
A comienzos de año, Vera había decidido superar la costumbre de comerse las uñas. También se había prometido que daría el primer beso en la boca. Eran dos desafíos bien distintos, pero grandes a su manera. Lo de las uñas porque era una costumbre que le salía automáticamente. Enseguida sus manos se le iban a la boca y sentía que mordisquear sus dedos le ayudaba a ordenarse. A veces incluso se descubría con los dedos entre los dientes sin tener idea de cómo habían llegado ahí. Dejar de comerse las uñas sería algo muy evidente y una clara prueba de superación que seguro recogería elogios.
Todo eso había pensado Vera un día de marzo, mientras miraba sus manos y se preparaba para dar su primer paso hacia la meta de convertirse en una chica con uñas perfectas. Se encontraba en la sala de estar de la escuela, adonde por la noche podían ir un rato después de cenar a distraerse un poco, mirar la tele, jugar a las cartas, charlar.
Cuando estuvo lista, empezó a pintarse con ese líquido con sabor entre ácido y picante que, según le había dicho Dorita, la vendedora, le dejaría un sabor tan asqueroso en la boca que haría que lo pensara mil veces antes de comérselas. Las chicas revoloteaban a su alrededor. Olivia se acercó corriendo con una revista en la mano.
—Mirá, Vera. Cinco trucos para no comerse las uñas. ¿Te leo?
—Dale.
—Truco uno: autoconciencia y liberación.
—¡Comerse las uñas es lo más hermoso del mundo! —fue la primera reacción de Vera, un poco en chiste y un poco en serio. Pero ante la mirada seria de Olivia, agregó:
—Okey, okey, tengo que dejar de hacerlo, sí o sí. Seguí, dale.
—Es identificar los momentos en que tu hábito se activa, como exámenes y cosas así. Luego elegir las actividades que mantienen tus manos ocupadas: hacer deportes, bailar, tocar instrumentos, escribir.
—Okeey... bailar y escribir puede ser.
—Truco dos: sustitución por plantas. O sea, masticar hierbas de cocina...
—Qué asco.
—O chicles.
—Eso está mejor.
—Sin azúcar, porque si no te llenás de caries. Y mirá éste: frotarte una planta de aloe vera en las uñas. Dice que es espantosa.
—Es como pintarme con esto —asintió Vera, mientras aplastaba el pincel sobre el pulgar de su mano izquierda y seguía conteniendo la respiración hasta llegar al meñique.
Olivia continuó leyendo, pero Vera ya pensaba en lo del beso. Dar un beso no sería tan evidente para los demás, pero ella encontraría la forma de usarlo cuando fuera conveniente. Por ejemplo, cuando alguna de las más grandes se pusiera pesada contando sus peripecias amorosas en la sala de estar en la noche, como ya le había pasado la vez en que ella se había ido corriendo a su cuarto. Eso no volvería a sucederle si tenía el conocimiento necesario. Todavía no sabía cómo lo lograría, porque Vera se ponía colorada sólo de encontrarse con la mirada de algún compañero. No había nadie que le gustara tanto como su chico de la tele. Pero confiaba en que eso iba a cambiar. No quería ser la última en saber. El conocimiento es poder, le había dicho alguna vez su abuela Gina y ella estaba dispuesta a comprobar si eso era cierto.
Por eso, al hacer la promesa se había dicho que si no encontraba al chico soñado le daría un beso a Jeremías, sólo para saber de qué se trataba. Sabía que ella le gustaba a Jere. Siempre se encontraba con su mirada de ojos de ternero degollado, como había dicho Macarena alguna vez, posados sobre ella. En el aula habían pasado por cientos de momentos incómodos que a Vera no hacían más que fastidiarla. Odiaba especialmente los comentarios que seguían a alguna de esas situaciones. Las burlas de Olivia («Vera tiene novio»), las risitas del resto.
Al principio había pensado que él era un poco tonto porque la miraba, se ponía rojo, como si se hubiera atragantado o le faltara el aire, y no decía nada. Vera se daba vuelta, molesta, y seguía hablando. Una vez tuvo que intervenir Macarena para avivarla. Le dijo que no era ningún tonto, simplemente se ponía bobo cuando la tenía delante.
—¿Y por qué? —había preguntado Vera, quien todavía no pensaba en los chicos de esa manera.
—¿Cómo por qué? ¡Vos sí que sos tonta! ¡Porque le gustás! —había dicho Maca, riéndose.
—Ah...
Ese «ah» quería decir «así es cuando le gustas a alguien». Vera había sentido cierta desilusión porque para ella no era nada agradable notar la mirada fija de Jere. No en ese momento.
Como si leyera sus pensamientos, ese día de marzo, en la misma sala de estar, Macarena se había sentado a su lado, como tantas otras veces en que Vera la necesitó, y empezó a hacer como que leía otra revista. Vera nunca olvidaría ese momento con Maca. Tal vez uno de los últimos de complicidad.
—¡Mirá esto! Cómo dar el primer beso... —dijo entre risitas. Maca era más grande, tenía dieciséis.
—Estas tienen trucos para todo —Vera empezaba a repasar su mano derecha con el pincel, sin levantar la vista de los dedos.
Entonces Maca se había puesto en pose de señorita sabelotodo y había dicho:
—Punto uno: Hazte irresistible. Píntate los labios.
—¿Esa revista es de acá? ¿Por qué hablan en neutro?
—Qué se yo, Vera. ¿Qué importa eso? Escuchá: Ten un aliento fresco. Ten siempre a mano un caramelo de menta. Es preferible que un chicle, porque deberás encontrar el momento de sacarlo de la boca... ¿Por qué sería más fácil sacar un caramelo? Qué estupidez. Yo sé más que esto.
Vera levantó la vista y se dio cuenta de que no existía revista alguna.
—¡Boba! —dijo riendo.
Maca inclinó la cabeza y entrecerró los ojos con una media sonrisa en la boca.
—Tenés que mirarlos. Algunos no se animan... —dijo, clavando una mirada atontada en los ojos de Vera. Después se acercó y le dio un beso rápido en la mejilla.
—Pero el beso, concretamente, ¿cómo lo das? —preguntó Vera.
— Al principio, suave. ¡NO saques la lengua enseguida! Relajate...
—¡Qué fácil lo decís! —respondió Vera—. ¿Vos estás practicando mucho últimamente? Maca sonrió, misteriosa:
—Puede ser...
—¿Con quién, con quién?
—Mi mamá tiene una frase para eso: se dice el pecado, no el pecador.
—Andá...
Macarena levantó los hombros como toda respuesta y Vera dejó de insistir. Tal vez si hubiera preguntado más, se diría más tarde, las cosas hubieran sido distintas para su amiga. Pero Vera prefirió volver a pensar en su promesa:
— Tendría que practicar con algo... ¿con un chupetín, un helado?
Macarena soltó una risa ruidosa y después dijo:
—No, tenemos que inventar algo. Una fiesta. O armar un verdad o reto o jugar a la botella.
—¡Pero me puede tocar besar a cualquiera!
—Bueno, tu promesa era besar a un chico, ¡no que te gustara!
Habían soltado una carcajada. Una carcajada larga, ruidosa, como las de siempre, como las de chicas que todavía no saben que las malas noticias también pueden caer sobre ellas.
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