
La Biblioteca Popular y Asociación vecinal -omito el barrio- solicita nuevamente breves notas que convoquen a la lectura de alguno de los textos que reposan en las estanterías. Nuestra elección ha recaído en la Apología de Sócrates, cuyo autor es un Platón joven. Seguiremos aquí la traducción directa realizada por Conrado Eggers Lan (EUDEBA).
Todos conocimos la figura de Jesucristo, de su crucifixión y resurrección, y escasos son los lectores de alguno de los Evangelios, canónico o apócrifo. Del mismo modo, muchos adquirimos cierta familiaridad con la figura de un tal Sócrates, que en la Grecia antigua, fue sentenciado a muerte, ingestión de cicuta mediante. Pues bien, pretendemos enriquecer este último suceso, mediante una introducción a la lectura de la citada obra. Y también mediante el reconocimiento de incógnitas que no podremos resolver, a pesar de los estudios eruditos que hemos consultado.
Corría el año 399 antes de Cristo. 501 ciudadanos del estado de Atenas, democrático a su manera, deliberaron, en el marco de la Heliea, institución investida del carácter propio de un tribunal supremo. Para la ajustada mayoría de los heliastas, 280 contra 221, Sócrates resultó “culpable de corromper a los jóvenes, y de no creer en lo dioses en los cuales la ciudad cree, sino en otras cosas demoníacas nuevas”. Tal es la acusación formulada por Meleto, vocero de dicha mayoría. Todo lo cual confluía en el delito religioso de la “irrespetuosidad”, a-sébeia, cuando sébas significa “respeto”, “veneración”. Sócrates ejerce su propia defensa, y precisamente La apología de Sócrates es el extenso monólogo de ese ejercicio: lo que irritó a la mayoría de “heliastas” era el cumplimiento de la misión que le había asignado el oráculo del dios Apolo, consistente en practicar la “filosofía, esto es, interrogar a los ateniense cual tábano donado a la ciudad por el dios”. Así encaraba a sus conciudadanos: “¿No te avergüenzas de preocuparte por tu fortuna, de modo de acrecentarla a máximo posible, así como a la reputación y a la honra, mientras no te preocupas ni reflexionas acerca de la sabiduría, de la verdad y del alma, de modo que llegue a ser perfecta?”. Alardeas de tener certezas, cuando “la sabiduría humana vale poco y nada”. “Yo mismo no sé ni creo saber… Sabio es el dios”.
Sócrates acepta el cumplimiento de la sentencia (kategoría) a muerte, bebiendo el extracto venenoso de la cicuta. Conste que pudo haber optado legalmente por el autoexilio, por el pago de una onerosa multa, o por la fuga, sobornos mediante, animada por algunos camaradas, opciones todas ellas rechazadas socarronamente. Apostaba a encontrarse en el Hades con las almas inmortales de Homero, Hesíodo, y otros: “Los de allí son más felices que los de aquí, si es que las cosas que se cuentan son ciertas”.
Primera incógnita, sin visos de resolverse. Se le acusó de introducir daimonia kainá, demonios nuevos. ¿Una sentencia a muerte por tan poca cosa? Otra incógnita de difícil resolución: en la defensa, hay una dudosa equivalencia entre “demonios” y “dioses”, daimonia y theoi, cuando, si bien ambos de carácter divino, resultaban fácilmente distinguibles, pues los daimonia eran seres más cercanos a lo humano, hijos bastardos de dioses y de ninfas, tal como lo señala Conrado Eggers Lan. Por otro lado, ¿cuánto pesaron más bien motivos políticos que religiosos, vinculados al conflicto entre los inclinados a un poder tiránico y oligárquico, de los cuales Sócrates podía ser cómplice con su altanería, y los defensores de la democracia amenazada? Ya años antes, en la obra teatral Las nubes, Aristófanes se burlaba de Critias, por haber liderado a los “Treinta tiranos”, quienes derogaron en dos breves ocasiones el régimen democrático, en complicidad con los poderes espartanos que humillaron a los poderes atenienses, “guerras del Peloponeso” mediante. Y Critias era un dilecto discípulo de Sócrates.
En el diálogo Fedón, Sócrates llama la atención de sus interlocutores sobre un daimon particular, semi divino, cuya voz venía acompañándolo desde la niñez, como una suerte de “ángel guardián”. Del cual cabía atender sus sugerencias en los sueños, y al cual dirigirse para rogar auxilio en las zozobras. ¿Colaboró este daimon tan personal, a la irritación que provocó Sócrates en la mayoría ateniense?
Creo haber complicado, quizá enriquecido, la mencionada obra de un Platón joven (19), ¿suficientemente como para motivar su lectura?
* Traducción directa, ensayo preliminar y notas de Conrado Eggers Lan. Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1996, duodécima edición
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