
Los Rollos del Mar Muerto vuelven a estar en primera línea de la actualidad mundial. Primero fue el hallazgo de decenas de nuevos fragmentos en la Cueva de los Horrores, en Nahal Hever, Cisjordania. Ahora la noticia se centra en los resultados obtenidos en el estudio paleográfico del Gran Rollo de Isaías —el único que se conserva casi completo, y el más largo— realizado con la ayuda de la inteligencia artificial (IA), publicado en la revista científica PlosOne.
Este estudio se ha llevado a cabo dentro del proyecto Las manos que escribieron la Biblia: Paleografía digital y cultura escrita de los Rollos del Mar Muerto (HandsandBible), financiado por el Consejo Europeo de Investigación (ERC). Su objetivo principal es profundizar en la cultura de los antiguos escribas judíos y la elaboración de la Biblia mediante el uso combinado de la paleografía, la IA y la datación por carbono 14. Según señalan sus autores, gracias al uso de la IA se ha podido constatar que dos escribas diferentes trabajaron en este rollo.
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Uno o varios escribas
En el origen de este trabajo está un conocido problema para la paleografía: ¿cómo saber cuándo las diferencias detectadas en la escritura se deben a la existencia de varias manos y cuándo son variaciones normales en la caligrafía de una misma persona? Y más aún, ¿cómo distinguir la intervención de diferentes escribas cuando sus estilos de escritura son prácticamente idénticos?
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Los autores aseguran haber encontrado la respuesta en la IA. Y los medios que se han hecho eco de la noticia la presentan como sustituta del ojo del paleógrafo, capaz de hacer lo que los humanos no pueden. Hablan de estas máquinas como si fueran una especie de replicantes con cualidades extraordinarias, más propias de dioses que de máquinas.
¿Significa esto que estamos ante el fin de la paleografía tradicional? La paleografía es la ciencia que estudia la escritura. Su propósito es leer con precisión textos antiguos, atribuir manuscritos a una fecha y lugar, y también, si es posible, identificar a las personas involucradas en su copia.
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Esta identificación es una tarea difícil en cualquier tradición manuscrita, especialmente cuando los copistas emplearon las caligrafías estereotipadas de su región sin ninguna característica idiosincrásica visible. En el campo de la paleografía hebrea ya se habían señalado las limitaciones del análisis de la escritura en la identificación de diferentes manos, sobre todo cuando el estilo de escritura es estandarizado.
En las últimas décadas se ha producido la incorporación de nuevas tecnologías en la paleografía. Estos nuevos métodos, que se suelen denominar paleografía digital, buscan dar respuesta a viejas preguntas y problemas. En el marco de las humanidades digitales, han proliferado los proyectos sobre paleografía y la elaboración de herramientas digitales para facilitar la labor del paleógrafo.
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En el caso que nos ocupa, cuando se lee el núcleo del artículo publicado en PlosOne, queda claro que el uso de las técnicas de reconocimiento de patrones e IA permite detectar diferencias que pueden pasar inadvertidas al ojo humano. Esto ayuda a los investigadores a procesar grandes cantidades de datos y produce análisis cuantitativos. Ahora bien —y este es un aspecto crucial—, lo que no puede es identificar las diferentes manos de escriba.
La necesidad del ojo humano experto
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Para identificar la intervención de diferentes escribas, no solo es necesario el ojo humano, sino que es imprescindible el criterio de la persona especialista basado en la experiencia acumulada. Así, la evidencia cuantitativa sería una evidencia adicional, sumada a las ya conocidas, que confirmaría, aunque no al 100%, lo que ya habían sugerido otros autores: que dos escribas habían escrito el Gran Rollo de Isaías.
La nueva evidencia constata la presencia de dos estilos de escritura diferenciados en dos grupos, uno en la primera mitad del rollo (columnas 1 - 27) y otro la segunda mitad (de la 28 a la 54). Estos dos bloques coinciden con la cesura codicológica existente entre las columnas 27 y 28 (una laguna de tres líneas en la parte inferior de la columna 27), con el cambio de hoja que hay entre esas dos columnas (dos hojas cosidas juntas).
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Coincide también el hecho de que, en la segunda mitad del pergamino, la ortografía y morfología del hebreo es diferente y hay espacios en blanco.
La necesidad de estudios que aúnen diferentes disciplinas y las limitaciones que todavía presenta la IA fueron señaladas por los participantes del congreso organizado por el proyecto HandsandBible, dentro del que presentaron los datos de este estudio.
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Los aportes de la IA al estudio de los textos antiguos son sin duda interesantes y valiosas, pero, a pesar del entusiasmo que estos estudios han despertado en los medios de comunicación, no ha llegado todavía el momento de que el ojo robótico pueda sustituir a la intuición y la experiencia del paleógrafo. La paleografía tradicional tiene mucha vida por delante y las personas dedicadas a ella siguen siendo necesarias.

*La autora es experta en filología hebrea del Centro de Ciencias Humanas y Sociales de Madrid
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Publicado originalmente en The Conversation.
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