
Antes de los flashes como un millar de luciérnagas, antes del griterío ensordecedor de los fans en los aeropuertos, en los hoteles, en las fiestas y los coros apasionados en los estadios, antes de que su batería marque el pulso bailable de canciones inolvidables como “Undercover of the Night”, “Moon Is Up” o la mismísima “(I Can’t Get No) Satisfaction”, Tom Watts tenía una vida como la de cualquier inglés de la clase trabajadora: su padre era ferroviario, su madre era ama de casa. Nació en el hospital universitario de Bloomsbury, en Londres, el 2 de junio de 1941. Su infancia la pasó en Wembley, en un barrio donde, apenas unos años atrás, había sido bombardeado por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso los Watts y la matyoría de sus vecinos vivían en una casa prefabricada.
Enfrente vivía un tal Dave Green, su mejor amigo. Se pasaban las tardes enteras jugando entre las casas derruidas por el nazismo que todavía quedaban sin demoler. De esa amistad brotó la música. En palabras de Green, “Charlie tenía muchos más discos que yo entonces solíamos ir a su habitación y escucharlos. Él estaba muy por delante mío en conocimientos musicales”. Su vecino fue el primero en convertirse en baterista de jazz y eso de alguna forma lo influyó. Pero de pronto se separaron: los Watts se mudaron a Kingsbury y Charlie y su hermana ingresaron en la Escuela Secundaria Moderna Tylers Croft. Corría el año 1952. Fueron cuatro años donde, contaron sus maestros, mostró sensibilidad para el arte y la música, pero también talento para el cricket y el fútbol.

Con Green se seguían viendo, compartiendo discos, imaginándose músicos en grandes bandas. Sus padres le habían regalado un banjo, pero le resultaba incómodo; enseguida supo que no era para él. Su mente se aclaró cuando escuchó a “Chico” Hamilton, un baterista y director de orquesta de jazz que dominó la escena en los cincuenta. “Tocaba con Gerry Mulligan, y yo quería tocar así, con pinceles. No tenía caja, así que puse el parche del banjo en un soporte”, contó Watts en una entrevista. Tenía catorce años cuando sus padres le dieron su primera batería. Habrá sido una tarde mágica cuando recibió la sorpresa. El pequeño Charlie tenía una sonrisa de oreja a oreja. Se sentó por primera vez frente al redoblante, tomó los palillos y se dijo a sí mismo: “sí, voy a ser baterista”.
En los ratos en que no estaba en la escuela se encerraba en su pieza, ponía discos de jazz y seguía el ritmo con su batería. Se inscribió en la Escuela de Arte Harrow y en 1960 dio por concluido el aprendizaje para meterse de lleno en el mundo laboral: trabajó como diseñador gráfico para una agencia de publicidad llamada Charlie Daniels Studios, mientras tocaba la batería con bandas locales en cafés y clubes. Con su gran amigo Dave Green tenían una banda de jazz llamada Jo Jones All Stars. Pero entonces descubrió un nuevo género, el rhythm and blues, al que entró casi por casualidad. “Me pidieron que tocara y no sabía qué era. Pensé que se referían a Charlie Parker así que toqué lento”. Como siempre, lo aplaudieron.

En 1961 conoció a Alexis Korner y lo invitó a unirse a su banda, Blues Incorporated. Para ese entonces, tenía veinte años y la existencia se le dividía entre disfrutar del arte y trabajar del arte. En el universo del diseño gráfico tenía mejores perspectivas: le habían ofrecido irse una temporada a Dinamarca. Aceptó para probar suerte, podría definir su futuro. A los pocos meses estaba de nuevo en Londres tocando la batería con Korner y su banda. De nuevo, la doble vida: tocaba en Blues Incorporated y trabajaba en una agencia de publicidad. Pero en ese preciso año, 1962, las cosas empiezan a cambiar. Watts está pulcro, elegante e impecable como siempre bebiendo un trago en la barra de en un bar de Londres cuando alguien, un conocido, le dice: “Ey, Charlie, ven, te quiero presentar a unos amigos”.
Eran Brian Jones, Ian “Stu” Stewart , Mick Jagger y Keith Richards, los Rollin Stones. Días antes, el 12 de julio de 1962, habían debutado en el Marquee Club de Londres. Eran ellos cuatro y el guitarrista Mick Taylor, que Watts conoció después. Los saludó con la misma tranquilidad que saludaba a todo el mundo. No sabía que seis meses después, el 12 de enero de 1963, tocaría con ellos en el Ealing Club y que el 2 de febrero daría un nuevo concierto ya siendo parte del grupo. No tenía idea lo que vendría después —los flashes como un millar de luciérnagas, el griterío ensordecedor de los fans, los coros apasionados en los estadios—, simplemente era un muchacho londinense de 22 años que soñaba vivir de la música haciendo lo que quería: tocar la batería.
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