La belleza del día: “La cantante de conciertos”, de Thomas Eakins

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

“La cantante de conciertos” (1892) de Thomas Eakins
“La cantante de conciertos” (1892) de Thomas Eakins

I

“Cantar es una forma de escapar; es otro mundo”, decía Edith Piaf. No sólo se trata de la persona que pone rígido su cuerpo, estira el cuello, levanta el mentón y deja caer de su boca el sonido de la libertad; también para las personas que están del otro lado de la garganta escuchando. Dicen que cada vez que cantaba Weda Cook el mundo se volvía diferente, se teñía de otro color, de otro tono, como si todo fuera sensibilidad, como si el simple hecho de existir fuera algo conmovedor.

La noche del 22 de febrero de 1889 en la Art Students League de Filadelfia, el pintor Thomas Eakins la oyó cantar por primera vez. Ella tenía veintitantos años. Él era un retratista ya experto con una carrera sólida, una búsqueda personal y casi cincuenta. En esa época, la crítica decía de Cook que tenía una “poderosa voz de contralto”. El público era más directo: decía que escucharla cantar era como sacarse el corazón y sostenerlo un rato entre las manos.

Un día la convenció para que vaya a su estudio a posar. Necesitaba, le dijo, pintar su voz. Que sabía cómo hacerlo. Sólo necesitaba tiempo. Comenzaron en 1890 y las arduas sesiones duraron dos años. En 1892 estuvo terminada y fue exhibida en varias ocasiones. Luego intentó venderla pero no pudo, hasta que Cook le dijo que quería comprársela ella misma. Él se negó. Finalmente terminó, en 1929, en el Museo de Arte de Filadelfia, donde está ahora.

II

En la ciudad de Filadelfia, el 25 de julio de 1844, nació Thomas Eakins. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Jean-Léon Gérôme y de Léon Bonnat entre 1866 y 1868, y luego se fue de viaje, como se solía hacer en esa época, sobre todo los pintores con inquietudes, a recorrer Europa. Su objetivo era uno puntual: España. Allí, en esas tierras castellanas, estaba todo, decía. Al volver a Estados Unidos comenzó una carrera dentro de la escuela realista que el tiempo definió como “brillante”.

En 1882 fue nombrado profesor de la Academia de Bellas Artes de Pensilvania, una escuela de arte vanguardista donde enseñó fotografía, su nueva pasión que supo usarla para hacer mejores retratos pictóricos, para ayudar la representación a la hora de pintar, pero también como un arte en sí mismo. Así fue que tomaba fotos de modelos, de él y de amigos, muchas veces desnudos. Era una herramienta nueva que ayudaba la tarea del retrato pictórico como nunca nada lo había hecho antes.

Una tarde de enero de 1886, Eakins tenía que dar una clase frente a un nutrido grupo de estudiantes donde había muchas mujeres. Llevó a un modelo masculino y le pidió —para sorpresa de todos— que se quitara el taparrabos. Como buen retratista obsesionado con los detalles de la anatomía, habló con mucha elocuencia sobre cómo debía pintarse cada parte del cuerpo. Algunos alumnos se escandalizaron, otros se sonrojaron, pero la mayoría prestó mucha atención.

Todo empeoró cuando algunos estudiantes contaron que fueron al estudio de Eakins a posar desnudos. Las autoridades de la Academia de Bellas Artes de Pensilvania se enteraron y le pidieron la renuncia. Incluso sus colegas le soltaron la mano: su amigo Thomas Anshutz firmó una carta dirigida al Philadelphia Sketch Club, grupo al que pertenecía: “Por esta conducta indigna para un caballero (...) pedimos su expulsión del club”. Y Anshutz obtuvo el puesto de Eakins.

La respuesta de Eakins a la Academia fue paradigmática. “¿Alguna vez hubo tanto humo por tan poco fuego? Nunca en mi vida seduje a una chica, ni lo intenté, pero ¿qué más puede pensar la gente de toda esta rabia y locura?”, comienza diciendo, y concluye: “¿No puede nadie ver a qué despreciables inconsistencias conducen todas estas locuras y qué tan peligrosas son?” El caso fue conocido como “incidente del taparrabos”.

III

Expulsado de los circuitos oficiales, Eakins siguió pintando, construyendo su propio camino. La noche en que escuchó cantar a Weda Cook por primera vez, se dijo: tengo que seguir y hacerlo incluso mejor. La citó en su estudio y durante el primer año la cantante posó tres veces por semana. Quería que todo sea perfecto, que nada quede librado al azar. Esa obra tenía que hacerlo resurgir de las cenizas del escándalo.

Por eso le pidió a Charles M. Schmitz, el director de la Orquesta Germania y maestro de Cook, que posara sosteniendo la batuta: se ve en el extremo izquierdo de abajo del cuadro. Además, el escultor William Rudolf O’Donovan, que estaba perdidamente enamorado de Cook, proporcionó un nuevo ramo de rosas cada semana: es lo que se ve bajo los pies de la modelo, un excelente juego de tonos con el vestido y con su piel.

Para apreciar la forma de su cuello, los movimientos de la garganta y la expresión de su rostro con precisión, Eakins le pidió que cantara “Oh descansa en el Señor...”, un fragmento de Elías, la obra de Felix Mendelssohn. Es tan realista el retrato que muchos especialistas han escrito sobre esta obra. Por ejemplo, el historiador del arte Lloyd Goodrich, que dijo que en La cantante de conciertos se percibe “el estado de ánimo profundamente poético de la pintura”.

IV

Eakins y Cook tenían muchas cosas en común. Tal vez la más fuerte era admiración por Walt Whitman, el gran poeta de su tiempo. Ambos lo conocían: él le hizo un retrato; ella le puso música a sus poemas. Cuando Weda Cook se reunía con Withman, él le pedía que le cante el fragmento de Elías, “Oh descansa en el Señor...” De alguna manera, en las sesiones de Eakins y Cook, Whitman estaba presente todo el tiempo.

Durante la época que se reunían a trabajar sobre La cantante de conciertos, Whitman estaba enfermo; murió en 1892, justo cuando la pintura estuvo terminada. Pero antes de ese desenlace, el artista y su modelo terminaron peleados. ¿Por qué? Se cree que una de las razones, quizás la más importante, era que Eakins le pedía todo el tiempo que posara desnuda. Ella se negaba hasta que un día tomó sus cosas, se fue y nunca regresó.

Años después, Cook dijo que el pintor tenía una “dulzura combinada con la persistencia de un demonio”. Se reconciliaron en 1895, cuando ella, su esposo y su prima posaron para un retrato individual. Primero posó la prima, luego su esposo y por último Cook. ¿Le habrá pedido que cantara “Oh descansa en el Señor...”? Quizás ni hizo falta y ella rompió el silencio de la sesión con su dulce voz, y el pintor, de pronto, sintió que se había sacado el corazón y lo estaba sosteniendo entre las manos.


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