La belleza del día: “La bella chocolatera”, de Jean-Étienne Liotard

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

“La bella chocolatera” (1743-1744) de Jean-Étienne Liotard
“La bella chocolatera” (1743-1744) de Jean-Étienne Liotard
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I

¿Quién no quisiera, ahora, justo ahora, mientras lee estas líneas, saborear una buena taza de chocolate?

Se cree que el cacao tiene su origen en lo que hoy es México. En 2008 se encontró una vasija en el Cerro Manatí, México, que data del 1900 a. C., con restos de teobromina, componente marcador de la presencia de cacao. La hipótesis es que en el 1500 a.C. los Olmecas fueron los primeros humanos en consumir cacao en forma de bebida.

Muchísimo tiempo después, cuando Cristóbal Colón hizo su cuarto viaje a América, olfateó el chocolate y no dudó en probarlo. Corría el año 1502. Dos años después estaba frente a a los Reyes Católicos con muestras de cacao. Quizás el pico de masividad sea, o empiece a ser, en 1711, cuando Carlos VI, pretendiente a la corona de España, se convirtió en emperador austriaco. En el viaje de Madrid a Viena llevó muchas cosas, ninguna tan imprescindible como el chocolate.

Así fue que Viena se hizo famosa por sus exquisitas tazas de chocolate servido con vasos de agua fresca. Y eso fue lo que pintó Jean-Étienne Liotard apenas unos años después, en pleno boom de esta deliciosa bebida en Austria. Este pintor nació en Ginebra, Suiza, y luego de viajar por diferentes ciudades de Europa y el Medio Oriente, se instaló en Viena, donde fue nombrado pintor de la corte de los Habsburgo. Le pagaban bien. Y además: había chocolate.

II

La chica chocolatera es un pastel sobre pergamino de 82,5 centímetros de alto y 52,5 de ancho que se encuentra en la Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos de Dresde, Alemania. Para la crítica es la gran obra maestra de Liotard. Muestra a una doncella con una bandeja que tiene una taza de chocolate de porcelana y un vaso de agua, como era la tradición de entonces. Esta fue pintada entre 1743 y 1744.

Al año siguiente, Francesco Algarotti se la compró directamente a Liotard cuando lo encontró en Venecia y poco tiempo después pasó a formar parte de la colección de Federico Augusto II, quien por entonces era rey de Polonia. Sobre su nueva adquisición le habló, en una carta fechada en 1751, a su amigo Pierre-Jean Mariett, un coleccionista y comerciante de grabados de maestros antiguos, un auténtico especialista en arte.

“He comprado un cuadro en colores pastel de un metro de alto del célebre Liotard”, le dice el rey. “Muestra a una joven camarera alemana de perfil, que lleva una bandeja con un vaso de agua y una taza de chocolate. El cuadro está casi desprovisto de sombras, con un fondo pálido, la luz la proporciona dos ventanas reflejadas en el cristal. Está pintado en semitonos con imperceptibles graduaciones de luz y con un modelado perfecto”.

También dice que, “aunque es un cuadro europeo, podría atraer a los chinos que, como sabés, son enemigos acérrimos de las sombras”. Y hace una comparación interesante: “En cuanto a la perfección de la obra, se trata de un Holbein en pastel”. Se refiere a Hans Holbein el Joven, un pintor, grabador e impresor alemán que vivió durante la primera mitad del siglo XVI y que todos lo consideran uno de los grandes maestros del retrato.

III

En 1862, la American Baker’s Chocolate Company obtuvo los derechos para usar La chica chocolatera y en 1900 inspiró la ilustración comercial de la enfermera en las latas de cacao de la famosa marca Droste. Poco a poco se convirtió en un símbolo: una mujer que traslada con el debido cuidado y la elegancia necesaria una de las bebidas más deliciosas de la historia de la humanidad. No es una exageración.

Durante la Segunda Guerra Mundial, La chica chocolatera fue transportada por los alemanes a la Fortaleza de Königstein. Pese al frío y a la humedad, el delicado pastel logró sobrevivir. Después de aquel enfrentamiento bélico, estuvo brevemente en posesión de la Unión Soviética. Finalmente volvió a Alemania, a Dresde, al lugar donde hoy está: la Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos. Y allí se la puede ver.

Se dice que nadie que mire el cuadro por más de un minuto puede evitar salir corriendo a buscar esta bebida. Un bar, un restaurante, un kiosco, un supermercado, un puesto callejero, algún vecino considerado, alguien, cualquiera, que facilite algo de esa belleza bebible que Jean-Étienne Liotard pintó casi tres siglos atrás con tanta delicadeza, con tanta sutileza y con tanta pasión.

¿Quién no quisiera, ahora, justo ahora, mientras lee estas líneas, saborear una buena taza de chocolate?

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