
Nos venimos preguntando en estas notas acerca de la construcción de un recorrido lector, si es condición necesaria la familiaridad con los libros, su abordaje dentro del ámbito del hogar, sin la mediación escolar o didáctica. Las respuestas son vastas y diversas como personas –¿lectoras?– existan.
Martín Blasco se crio en una casa en la que los libros y la lectura le eran familiares, lo que, tal vez, haya propiciado, junto con sus propias inquietudes y recursos adicionales durante su formación, una inclinación por lo artístico.
Cursó su secundario en una escuela Normal y estudió música en el Instituto Vocacional de Arte Manuel José de Labardén (IVA) y, al egresar, estudió Dirección y guion de cine. Trabajó como guionista y productor en diferentes programas de televisión y en algunas películas. Durante 2015 participó de la adaptación a la televisión del clásico de Roberto Arlt Los siete locos, junto con un equipo de guionistas dirigido por Ricardo Piglia.
Su cuento “¿Para qué sirve la corbata?” ganó el segundo premio en el concurso de Imaginaria-EducaRed y se convirtió luego en su primer libro, Maxi Marote, en el que el autor incluye situaciones “rescatadas” de la realidad y homenajea a algunos de sus compañeros de la escuela primaria al nombrar a sus personajes.

A ese primer libro le siguieron muchos más, como Cinco problemas para Don Caracol, El misterio de la fuente, Vidas piratas, Las monedas mágicas, XVZ: archivos ultrasecretos, XVZ: plan de conquista mundial y las novelas juveniles El bastón de plata y En la línea recta. Esta última fue seleccionada para integrar la lista The White Ravens 2008 –a la producción 2007–, elaborada por la Internationale Jugendbibliothek (International Youth Library), y fue traducida al alemán y editada por la editorial Carlsen, además de haber sido publicada en México, Colombia, Perú, Ecuador y Chile.
No fue el único reconocimiento que recibió su producción; en 2012 su obra de teatro La leyenda del Calamar gigante fue elegida como Destacado de Alija en esa categoría; y ese mismo año, otra novela suya, Los extrañamientos, fue seleccionada nuevamente para la lista The White Ravens, y obtuvo, además, la distinción Medalla Colibrí 2015 al momento de publicarse en Chile.
En 2015 publicó la novela de suspenso La oscuridad de los colores, que con gran éxito de ventas fue distinguida como la mejor novela editada ese año por la Cámara Argentina de Publicaciones y recibió, también, el premio francés Prix Farniente 2019.

Martín Blasco es autor de una gran cantidad de libros, y ha sido editado por diversas editoriales para niños y jóvenes, como Mandioca, Abran Cancha, Del Naranjo, muchas de ellas con expansión global, como SM, Uranito, Sigmar, Editorial Norma y loqueleo.
Lo que sigue es el cuestionario sobre lo que nos importa: cómo hacer para que los chicos lean.
—¿Cómo se construye la identidad lectora?
—Pertenezco a una generación en la que todavía la lectura estaba asociada a los tiempos muertos. Tiempos muertos que ya no existen. No es lo mismo formarse como lector en los ochenta, que hoy en día. Todo ha cambiado. Por ejemplo, una cosa que me llama la atención es que cada vez hay más interés en escribir que en leer. Supongo que tiene que ver con el surgimiento de las redes sociales. Como si fuéramos a un mundo con más escritores que lectores. Esto no tiene por qué ser malo: para escribir bien, hay que leer bien. ¿Usted quiere escribir bien? Pues lea más, amigo. Quizás llegó el momento de empezar a promover la lectura, promoviendo la escritura.

—¿Un simple libro podría generar que se despierte el interés?
—Pienso que los escritores de literatura infantil y juvenil somos una puerta de entrada a la literatura. Mi sueño siempre es que un chico que se enganche con un libro mío el día de mañana siga siendo lector, y su vida esté llena de otros libros, infinitamente mejores que los que yo puedo escribir. Estoy seguro de que todos mis colegas piensan igual. Casi podría ser el juramento hipocrático del escritor de literatura infantil: “E intentarás crear lectores”.
—¿Qué es ser mediador de lectura? ¿Está ligado a la educación?
—No soy mediador, y mucho menos educador. Toda la vida escribí y tengo la suerte de que lo que escribo les gusta a los chicos y jóvenes. Pero más allá de haber criado uno en mi casa, no sé mucho sobre ellos. Ser escritor de literatura infantil no significa saber sobre infancias ni cómo se hace para que los chicos lean. Pero me atrevo a decir, por lo que he visto todos estos años recorriendo colegios, que es importantísima la función de los docentes, los bibliotecarios, el Estado y tener una industria editorial nacional fuerte. Y que hay muchos lectores que hoy existen porque se cruzaron con el docente o bibliotecario indicado.

—De un hogar sin madre ni padre ni familiares lectores, ¿creés que puede surgir un lector?
—En mi casa no existía el fútbol. Cuando llegué al colegio, descubrí, con horror, que el fútbol era la cosa más importante del mundo. Como en mi infancia fue bastante traumático no entender ni poder practicar el deporte nacional, cuando fui padre intenté salvar a mi hijo del mismo destino. Propuse que viéramos partidos, lo llevé a una escuelita de fútbol del barrio. Por supuesto, no lo logré: no se puede transmitir una pasión que no se tiene. Por el contrario, me crié en una casa con libros hasta en el baño, donde el placard era mitad para toallas, mitad biblioteca. Quizás sea que los Blasco estamos destinados a ser pataduras. Porque también conozco grandes escritores que vienen de familias no lectoras y debe haber futbolistas que se criaron sin pelotas. Pero que ayuda, ayuda.

—¿Cuál es tu primer recuerdo con libros?
—Como dije antes, si algo no faltaba en mi casa eran libros. Probablemente mi primer recuerdo sea intentando que no se me caiga alguna biblioteca encima. Con el tiempo descubrí que mis padres tenían muy buen gusto para elegirme lecturas. Me crie leyendo a Roald Dahl, René Goscinny, Michel Ende, María Elena Walsh, Elsa Bornemann, Ray Bradbury. En ese sentido, fui muy afortunado.
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