadounidense Mark Eisner en la enorme biografía Neruda, el llamado del poeta: “Después de cien años de luchas de humillados, de los destrozados y de la clase obrera, tuvimos una gran victoria”. Fue eso, ni más ni menos, una gran victoria, que unos cuantos meses después terminaría en la peor dictadura del país, además de su muerte.
El Golpe de Estado liderado por el Comandante del Ejército Augusto Pinochet —quien gobernaría de facto durante 17 años—, con el apoyo del gobierno de Estados Unidos conducido por el presidente Richard Nixon, arrancó con el bombardeo del Palacio de La Moneda, la casa de gobierno chilena, y allí, abrumado y sin salida, Allende se suicidó. Fue el 11 de septiembre del 73: el fin del sueño socialista y el comienzo de una cruenta dictadura que se propagó por toda Latinoamérica.

Para ese entonces, Neruda estaba muy mal de salud: tenía cáncer de próstata. Cuando se produjo el golpe estaba internado y convaleciente. Murió ocho días después, el 23 de septiembre a las 22:30 de 1973. Aún circulan las versiones sobre su envenenamiento. Dejó un tendal de libros únicos. Desde su famoso Veinte poemas de amor y una canción desesperada de 1924 —publicado a sus veinte años— hasta Canto general, Los versos del capitán y Estravagario.
¿Cómo se lee hoy Neruda? Una revisión de los aspectos personales y literarios del poeta sucedió al mismo tiempo que los movimientos #NiUnaMenos en Argentina y #MeToo en los Estados Unidos, ganaban espacio. Con el crecimiento del feminismo en Chile uno de los versos más conocidos del Nobel, “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”, se transfiguró en consigna: “Neruda, cállate tú”. ¿Por qué? En su autobiografía póstuma está la respuesta.
Un año después de la muerte de Neruda se publicaron sus memorias. Confieso que he vivido fue publicado por primera vez por la editorial Seix Barral en 1974. Allí recorre los fumaderos de opio en Tailandia, la Birmania dominada por los ingleses, sus experiencias con todo tipo de mujeres en todo tipo de situaciones, las conversaciones con el Che Guevara, sus viajes a México o a la Unión Soviética, su consulado en España durante la Segunda República Española.

Pero había un dato que pasó inadvertido y que la artista Carla Moreno Saldías, en 2015, lo reflotó. Lo ilustró en la tapa de la revista Machista Progre con el título “Confieso que he violado a una mujer pobre y negra de la raza tamil cuando fui cónsul en Colombo”. En esas memorias, Neruda confiesa con lujo de detalle haber violado, mientras era cónsul en Ceilán en 1929, a “la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán”.
“Neruda, cállate tú” es una consigna que aparece de forma recurrente en las manifestaciones feministas chilenas de los últimos años. Desafía los versos más conocidos del Nobel y propone una segunda mirada sobre una figura emblemática, gigante, no sólo en la historia de la literatura chilena sino latinoamericana y mundial. Pero Neruda nunca se enteró de estas críticas, de estas revisiones, de estas impugnaciones.
Hace casi cincuenta años, durante la tarde del 10 de diciembre de 1971, se produjo la ceremonia de entrega del Nobel de Literatura. Allí Pablo Neruda se paró con su avasallante presencia frente a un auditorio internacional. “El poeta no es un pequeño dios”, dijo, “el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios”. Si alguien creyó que Neruda era un pequeño Dios... efectivamente, ya no lo es.
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