
No es fácil dilucidar procesos creativos. Siempre hay algo más allá de nuestras planificaciones conscientes. En el caso de Hotel Tandil (Editorial Hueders), en algún momento me di cuenta de que, en el transcurso de escribir un libro sobre cine, se fueron infiltrando sigilosamente los fantasmas del Buenos Aires de fines de los 90 que solía frecuentar como un turista ávido de emociones. O, digamos, de repente se asomó mi idealización adolescente en torno a una ciudad que, más que otras que conocía en ese entonces, albergaba una cultura subterránea que funcionaba como una fascinante resistencia cultural.
Evocar ese pasado no estaba en mis planes iniciales. Mi idea –ya viviendo en Argentina– era escribir un libro sobre cineastas olvidados que descansan en los sótanos del streaming. Pensaba en abordar sus historias, más que analizar sus obras, porque todas parecían marcadas por la tragedia. No pretendía ser un Marcel Schwob a la caza de “vidas imaginarias” ni menos un Kenneth Anger gozoso de crear un catastro monumental de calamidades. Lo que pretendía era entender el vínculo entre el fracaso artístico y la derrota personal, aplicada a cineastas como Donald Cammell, quien se suicidó por los conflictos con sus productores; Ron Rice, muerto en México a los 29 años de edad tras escapar con el dinero para su última película o Timothy Carey, responsable del largometraje más menospreciado de la historia del cine: The World’s Greatest Sinner.
Entonces el pasado se manifestó. El primer eco de los 90 fue conocer a Raúl Perrone. Como consecuencia de ese encuentro, comencé a visitarlo semanalmente a Ituzaingó. Especialmente en el tren (“las películas avanzan como trenes en la noche”, decía Truffaut en La noche americana) anotaba impresiones sobre el paisaje en movimiento, el conurbano y los poco ortodoxos consejos cinematográficos que recibía de un director que, hace más de dos décadas, abrió su propio túnel cinematográfico en paralelo a la escena oficial. Todo esto daba, pensé, para otro libro. Hasta que, tomando en cuenta la filosofía “perroneana” sobre la urgencia del hacer, comprendí que por su productividad él estaba en las antípodas de los perdedores que me obsesionaban; esos cineastas que –al igual que los personajes de Bartebly y Compañía, de Enrique Vila-Matas– parecían estancados en sus tormentos e inseguridades.

Yo también lo estaba. En esos tiempos luchaba contra barreras burocráticas y técnicas para poder iniciar la filmación de un largometraje mientras anhelaba el espíritu de realizadores solitarios capaces de hacer películas en soledad, como el escritor enfrentado a un papel en blanco. Entendí que el nexo entre ambas obras en construcción era yo, convertido en otro con la convicción de que los ejercicios de ficción pueden ser tan verdaderos como la documentación.
Así nació la idea de que el libro fuese el cuaderno de apuntes de un inventado realizador independiente chileno que, luego de abandonar a su mujer y a su hijo en Santiago, se instala en un hotel de Buenos Aires para aclarar sus ideas, planear cómo hacer su próxima película y viajar a Ituzaingó en busca de consejos de Perrone. En ese viaje mental recuerda a otros artistas malogrados que funcionan como aliados de descalabro o, si se quiere, compañeros de habitación. El hotel no podría ser otro que el Tandil, en Avenida de Mayo, refugio vacacional al alcance de mi precaria billetera adolescente durante esos salvajes años 90. Un edificio imponente, con balcones amplios y un ascensor majestuoso.
Convocar a la ficción abrió posibilidades creativas. Transformarme en un personaje permitió que se inmiscuyeran, sin pudor, los espectros de mi juventud y los de una ciudad idealizada que, en algún momento de mi nueva vida, se enfrentó inevitablemente a la real. Hotel Tandil dejó de ser un libro exclusivamente de cine para convertirse en una obra sobre trenes, gente muerta, tecnologías obsoletas, recuerdos borrosos, ciudades, juventudes perdidas, perdedores sin legado, aprendizajes.
Algunos lectores prematuros que no conocían a Perrone, vieron tras su presencia cierto afán “bolañesco”, como si quisiera plantear la caza de un autor secreto, digamos, mi propio Benno von Archimboldi. Yo pensaba más bien en guías de autoayuda, en manuales desechables capaces de revelar secretos sobre la realización cinematográfica. Quiero creer que este libro –que es tan novela como ensayo– tiene también ese lado práctico y puede ser de ayuda para quienes estén pensando en tomar una cámara y dar un salto temerario hacia el vacío.
*Andrés Nazarala (Chile, 1976) es crítico de cine, escritor y realizador. Ha formado parte del jurado en festivales como los de Toronto, Moscú, San Francisco, Seattle, Montreal y Miami. Escribe para medios nacionales e internacionales. Reside en Buenos Aires desde el 2014. Hotel Tandil (Editorial Hueders), 146 páginas. Distribuido en Argentina por Big Sur.
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