
No hay modo de que acepte entrevistas, así que para saber sobre el escritor, cineasta, guionista y dramaturgo argentino Edgardo Cozarinsky y conocer su obra, solo resta leerlo -por favor, no perderse sus extraordinarias memorias lectoras Los libros y la calle, publicado por Ampersand- y ver sus películas y sus obras, aunque algunos afortunados podemos contar también con la reserva de una charla, café de por medio.
Así fue que una tarde de verano bajamos los barbijos por un momento y además de hablar sobre nuestros orígenes, la fascinación por las inscripciones en viejos cementerios e historias familiares apagadas por el silencio de años, pudimos conversar sobre Turno noche (Tusquets) su última y preciosa novela.
Se trata de una obra de delicada orfebrería que cuenta como en voz baja, a la manera de confidencia crepuscular, las historias de tres personajes, Lucía, Pedro y Rafael. Desde los esteros del Iberá a la Patagonia, desde la infancia hasta la ancianidad, el mapa de los vínculos entre los protagonistas de este singular triángulo se dispara junto con leyendas, romance y memorias. La figura femenina es central por lo deseada y, al mismo tiempo, por su destino de fuga: se escabulle todo el tiempo. “Conmigo son los hombres los que no tienen suerte”, es una frase iluminadora.
El tango, el periodismo, la religión, el “amor loco” y el proceso de la creación literaria atraviesan una narración elegante y sutil que va y vuelve en el tiempo, mientras sobrevuela un espíritu melancólico y de obstinada belleza. Además de ellos, hay personajes secundarios que son como revelaciones y que en algunos de los casos vienen de textos anteriores como el profesor Alves Mendonça, ilustrado y decadente. “La luz cruda, quirúrgica, de los tubos de neón delataba los bordes gastados del traje que días antes la había impresionado por su elegancia; la barba rala le pareció descuidada, ya no indicio de anacrónica distinción”, es una de las descripciones.
Nacido en Buenos Aires en 1939, Cozarinsky vivió en París entre 1974 y 1989. En 2018, el autor de La novia de Odessa, El rufián moldavo y Museo del chisme obtuvo el V Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez por su libro En el último trago nos vamos. Es autor de una obra literaria vasta, múltiple, y sus trabajos en el cine -La guerra de un solo hombre, El violín de Rotschild, Fantasmas de Tánger, Guerreros y cautivas, Ronda nocturna, Medium, entre otras- dan cuenta de un talento y una curiosidad infinitos.

Lo que sigue entonces, y a la manera de entrevista, es el fragmento de la conversación que tuvimos en un bar de Palermo en tiempos de pandemia, mientras un sol naranja y ardiente daba paso a la noche.
-Dijiste alguna vez que escribís sin plan, que la trama y los personajes van naciendo a medida que avanza la escritura. Pero algún punto de arranque tenés que tener para esa trama que en Turno Noche se va enredando gradualmente con ecos de pasado y presente.
-Mirá, a esta altura no estoy seguro pero creo que fue la imagen, que tengo muy vivida, de una mujer que deja huellas fuertes y diferentes en la vida, o la imaginación, de varios hombres. Con el tiempo esa mujer se ha ido transformando en otra, irreconocible a primera vista. Y. sin embargo dentro de ella siguen latiendo las heridas que la formaron.
-En un momento, el profesor Alves Mendonça le dice a Lucía: “la historia se deposita en todos los lugares, como el polvo. Es el polvo de la existencia”. Me gusta mucho cómo construiste ese personaje sabio y decadente. Contame de dónde sale la idea del personaje y qué pensás de la literatura como subsidiaria de la historia, por llamarla de algún modo, digo, la literatura como polvo de la existencia...
-Ese personaje lo inventé para “El regreso”, tal vez mi mejor cuento. Está en Huérfanos, un libro que no circuló en la Argentina porque fue editado en Chile. Ya en ese cuento el profesor era la decadente ave nocturna de bares más bien sórdidos, que regalaba retazos de sabiduría a quien se sentara a su mesa. Como yo fui muy de bares y de conversar con extraños, el personaje lo tenía. Mencionás la Historia. A mí nunca me interesaron los grandes relatos escritos por los ganadores, siempre fui a lo anecdótico, palabra despreciada en mi juventud. En el relato no escrito de los perdedores, en lo que parece más insignificante, descubro que todo significa.
-El tango tiene un lugar clave en la novela; por un lado el personaje de Lucía, la chica que llega a la gran ciudad escapando del ahogo de un pueblo. Por otro, el periodista grande que se enamora locamente de la joven; además, la amistad de los dos hombres y la figura de ella en el medio. “Los hombres son más sentimentales que las mujeres” es una frase que aparece y ahí mismo llega luego una lista sobre letras de tangos que confirmarían esa idea. Contame un poco cuál es tu relación con el tango, con la música, con la letra, con tu propia historia.

-De joven, como muchos de mi edad, el tango me provocaba rechazo por su dramatismo enfático. No sabría dar una fecha, sería a mis cuarenta y pico, una noche, escuchando a Goyeneche cantar Naranjo en flor, quedé paralizado: “Este hombre está diciendo lo que yo siento y no sabría poner en palabras”. Es cierto, sí, que cuando se pone llorón el tango me rechaza, pero está el baile, el momento mágico en que dos personas viven su identidad imaginaria. Cito a Martínez Estrada: “en la pareja que baila, el alma desciende al cuerpo”.
-”Toda vida está hecha del entrecruzamiento de otras vidas”. ¿Toda ficción está hecha de otras ficciones?
-¡Ay, Hinde! Esa frase la puse en otros libros y en algunos films… Siempre sentí que una vida va tomando forma por quienes la cruzan y le dejan huella, así como estos son marcados por el que han cruzado. No hay identidad sin relación, sin conflicto vivido. Pensá en cómo juegan fuerte en dos personajes de esta novela figuras de un pasado histórico que parecería ajeno, Echeverría y Eduardo J. Holmberg.

-El narrador define la relación entre Pedro y Rafael como “una de esas amistades masculinas que suelen incomodar a las mujeres”. Me gustaría detenerme en esa frase, que me la explicaras un poco.
-No hay nada que explicar. A menudo he visto mujeres celosas de la amistad que su hombre tiene con otro hombre. Camaradería, algún secreto compartido, entrega en la conversación como no se exhibiría ante la mujer. Es algo impalpable, pero muchas mujeres se sienten excluidas de una amistad fuerte entre hombres.
-Aparece en un momento la idea del camino no tomado. Todos pensamos en algún momento en eso, en qué habría sido de nosotros si en vez de ir para allá, hubiéramos ido para el otro lado. ¿Cuál fue el tuyo?
-¡Tantos! De jóvenes, cada vez que elegimos uno se clausura otro, y con los años ya no hay elección y seguimos andando como la suma de aciertos y errores viejos, a veces olvidados.
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