
La torpeza tiene también su épica, y su tragedia. Me gusta el humor físico, me río con las tonterías de Adam Sandler, con Will Ferrel corriendo en puntas de pie. Pero también me gusta Woody Allen, su complicación para estar a gusto en el lugar que sea. Me gustan los asesinos que no lo son pero que ponen empeño en el estropicio que acaban armando. Y me gusta, sobre todo, el cinismo de quien está de vuelta de todo, que es un cinismo hecho de humor, cansancio y de fracaso. El cinismo también es una manera de camuflar el fracaso. En el narrador de Río Negro, quiero suponer, confluyen esos encantos. Es irónico, es maldito, burlón… ¡es encantador! Pero su encanto no sirve para nada.
Además, el tipo es escritor, o algo como eso. Vlady Kociancich tiene un libro precioso que se llama La raza de los nerviosos, una idea que toma de Proust para hablar de los escritores. Mujeres y hombres a quienes cada tanto se obliga —o que incluso se obligan— a participar de ceremonias que tienen poco que ver con ellas y con ellos. A presentarse en público, por ejemplo. Y entonces hay un auditorio que sufre porque una mano inoportuna pega volteretas y amenaza el equilibrio de un vaso, de un micrófono; o bien —en tiempos de pandemia—, hay alguien que habla, verborrágico, en un permanente mute; o una voz que carraspea y, está cantado, no llegará con el aire suficiente al final de la lectura; o alguien que divaga mientras suda copiosamente a cámara… la variante del pequeño ridículo que prefieran. Cómo hace una persona semejante si de pronto se ve en la necesidad de deshacerse de un cuerpo, de un cadáver.
Imaginar ese pequeño brete fue un impulso para escribir Río Negro.

Hace ya más de diez años que escribí la novela. Lo hice en relativo poco tiempo, ¿seis meses?, ¿ocho?, y con alegría. Tenía dos referencias bien plantadas en el centro del corazón: Bajo este sol tremendo, novela de Carlos Busqued, que transcurre en un interior del Chaco más verdadero que el propio Chaco; y el cuento Un santo diferente, de Germán Parmetler, cuyos personajes forman parte de una posible aristocracia chaqueña, de Resistencia; y la posibilidad de fundir ambos climas, el de aquella novela y el de este cuento también me motivó —o fue uno de los impulsos— para la escritura de mi propia novela.
Por otra parte, la relación imposible entre un padre vanidoso —por decir algo— y un hijo francamente pavote era otra buena motivación. Un padre que no soporta a su hijo adolescente y que, de pronto, se ve obligado a pasar tiempo con él. Tienen que solucionar entre los dos un asunto que los excede. También escribí Río Negro con el inicio de El Gran Gatsby como faro (aquel famoso “En mis años jóvenes y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde entonces no ha dejado de darme vueltas…”). Claro que como un faro retorcido. Los consejos en Río Negro son como los consejos que dan los escritores, consejos que, como el encanto, no sirven para nada.
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