
Desde muy chico tuve la inquietud de ser parte de un grupo en el marco de una competencia profesional. Me intrigaba mucho la distribución de los roles, la estrategia de conducción del entrenador, el manejo de los egos, la emoción de las victorias, el dolor de las derrotas, las emociones multiplicadas, la intimidad del vestuario y la convivencia en el día a día. Intenté alcanzar el objetivo en el primer tramo de la adolescencia, cuando todavía vivía en Bahía Blanca y jugaba al básquet para el club Pacífico. Y si bien era un verdadero líder en el vestuario, la falta total de talento, coraje y estatura, me empujaron más temprano que tarde a un retiro silencioso e intrascendente.
El destino me separó de aquél anhelo. Me vine a Buenos Aires, empecé a estudiar periodismo deportivo, me recibí, pasé por distintos medios (Perfil y Olé, los más destacados) y, a fines de 2014, ya consolidado como periodista de básquet, recibí la oferta para trabajar como Director de Comunicaciones de CABB. En palabras más simples: ser jefe de prensa de la Selección. No dudé un segundo. Era la oportunidad de volver a formar parte de un equipo. Y no de cualquier equipo.
Fueron los mejores años de mi vida. Viajé muchísimo. Viví desde muy cerca la llegada de Sergio Hernández, el debut de jugadores que en ese momento eran jovencitos con acné (Luca Vildoza, Nico Brussino, Gabriel Deck, Patricio Garino) y la consolidación de otros apenas arrancaban a destacar (Facu Campazzo y Nico Laprovittola). Descubrí a Luis Scola puertas adentro. Había escrito mucho sobre él en mi etapa de redactor pero siempre apoyado en opiniones ajenas o a partir de lo que se podía vislumbrar de su ascendencia en distintos torneos. Esto era totalmente diferente. Acá el tipo lideraba con una convicción que intimidaba. Estaba en los detalles, en la búsqueda constante de la excelencia. Aprendí mucho a su lado.
El paso del tiempo fortaleció la construcción del grupo. Había una química entre los jugadores que excedía la mera responsabilidad de representar al país deportivamente: cada convocatoria era, para ellos, una oportunidad de volver a compartir tiempo juntos, de desafiar pronósticos oscuros.

Hubo momentos difíciles, sobre todo luego del retiro definitivo de los últimos emblemas de la Generación Dorada (2016). Ahí las comparaciones se tornaron insoportables y la sombra del pasado dificultó la edificación del presente. Fue una transición inevitable, aunque compleja. Incluso dolorosa. Combatí con fuerza desde mi lugar para escaparle a esa melancolía permanente y nociva que empezaba a tejerse. Porque notaba con claridad que cualquier efeméride generaba más atracción que una noticia actual. Y había que revertir la tendencia. Los jugadores mismos lo comprobaban. Hasta que un día se hartaron. Fue durante el proceso de 2017. Allí, luego de una reunión interna impulsada por Luis Scola, se pusieron todos de acuerdo para dejar de contestar una y otra vez sobre la Generación Dorada. Era una mezcla de sensaciones: el respeto supremo por los grandes referentes, el agotamiento y el deseo de rebelarse a gran escala, de escribir historia propia, de demostrar que tampoco era tan malo lo que venía.
Con la flamante construcción discursiva, el nuevo grupo se adueñó de la situación. De manera definitiva. Empezó a vislumbrarse en el horizonte su gran objetivo: el Mundial de China. Hernández fue siguiendo de cerca la evolución individual y logró encajar cada pieza del rompecabezas, administrando egos y turbulencias con maestría.
Fui testigo de cada paso, de cada decisión. Celebré con euforia las victorias y hasta llegué a llorar en las derrotas. Compartí momentos inolvidables. Y un día cualquiera de 2019, me descubrí en una ciudad llamada Wuhan (famosa por sus sopas de murciélago), yendo en un colectivo con otras 20 personas. Estaba en el lugar en el que quería estar. Recuerdo con detalle la escena. Se respiraba ansiedad, temor, incertidumbre. Los jugadores conversaban entre ellos. En pocas horas iban a debutar ante Corea con el sueño máximo de pasar un par de instancias. Sonaba cumbia santafesina en el parlante de Gabriel Deck. Nicolás Laprovittola, que siempre viajaba sentado atrás mío, me tocó el hombro y me dijo: “Algún día vas a tener que escribir de todo esto, por más que nos vaya mal”. Le contesté que si nos iba mal, a nadie le iba a interesar. “Hacelo para que nos quede el registro a nosotros, aunque sea. Costó mucho llegar hasta acá”, concluyó. No respondí más. Anoté esa frase en el teléfono y miré por la ventana. Tal vez tenía razón en el planteo.
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