
Federico Monjeau tenía 63 años y una pasión innegociable. Murió hoy, debido a complicaciones derivadas de un infarto y una operación cardíaca. Probablemente tardemos unos años en dimensionar lo que significa su pérdida para la cultura argentina.
La música le debe mucho a Monjeau, un crítico excepcional que, con una nutrida trayectoria en docencia e investigación, formó el oído de compositores y académicos. Y también de periodistas: con tres décadas en el diario Clarín, muchos colegas lo adoptaron como maestro. Los amigos —todos— destacan su claridad, el hambre siempre insatisfecha por el arte y, sobre todo, su don de gente.
La relevancia de Monjeau se comprende con apenas tres o cuatro menciones de todo lo que ha hecho: fue miembro del consejo editor de la revista Punto de Vista (junto con nombres como Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano) creó y dirigió la revista Lulú —la Biblioteca Nacional publicó hace años una edición facsimilar—, publicó dos libros que forman la columna vertebral de su pensamiento: el provocador La invención musical, donde, a partir de figuras como Mozart, Brahms y Schönberg, aborda un tema complejísimo como el progreso del arte, y Un viaje en círculos, en el que reúne diferentes ensayos sobre la música contemporánea, pero también la literatura, el rol de la crítica, el futuro del arte.

Estaba preparando un trabajo sobre Martha Argerich mientras esperaba con ansias la salida de un nuevo libro por el sello Gourmet Musical, que en pocos días estará en las librerías: Viaje al centro de la música moderna es un libro de conversaciones con el compositor Francisco Kröpfl, otra gran figura de la música argentina, que hoy tiene 90 años. El encuentro de dos mentes siempre brillantes y nunca condescendientes promete ser un recorrido de la trama cultural argentina, a la vez que una lección de la música.
Muchas veces se piensa a la música clásica como el último bastión de la cultura, un espacio al que sólo muy pocos pueden acceder. Monjeau sabía cómo no hacer de la defensa de un arte, un ataque para el lector. Con generosidad pero sin paternalismo, cada nota —y no hace falta más que leer las últimas que publicó— era una invitación al debate, al diálogo, al crecimiento, al placer.
Como decíamos, vamos a necesitar de un tiempo y una cierta perspectiva para entender todo lo que hemos perdido con su muerte. Monjeau se ha ido, pero quedan sus enseñanzas. Y no hay mejor homenaje que continuarlas.
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