
En Tokio, Japón, hay un museo que tiene muchas de las obras más importantes de Occidente. Creado en 1959 a partir de la Colección Matsukata y diseñado por Le Corbusier, el Museo Nacional de Arte Occidental alberga cuadros de genios como Veronese, Rubens, Van Ruysdael Ribera, Delacroix, Courbet, Manet, Renoir, Monet, Van Gogh, Gauguin, Picasso, Soutine, Miró, Dubuffet y Pollock, sólo por nombrar algunos. Todo allí dentro es pura belleza.
Y entre esas obras está el famoso Autorretrato de Marie-Gabrielle Capet, un exquisito óleo sobre lienzo de 77,5 centímetros de alto por 59,5 centímetros de ancho. Fue pintado en 1783, cuando la artista tenía 22 años de edad: recién comenzaba a asentarse en el arte de los pinceles. En su juventud asistió a una escuela pública de dibujo ubicada en Lyon, ciudad donde nació, y en 1781, cuando cumplió 20, se convirtió en alumna de Adelaide Labille-Guiard en París.

En ese mismo 1783 Adelaide Labille-Guiard ingresó a la Real Academia de Pintura y Escultura como miembro. Así que Marie-Gabrielle Capet tenía una maestra que acaba a de ser consagrada. Pero además recibía su hospitalidad. Al llegar a París no tenía a nadie, y fue su maestra quien lo ofreció alquilar un cuarto en su casa. Adelaide Labille-Guiard, que se había vuelto a casar, lo habló con su marido y este aceptó. Enseguida se volvió su estudiante favorita.
Dos años después del Autorretrato, la maestra pintó el suyo pero incluyó a dos alumnas: a Capet, por supuesto, y a Marie Marguerite Carreaux de Rosemond. Ese óleo del estilo rococó es considerado por muchos historiadores como la primera pintura que muestra a un profesor con sus alumnos; en este caso, profesora y alumnas. Además no es un cuadro que exhibía la belleza femenina con pasividad sino que visibilizaba a tres trabajadoras del arte en pleno proceso creativo.

Envuelta en esta inspiración, Capet mostró sus primeros trabajos en la Exposición de la Juventud y en el Salón que se abrió a todos los artistas después de la Revolución Francesa. De sus obras —pinturas en miniatura, óleos y pasteles—, todos elogiaron su virtuoso dibujo y el uso del color. Así fue que se ganó clientes importantes de la familia real y miembros de la alta sociedad parisina, como el abogado Pierre-Nicolas Berryer y el dramaturgo Joseph Chénier. Y pudo vivir de su arte.
Vivió con su maestra hasta su muerte en 1803, luego siguió en la misma casa con el marido de Labille-Guiard, el también pintor François Vincent, que falleció en 1816. Entonces compró la propiedad para mantenerla como lo que era: un hogar lleno de hospitalidad y arte. Allí vivió dos años más, hasta su muerte, en 1818, en París, la gran París, capital cultural de Occidente, y este cuadro, Autorretrato, hoy está en su sucursal de Tokio, Japón.
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