
La pintura brasileña era de corte academicista, de estética europeizada, hasta que José Ferraz de Almeida Júnior (1850-1899), ya sobre el final de su exitosa carrera, decidió llevar al óleo a aquellos que trabajaban de los campos, los caipira, a los que se ocultaban su hambre en callejones y en los marcos de las puertas, los que con su música alegraban lo cotidiano, a los hombres y mujeres comunes, los olvidados, tal como sucede en El leñador brasileño, un lienzo al óleo de 1875, que se encuentra en Museo Nacional de Bellas Artes de San Pablo.
El artista no fue en sí el primero en, por ejemplo, retratar trabajadores, pero sí lo hizo sin esa estela mítica romantizada que era lo común, sin las florituras de heroismo que tanto disfrutaban los academicistas. Su pintura fue cruda y directa y por eso se lo considera el padre del realismo brasileño.

Como dijimos, esto sucedió en sus últimos años, antes de su misterioso asesinato, pero su recorrido como pintor comenzó aún antes de recibir formación, cuando trabajaba como campanero y por encargo del cura realizaba retratos de santos. Luego, el parroco de aquella iglesia realizó una colecta para que aquel joven pudiera estudiar en la Academia Imperial de Bellas Artes y hacía allí partió en 1869.
De perfil bajo, un campesino entre citadinos, Almeida Junior era menospreciado por sus compañeros, pero así y todo brilló entre todos, ganando en 1874 la gran medalla de oro por Resurrección del Señor. En su último año, decidió no participar por la beca tradicional de un viaje a Europa, así que regresó a su pueblo, Itu, donde trabajó como profesor y realizaba retratos para sobrevivir.

Sin embargo, su talento no pasó desapercibido para el destino, y durante un viaje al interior de San Pablo, el emperador Pedro II le ofreció personalmente el costo de un viaje a Europa luego de ver su obra. Así emprendería su derrotero por París, donde estudió en la École National Supérieure des Beaux-Arts y conoció la obra realista de Gustave Courbet y Jean-François Millet, quienes tendrían una profunda influencia en su trabajo posterior. Un dato curioso es que Almeida Junior vivió la explosión del impresionismo, pero no se sintió cautivado por las nuevas tendencias.
Luego de cuatro participaciones en el Salón de París, entre 1879 y 1882, donde realizó varias de las que se consideran sus obras maestras (El aldaba brasileño, El remordimiento de Judas, La huida a Egipto y El resto de la maqueta) pasó por Roma y finalmente regresó a su país.

A su vuelta, expuso su obra parisina en la Academia Imperial de Bellas Artes y se convirtió en un gran referente de la pintura local, además de un importante maestro para las nuevas generaciones. Almeida Junior realizaba retratos a la vez que la pintura de corte regionalista que lo convertiría en algo más que un gran artista de su época, mientras abandonaba los temas bíblicos e históricos para siempre.
Almeida Júnior murió de manera violenta e inesperadala, cuando tenía 49 años. Los detalles de su asesinato siguen siendo un misterio, pero sé conoce al culpable y cuál habría sido el motivo. El artista nunca se casó, pero si tuvo una amante por varios años, María Laura do Amaral Gurgel, esposa de su primo, quien habría sido quien le clavó las puñaldas con las que falleció frente al demolido Hotel Central de Piracicaba.
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