Juan Pablo Villalobos
Juan Pablo Villalobos

La nueva novela del mexicano Juan Pablo Villalobos, La invasión del pueblo del espíritu (Anagrama), es tan buena como Fiesta en la madriguera (Anagrama). Quien siga a este autor, dueño ya de una carrera importante, se dará cuenta de esa aseveración.

Es una novela escalofriante, que tiene varias lecturas, que como aquella historia del chico que vivía encerrado nos duele en un costado impropio del corazón. ¿Queremos ver eso? ¿Queremos pensar en ello?

Juan Pablo Villalobos es sin duda uno de nuestros mejores escritores. Lo tuvo que descubrir, sin dudas, Jorge Herralde, el fundador de Anagrama, desde aquella historia debut, pasando por su Premio Herralde con No voy a pedirle a nadie que me crea, hasta llegar a esta novela tan característica del siglo XXI, porque de una cosa estamos seguros: el autor escribe estos tiempos y estos tiempos del futuro. No hay nostalgia en su narrativa, hay inmediatez y estado de ánimo contemporáneo.

“Lo único que importa es el presente, como dice el narrador de la novela: ése es nuestro lugar de residencia”, dice Juan Pablo Villalobos.

"La invasión del pueblo del espíritu" (Anagrama), de Juan Pablo Villalobos

–Hay una idea de migración pero como se vive la migración por dentro. El tema en este mundo es dónde encontrar dónde vivir. ¿Está de acuerdo?

–Suele hablarse mucho de lo que sucede con la identidad cuando se emigra, pero creo que hay algo más importante: el sentido de pertenencia a una comunidad, la manera en que hacemos o no podemos hacer nuevos lazos —tanto afectivos como materiales— en la comunidad a la que emigramos. Encontrar un lugar donde vivir significa no solo sentirse aceptado, sino encontrar en esa comunidad los medios materiales para subsistir. Y el problema es que las comunidades cada vez se han vuelto más hostiles, se han ido desintegrando, se han ido convirtiendo en la suma de muchas individualidades. La pérdida del sentido de comunidad tiene que ver con el modelo económico, con el capitalismo, y más en particular con el neoliberalismo, que ha instaurado la ley de la selva, la competitividad del más fuerte, del más apto, esa falacia de la meritocracia. La degradación del espacio público es el mejor ejemplo: el espacio público se ha convertido en un lugar de intercambios comerciales, ha ido perdiendo su noción de ágora, de lugar de encuentro.

–Gastón es un personaje muy rico. Entran en él una mujer y un hombre. ¿En quién se inspiró?

–Nunca me he inspirado en nadie en particular al construir un personaje. Son más bien sumas, acumulaciones de rasgos, y son, sobre todo, voces. Para mí un personaje está determinado por su voz y encontrar su voz, “escucharlo”, es la parte más importante del proceso de escritura. Cuando digo “escuchar” su voz lo digo literalmente: llega un momento en que esa voz toma forma dentro de mi cabeza, la oigo, con su ritmo, su entonación, su vocabulario propio, sus titubeos, sus inflexiones. Si no logro escuchar a un personaje es que no funciona, y entonces me empeño en “conocerlo” mejor. Gastón encarna la bondad posible en este mundo, una bondad que es posible gracias a sus privilegios. Es un personaje que puede ser bueno porque tiene las condiciones para poder serlo. Es tierno, es comprensivo, es bienpensante, no tiene salidas de tono, pero porque puede permitírselo.

–¿El mejor jugador de la Tierra vomita por las papas de Gastón o por los líos que le arma su padre, con quien el narrador se encuentra una vez?

–Vomita porque es frágil, vulnerable, como todos nosotros. Tiene ataques de ansiedad, duda de su propia capacidad, tiene el lastre de un modelo de masculinidad que le presenta la realidad como una serie infinita de pruebas a ser superadas, en las que tiene que demostrar, una y otra vez, su hombría, su heroicidad. Hay en él los rastros de un verso de Fernando Pessoa, que dice que cada mañana al despertar queremos conquistar el mundo, pero luego salimos a la calle y no somos nada. Maradona una vez declaró algo parecido respecto a Messi, algo terrible, lo puse en la novela.

–No hay espacio ni tiempo, ¿le sirvió eso, con qué fin?

–No es que no los haya, es que no importa el dónde ni el cuándo. Lo único que importa es el presente, como dice el narrador de la novela: ése es nuestro lugar de residencia. Durante la escritura de la novela leí mucha ciencia, especialmente libros de física, y eso cambió mi manera de ver la realidad. Hay datos que me conmovieron como si se tratara de un poema. Por ejemplo, que la luz del sol tarda ocho minutos en llegar a la Tierra. Ahora no puedo dejar de sentir que ese rayo de sol que me da calor en el rostro ha recorrido ciento cincuenta millones de kilómetros a la velocidad de la luz. La consciencia de esto, del movimiento, de la expansión del Universo, cambió para siempre mi manera de estar en el mundo.

–El “Tucu” representa lo peor del exilio porteño, aunque usted no se juega, lo llama “Tucu”

–Digamos que es lo opuesto de Gastón, justamente porque sus condiciones son otras. Él no puede permitirse ser buena persona, para él la vida es un conflicto permanente, una serie de necesidades que tienen que ser atendidas. Vive al día, víctima de la precariedad, amenazado por la realidad. En el fondo, todos los personajes de la novela tienen miedo a algo, de ahí que sea una novela profundamente paranoica. Pero hay maneras distintas de reaccionar a la paranoia; las peores son la xenofobia, el machismo, la homofobia, el clasismo, que son los temas que están en el fondo de la novela.

–A veces pienso que esta es una novela de desamor. No amamos a nadie, nos cuesta mucho la amistad entre nosotros

–Pareciera que la novela se pregunta si estamos solos en el universo, como si se tratara de una novela de ciencia ficción, aunque en realidad lo que se pregunta es si estamos solos en la Tierra. Pareciera que estamos condenados a la soledad, porque es muy difícil que los valores de la amistad o el amor prevalezcan en nuestras sociedades competitivas y egoístas. Pareciera que la comunicación entre nosotros es imposible, más difícil que mandar y recibir señales de otros planetas. Pero creo que en la novela hay esperanza. La hay en la relación de Gastón y la adormecedora. En la manera en que Gastón cuida de Pol. En los gestos que tiene Gastón con la pequeña Varushka.

–¿El huerto es la idea de cierta felicidad?

–¡Es el huerto del Cándido de Voltaire! La frase final de ese libro, “ahora hay que cultivar el huerto”, me ha acompañado por años, la uso casi como frase motivacional. El huerto es el aquí y el ahora, ese presente al que no le importa el dónde y el cuándo. El huerto es, en resumen, el instante. También un libro de Gaston Bachelard me ha acompañado por años y me sacó de crisis existenciales agudas: La intuición del instante. En el huerto solo hay presente, la exigencia de atender a cada momento. Uno no puede adelantarse a cosechar lo que todavía no crece; tampoco sirve de nada lamentarse de lo que no se hizo antes. En ese sentido, la novela es un alegato contra la nostalgia, que me parece un sentimiento deleznable y peligroso. Los discursos nostálgicos, por ejemplo, son fáciles de instrumentalizar por los movimientos de extrema derecha, que siempre añoran un tiempo pasado que supuestamente fue mejor.

Por cierto, varios de los nombres de los personajes, Gastón y Ender, entre otros, quieren decir extranjero, forastero.

–Gato quiere morir, pero egoístamente Gastón no quiere que se vaya. Max también se va, ¿la soledad es peor que cualquier cosa en la vida?

–Todos los personajes, de diferentes maneras, están huyendo de algo. Creo que, de hecho, todos estamos huyendo de algo todo el tiempo. Nos persiguen nuestros miedos y no siempre reaccionamos bien. Una de las primeras ideas que tuve para esta novela era la de tres personajes —abuelo, padre e hijo— encerrados en un lugar porque están amenazados por la realidad. Se encierran porque la realidad es imposible de soportar. Es lo que pasa con Max, Pol y el abuelo. Y van a seguir huyendo. Huir es un intento de posponer el presente, de no aceptar la realidad. Es el aplazamiento perpetuo, la infelicidad. Ahí es imposible la amistad y el amor.

–Esta novela me arrasó, de la misma manera que me arrasó Fiesta en la madriguera. ¿Las une de algún modo?

–Quizá las une que a ambas las veo como “fábulas filosóficas” a la manera del Cándido de Voltaire. Hay también en ambas un intento de explorar la ternura y la inocencia en situaciones extremas, de violencia y soledad.

–La invasión del pueblo del espíritu tiene acciones vertiginosas, ¿piensa que puede ser una serie?

–Yo nunca me planteo nada más allá de la propia novela, no me guardo nada ni pienso que a partir de ahí puedan surgir otras cosas. Me entrego por completo, me vacío. Cuando termino ya estoy en otra cosa, en el siguiente libro.

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