
Un día como cualquier otro, Dorothea Lange estaba trabajando en su estudio fotográfico de San Francisco, encendiendo el flash frente a familias adineradas, cuando dijo basta. “¿Qué estoy haciendo?”, se preguntó. Entonces salió a la calle. Lo que ocurría afuera, eso debía retratar.
Corrían años duros, los años de la mayor crisis económica del siglo XX. La Gran Depresión. El comercio internacional descendió casi un 60% y en Estados Unidos crecía la miseria. Dorothea Lange tenía su cámara. Empezó a viajar por el país sacando fotos, hablando con la gente, muchos desocupados, muchos refugiados que viajaban buscando trabajo. Era una realidad muy triste. Una realidad que sí merecía ser contada.
Una tarde de 1936, a la vera de la Autopista 101, estaba Florence Thompson. Tenía 32 años y siete hijos. Junto a su marido habían estado cosechando remolacha en el Valle Imperial de California y, ante la falta de trabajo, decidieron marchar hacia Watsonville. Migraban en busca de una nueva oportunidad, expulsados por la hostilidad del territorio. Pero en el camino el auto se les rompió.
En un campo en Nipomo, Florence se quedó con cinco de sus hijos esperando. Mientras, su marido y los dos mayores caminaban hasta la ciudad con el radiador en los hombros para que un mecánico se los arreglara. Habían vendido la rueda de auxilio para comprar alimentos. Estaban sobreviviendo.
En esa escena aparece Dorothea Lange. Era una tarde de calor. Charlaron un rato y pactaron una serie de fotos. Fueron seis en total. Una de todas esas trascendió lo márgenes de lo esperable. Popularmente se la tituló Madre Migrante, pero el verdadero es más descriptivo: Desposeídos cosechadores en California. Madre de siete hijos. Treinta y dos años. Nipomo, California.
Esta postal de 1936 explica muchas cosas. El amor de una madre, el amor de sus hijos. El dolor del desempleo, de la desigualdad, de la incertidumbre. Explica también una época, pero también un mundo, este mundo, en el que vivimos todos nosotros.
Dorothea Lange murió casi treinta años después, en 1965. Todos la reconocieron y la reconocen como una de las más influyentes fotoperiodistas documentales del mundo. Sacó muchísimas fotos, pero Madre migrante es, tal vez, su obra cumbre. Más allá de la historia, la postal es impecable: los tonos, las texturas, las luces, los niños tapándose detrás de su madre, ella tomando su cara con el semblante preocupado.
Y demuestra, además, la importancia del fotoperiodismo, una disciplina que se impone a fuerza de belleza y verdad.
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