
A lo largo de su vida, Ludwig van Beethoven fue retratado en varias oportunidades, pero hay uno que se ha convertido con el tiempo en la imagen más icónica del genial compositor alemán, el realizado por Joseph Karl Stieler (1781–1858).
¿Y por qué sucede que esta obra trascendió sobre otra varios siglos después? Sencillamente, por el retrato del también alemán Stieler no solo es brillante desde la técnica, sino también por que condensa en la mirada una potencia demencial, una fuerza que puede sentirse en la obra de Beethoven.
Hay dos detalles, además, que convirtieron a esta pieza de 1820 en sumamente original. Una es que lo muestra en acción, Beethoven tiene en sus manos el manuscrito de su Missa Solemnis y parece escribir las notas en una especie de introspección creativa, como indagando en su mente con los ojos posados en algo más allá que el espectador debe imaginar. El segundo detalle es que está rodeado por un paisaje forestal, lo que expresa su amor por la naturaleza.
Stieler creció en una familia de grabadores, punzonadores y troqueladores de larga tradición, y recibió de su padre su primer acercamiento al arte. Luego, realizó pinturas en miniatura que tenían notable éxito entre los círculos burgueses de Mainz. Se marchó de la ciudad tras la ocupación francesa y entre 1802 y 1805 asistió a la Academia de Bellas Artes de Viena.

En París comenzó a trabajar el retrato, género que lo haría aún más popular entre las clases acomodadas, y para 1808 ya tenía su propio taller en Frankfurt. Para el ‘12 trabajó en la corte del rey Maximiliano I José de Baviera, por lo que su nombre era sinónimo de jerarquía.
El encuentro con Beethoven para esta obra se produjo entre febrero y abril de 1820, en Viena, aunque realizó otro que no se sabe bien su fecha de elaboración -la consideran posterior a 1919- y que le fue regalada al Royal College of Music de Londres en 1927. Además, a lo largo de su vida también retrató a Goethe, Amalia de Grecia, Friedrich Schelling, Johann Tieck y Alexander von Humboldt.

Por supuesto, este no es el único retrato del músico hecho en vida, ni el primero. El más antiguo de todo es de 1904, realizado por el alemán Joseph Willibrord Mähler, que muestra tres cuartas partes de su cuerpo en un paisaje de Arcadia, sosteniendo una lira-guitarra en su mano. Mähler llegó al compositor gracias a Stephan von Breuning, amigo desde la infancia de Beethoven. Lo volvió a retratar en 1815, cuando le fue encomendada una serie de retratos de compositores de la escena vienesa.
En el ’06 lo hizo Isidor Neugass, con una pieza que tiene su valor documental por la edad del retratado. Una rareza es el realizado en el ‘19, por el cantante de ópera y retratista Ferdinand Shimon, que realizó una obra en formato óvalo en que el artista aparece mirando hacia el cielo y con un paisaje de montaña detrás. Con el comienzo del siglo XX, las litografías sobre Beethoven comenzaron a ser populares y muchas de estas obras se utilizaron como base, como también se realizaron nuevas piezas representativas.

Como decíamos al principio del artículo, todas las obras en vida realizadas a Beethoven tienen un formato más clásico, estático, casi fotográfico. Incluso, la más osada es la primera de Mähler, que lo muestra con un instrumento. La pieza de Stieler de 1920, en cambio, es una obra nacida para la eternidad, con una fuerza inaudita, una obra viva, en movimiento, y que conceptualmente es más cercana a a cuestión creativa que a la mera decorativa. Por eso, todos conocemos a Beethoven con esos pelos blancos al viento, con esa mirada profunda que parce cortar el aire, que parece transmitir su genio.
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