
El 15 de agosto, mientras los talibán completaban su veloz apoderamiento de Afganistán, las autoridades del Museo Nacional publicaban en su cuenta de redes sociales: “Lamentablemente hoy la ciudad de Kabul ha sido testigo de un caos sin precedentes; aprovechando la ocasión, saqueadores y contrabandistas en distintas partes de Kabul han robado propiedad privada y pública. No obstante, el personal, los artefactos y los bienes del museo se mantienen seguros, pero la continuación de esta situación caótica provoca una preocupación enorme sobre la seguridad de los objetos del museo”.
Era razonable: la última vez que los talibán estuvieron en el poder, hace 20 años, “se estima que Afganistán perdió la mitad de su patrimonio cultural”, recordó The Art Newspaper. El Museo Nacional fue saqueado. El recuerdo más terrible de aquel episodio es la destrucción permanente de los Budas de Bamiyán, dos piezas de 38 y 55 metros del siglo VI esculpidas en un risco en el valle.
“La ley de la sharía, que practican las fuerzas talibán, prohíbe la exhibición de íconos, cuerpos humanos y deidades, lo cual ha tenido como consecuencia en el pasado la supresión sistemática de las minorías y las mujeres, a quienes ahora se les exige la compañía de un tutor masculino y el uso de velo”, agregó el sitio de arte. Debido a la nueva imagen de sí mismos que los talibán intentan presentar, es difícil saber si se dedicarán otra vez a la destrucción de bienes culturales; sin embargo, gestores locales y expertos internacionales temen tanto a eso como al caos en el país.

En un comunicado, Audrey Azoulay, la directora general de la UNESCO, agencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la cultura, hizo un llamamiento a “preservar el patrimonio cultural de Afganistán en su diversidad respetando plenamente el derecho internacional” y a “tomar todas las precauciones necesarias para protegerlo de daños y saqueos”.
El organismo sigue de cerca la situación en el terreno, agregó la funcionaria, y se compromete a “ejercer todos los esfuerzos posibles para salvaguardar el inestimable patrimonio cultural de Afganistán”. También el de sus creadores: la UNESCO destacó “la necesidad de un entorno seguro para el trabajo en curso de los profesionales y artistas”, que como en todos los demás países “desempeñan un papel fundamental para la cohesión nacional y el tejido social de Afganistán”.
La falta de seguridad que facilita daños y saqueos “es un peligro muy real” también para el Consejo Internacional de Museos (ICOM), la organización privada que representa al sector en el mundo. ICOM publicó una lista de objetos que podrían estar en peligro. El consejo también coincidió en su preocupación por la seguridad de los trabajadores de la cultura en el país: “Existe un alto riesgo para la seguridad personal de los expertos en el patrimonio afgano, hombres y mujeres que han dedicado sus vidas a preservar los tesoros del país”, advirtió su presidente, Alberto Garlandini.

El secretario de cultura del Reino Unido, Oliver Dowden, se comunicó con Azoulay para discutir de qué maneras el gobierno que integra podría sumarse a los esfuerzos internacionales para proteger los bienes culturales y arqueológicos afganos. “Acordamos que cualquier nuevo régimen debe respetar los compromisos existentes para preservar el patrimonio y salvaguardar la diversidad completa de la cultura afgana”, dijo a la publicación de Museums Association (MA).
La asociación agregó que “varias organizaciones culturales de Alemania, entre ellas la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano de Berlín”, habían solicitado a la Cancillería de su país que “defienda a los colegas de Afganistán que han trabajado durante años con su apoyo”. La arqueóloga Ute Franke, quien pasó muchos años trabajando en el terreno, alertó sobre la gran cantidad de académicos que estaban en una situación precaria y recibían amenazas.
Karima Bennoune, relatora especial de la ONU en el campo de los derechos culturales, urgió a que los estados otorguen visas para los artistas, los educadores y los trabajadores de la cultura. “Es deplorable que el mundo haya abandonado a Afganistán en manos de un grupo fundamentalista como los talibán, cuyo prontuario catastrófico en derechos humanos, que incluye la práctica del apartheid de género, el uso de castigos crueles y la destrucción sistemática del patrimonio, ha sido muy documentado”, dijo.
En los Estados Unidos, el Instituto para Estudios Afganos, una organización sin fines de lucro con sede en Massachusetts, monitorea la situación en su feed de Twitter; hace poco informó que se detectó una ocupación militar en la antigua ciudadela de Herat, en el este, que fue renovada con recursos del Fondo Aga Khan para la Cultura.
Omar Sharifi, director del instituto, advirtió meses atrás, mientras los talibán avanzaban, que “al destruir estos sitios, ellos saben que pueden conectarse con una comunidad más amplia de yihadistas”, lo citó MA. “Quieren borrar una parte de nuestra historia que nos ubica en el siglo XX”.
El patrimonio arqueológico y cultural de Afganistán incluye, además de Herat y el Museo Nacional, dos sitios destacados por la UNESCO, Minaret y Jam; los restos del valle de Bamiyán y nuevas excavaciones que se hicieron en los últimos años en cooperación con distintas instituciones del mundo.
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