Newsletter del día: Amores que no tienen nombre

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La novela de Zambra es una suerte de tratado sobre la paternidad
La novela de Zambra es una suerte de tratado sobre la paternidad

Hola, ahí.

“Era el tiempo de las madres aprensivas, de los padres taciturnos y de los corpulentos hermanos mayores, pero también era el tiempo de las frazadas, de las mantas y de los ponchos, así que a nadie le extrañaba que cada tarde Carla y Gonzalo pasaran dos o tres horas en el sofá cubiertos por un soberbio poncho rojo de lana chilota, que en el gélido invierno de 1991 parecía un producto de primera necesidad.”

No sé qué te pasa a vos si empezás a leer una novela que arranca así. Puedo contarte en cambio qué me pasó a mí: fue como si me tomara del cuello y me arrastrara ahí adentro hasta la página 421, donde termina. Durante las horas de lectura me encontré sonriendo muchas veces, me reí a carcajadas en un par de oportunidades, me emocioné casi todo el tiempo -no exagero- y también lloré mucho, ahí sí no voy a decirte cuándo. 

Ese comienzo de Poeta chileno, la nueva novela de Alejandro Zambra tiene algo de Dickens (“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura”) y también un aire al Tolstoi de las familias felices y las desgraciadas, creo. Pero lo que tiene, sobre todo, es una lengua transparente, un relato que cruza acción con historias de vida; una potente propuesta visual y una postal de época. No podía fallar.

A través de cuatro partes, que no son estrictamente cuatro capítulos, la novela de Zambra consigue amalgamar dos novelas, en realidad. Por un lado, la historia de amor con altibajos de Carla y Gonzalo, que transcurrirá a lo largo de muchos años en diferentes escenarios y, por otro, la de Pru, una chica estadounidense que, agobiada por un fracaso amoroso y una decepción vital, aterriza en Chile y comienza a trabajar en un artículo periodístico sobre el universo de la poesía chilena o, más bien, de los poetas chilenos. Hay un personaje central que es el vínculo entre las dos historias y se llama Vicente. El muchacho es el hijo de Carla y durante varios años, en un tiempo clave de su infancia, convivió con Gonzalo, cuando el profesor de literatura y poeta aficionado vivía con su madre y se peleaba con la vida por no poder ser su padre.

Alejandro Zambra (Foto: Gentileza Mabel Maldonado./Télam/CF)
Alejandro Zambra (Foto: Gentileza Mabel Maldonado./Télam/CF)

La reflexión sobre el uso y el sentido de las palabras sobrevuela toda la novela y arranca con un término que, aunque existe, no satisface ni colma las expectativas de nadie: padrastro. “El protagonista siente la necesidad de nombrar un vínculo y no le gusta la palabra que existe, entonces tiene que pelear cuerpo a cuerpo con la palabra y eso es, justo, lo que hacen los poetas, pelear con cada palabra del poema”, me dijo días atrás Zambra desde su casa en Ciudad de México, cuando lo entrevisté para mi programa de radio Vidas Prestadas. “Me interesan mucho las figuras del padrastro y la madrastra porque son figuras deslegitimadas de antemano, porque siempre se puede desconfiar de ellos. Sobre todo de los padrastros, y por eso el que ejerce ese rol se construye a sí mismo como una excepción”, me dijo también.

Hace muchos años escribí una nota sobre los vínculos que no tienen nombre en castellano. La mujer de mi padre, el hijo del esposo de mi madre, la abuela de mis hermanos, la hija del hombre con quien vivo, la hermana de mi hermano, en fin, podría seguir buscando estrecheces afectivas que no pueden nombrarse. Siempre damos vueltas retóricas para referirnos a estas personas que, sin dudas, son algunas de las más cercanas en nuestras vidas pero a quienes no podemos definir con una sola palabra porque la lengua, que tanto se modifica, no parece sin embargo haberse adaptado a la explosión de las familias ensambladas. Palabras como padrastro o madrastra encierran algo de crueldad ya en su pronunciación y es volver a los malos de los relatos clásicos infantiles, no hay vuelta que darle. Por otra parte, ¿a quién se le ocurre hoy que solo son hermanos los hijos de los mismos padre y madre? ¿No es demencial?

Pues bien, estas preguntas atraviesan Poeta chileno de diversas formas, más o menos explícitas. La novela es a su manera un tratado sobre las paternidades que se desliza a través de historias y reflexiones sobre los diversos modelos de buenos y malos padres, incluyendo los padres dominicales -que cumplen semanalmente con su función como mandato en un McDonald’s, mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de devolver al crío- o el embarazador compulsivo, que pasó la vida regando hijos por el mundo y que, lejos de ser rechazado, mantuvo siempre a todos en vilo, víctimas de su seducción. Uno de los personajes de la novela, el Chucheta -basado en la historia de un abuelo de Zambra-, un irresponsable incapaz de hacerse cargo de nada, asiste a un cumpleaños multitudinario organizado por todos sus hijos y nietos que no se conocen entre sí. El patetismo duele: a todos les enseñó de niños las mismas canciones, todos buscan agradarle. “La situación era ridícula y penosa, como si audicionaran para un papel importante”, escribe el narrador.

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Gonzalo, que ama la poesía y siente que se le escapa, se llama Gonzalo Rojas, igual que uno de los mayores poetas chilenos; a partir de ese juego funciona como un espejo anulado, diríamos, como si hubiera ahí una suerte de esterilidad nominal. Por otra parte, ejerce con Vicente todas las paternidades menos la biológica. Es padrastro, papastro, padre de crianza y padre literario. Gonzalo quiere ser el padre de Vicente y quiere ser poeta: dos ambiciones que se escurren. La crianza no consigue ser equivalente a la biología, al menos en el lenguaje y su nombre ya no puede nombrar a otro poeta. El tratado sobre la paternidad es entonces también un tratado sobre las masculinidades superpuestas. En la vida y en la literatura hubo dos hombres que llegaron antes que él.

Tratado sobre la paternidad, tratado sobre las masculinidades, tratado sobre la poesía y también sobre la escritura y el fracaso. Hay grandes momentos sobre todo en las entrevistas que le hace la voluntariosa Pru -que “nunca deja de percibir la comunicación como un problema”- al elenco alucinante de poetas chilenos, algunos reales, otros no, entre ellos padres poetas, poetas binarios y poetas Alfa; una ruta que tiene posiblemente su punto más alto en la visita al gran Nicanor Parra (un momento sublime de la novela) y que se desliza en las entrevistas con el Poeta sin nombre (porque la primera vez que imprimió su primer libro anillado para repartir se olvidó de ponerlo), o con Aurelia Bala, la poeta performer que escribe en dos cuadernos distintos y con letra diferente dos poemas en simultáneo, pasando por la poeta chilota que habla de los palafitos, las viviendas montadas sobre palos o estacas hundidas en el agua que, llegado el caso, se desmontan y se trasladan navegando o con el poeta que se prometió no escribir mientras Pinochet estuviera vivo y también con Miles Personae, el que escribe monólogos dramáticos en los que finge las voces de torturadores o criminales.

Te hablaba del fracaso, que aparece como horizonte de la escritura y el oficio pero como un destino posible también de las parejas. “Los adultos nos vinculamos sabiendo que todos los vínculos son falibles y que las relaciones fracasan, pero con un niño hay como un ´para siempre´ implícito que es muy desgarrador cuando se demuestra falso”, me decía Zambra.

Alejandro Zambra
Alejandro Zambra

Si tuviera que “venderte” la novela , tal vez te diría que una de las grandes preguntas que la sostiene es: ¿qué pasa por la cabeza de un chico cuando alguien que prometió no abandonarlo, que le dijo que siempre iba a estar ahí, cerca suyo, finalmente se va? ¿Qué ocurre con la vida de ese chico cuando la pareja de uno de sus padres con otra persona, alguien que se convirtió en central para él, se termina?

Hay poesía en toda la novela, versos célebres y otros que reproducen poemas escritos por los protagonistas. Hay, también, un poema del Gonzalo Rojas real, que te hace sentir un temblor bajo los pies cuando lo leés en silencio o lo imaginás leído en voz alta.

Se lo escribió a uno de sus hijos, y dice así:

Te di para tu libertad la nieve augusta y el lucero

Yo fui tu centinela que te veló en el alba.

Aún me veo, como un árbol, respirando para tus nacientes pulmones.librándote de la persecución y el rapto de las fieras.

Ay, hijo mío de mi arrogancia,

siempre estaré en la punta de ese paisaje andino

con un cuchillo en cada mano para defenderte y salvarte.

(“Crecimiento de Rodrigo Tomás”, de Gonzalo Rojas)

Estar ahí, defender y salvar: ¿eso es un padre?

Podría seguir hablándote de esta novela que, por lejos, es de lo mejor que llevo leído este año, pero ya va siendo hora de despedirnos. Me voy dejándote esta inquietud, ya que hablamos de la ausencia de palabras para nombrar relaciones intensas pero “sin cargo oficial”. ¿Cómo se llama el vínculo que podría darle nombre a un “amé intensamente a tu madre, viví con vos, les di a ambos lo mejor de mí, te enseñé cosas fundamentales y que van a servirte para siempre, pero me voy y no sé si volveremos a vernos alguna vez”? Y, cómo se pregunta la misma novela, ¿existe una palabra para nombrar algo así como lo contrario al duelo? Y si es así, ¿cómo se llama ese volver a verse después del desgarro?

Festejos en Chile luego del plebiscito constitucional. (EFE)
Festejos en Chile luego del plebiscito constitucional. (EFE)

En un momento de la charla en la radio, en la que naturalmente hablamos de las expectativas que despierta una nueva Constitución en un país que muchos aún creen que sigue tutelado por la figura del dictador (“Estrictamente al día de hoy Chile es regido por Pinochet, se cuente como se cuente la historia. Chile es un país de mierda con una poesía maravillosa y muchos quisimos pertenecer a esa parte que engrandecía nuestra idea de lo nacional porque todo el resto era muy arduo”,) le pregunté a Zambra a riesgo de simplificar si creía que su novela podía definirse como una historia de amor. Me dijo que sí, que definitivamente sí lo era. 

“El libro parte como una historia de amor muy típica, pero luego aparece el amor entre un padrastro y un hijastro y creo que por eso se podría resumir como ‘un libro que cuenta la historia de dos personas que pertenecían a una familia que desapareció y vuelven a encontrarse y entonces se dan cuenta de que son parte de otra familia’”.

Y me pareció tan hermoso.

Y me acordé de una frase de Czesław Miłosz, que algo sabía de desplazamientos y lenguas migrantes: “Solo se puede escribir poesía en la lengua de la infancia”.

Hasta la próxima.

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