El problema es la superficialidad con que solemos entender casi todo. A veces, parece más fácil adherir etiquetas, así como si nada, que pensar en profundidad respecto a cualquier cosa.

Por eso, puede ser gracioso o tétrico (así de ambigua es la realidad actual) que las redes sociales se hayan legitimado como el campo de juego donde convergen casi todos los nuevos géneros creados por el síntoma contemporáneo: holgazanería reduccionista, opinología random, cualquierismo del yo, avatares gatunos, exhibición de atrocidades, entre otros miles.

El problema de lo superficial es la creencia falaz de estar viviendo en el único escenario posible, como si lo demás no existiera, como si otros contextos fueran inverosímiles.

Salvo durante estados vacacionales u ocasiones de micro-turismo-ocioso, donde el coqueteo con la posibilidad de una vida distinta y escapar de la rueda urbano-hamsteriana, activa cierta fantasía libertaria o utopía rural.

Otro problema de lo superficial (ya no desde una percepción íntima, sino mediática) es hablar de discos, libros o películas como si fueran instancias de arte congelado. Comentarios que tan solo patinan sobre el hielo.

Pensar en profundidad, sin adherir etiquetas, así como si nada, por más fácil que sea, es el ADN filosófico de Infobae #CulturaLadoB: recuperar background artístico del pasado + amplificar la vibración en tiempo real de la cultura contemporánea + ir vislumbrando los signos del futuro.

Nos encantó la película La muerte no existe y el amor tampoco, estrenada ayer, porque cada uno de sus matices (argumentales, visuales, musicales, entre tantos otros) sincronizan a la perfección con el estilo de recorrido profundo que mencionamos arriba. Para eso hablamos con la autora de la novela en que se basó (Romina Paula), la protagonista (Antonella Saldicco), el creador de la banda sonora (Santiago Motorizado) y el director (Fernando Salem).

La sinopsis del film es: Emilia es invitada a regresar a su pueblo natal en la Patagonia para esparcir las cenizas de Andrea, su mejor amiga. Emilia pone en pausa toda su vida y viaja para la ceremonia. La nieve y el viento del sur son el escenario de un viaje al pasado en el que revive su amistad con su amiga, acompaña a la familia en el duelo y se reencuentra con Julián, su primer amor, quien acaba de ser padre. Emilia esparce las cenizas y con ellas dejara ir su pasado, su familia, el sur y también, al amor.

>Romina Paula

—¿Cómo participaste en la transposición de tu novela Agosto al formato cine?

—No participé de la escritura del guión. Ni de la adaptación. Fernando me preguntó si quería participar cuando empezó a pensar en la posibilidad de adaptar la novela, pero la verdad es que no me veía volviendo sobre ese material que para mí ya me había dado todo lo que podía darme en ese lenguaje en el que lo pensé.

—¿Cuál es la fórmula ideal para entrelazar literatura + cine (autor y director) y luego de la aventura seguir siendo amigos?

—No sé si te referís a que el autor y el director en uno sigan siendo amigos o a si yo como autora siga siendo amiga de Fernando, el director. Pero en mi caso no entrelacé mucho, sino que le cedí mi libro para que hiciera la película que veía en él. Y por mi parte, en la única película que escribí y dirigí por ahora, escribí algo de cero, pensado para ser filmado así que en mí misma la autora de narrativay cine siguen escindidas, aunque tengan bastantes cosas en común.

>Antonella Saldicco

—¿Vos que siempre viviste en grandes ciudades, ¿cómo lograste aprehender la idiosincrasia de una protagonista nacida y criada en un contexto opuesto, que se muda a una gran ciudad y un día vuelve a su pueblo?

—No siempre viví en grandes ciudades. Mi adolescencia transcurrió en una ciudad alemana, más vale chica diría, de 160 mil habitantes. Heidelberg. Ahí me quedaron muchas amigas y amigos del colegio secundario, un ex novio. Igual que Emilia, empecé mis estudios universitarios en Buenos Aires y cada vez que vuelvo y volví a Heidelberg me sucede lo mismo: apenas llego necesito re-visitar espacios originarios: la plaza principal, las cuadras aledañas a mi ex colegio, las fachadas de las casas de mis amigas y amigos. Dar esa vuelta que re-asegura que todo sigue ahí. Es bastante fantasioso, en realidad, no todo está realmente ahí, muchas y muchos nos fuimos a estudiar a otras ciudades y países, algunos negocios se reinventaron y en la esquina en la que estaba el supermercado en el que trabajé un verano para costear mis gastos adolescentes ahora hay una plaza de estacionamiento. Lo que no cambia es, quizás, esa sensación de pertenencia. Volver al lugar que te formó, donde te enamoraste por primera vez, donde te emborrachaste por primera vez. Hace varios años, cuando leí el libro de Romina, y por lo tanto a Emilia, sentí que me tocaba una fibra muy personal. Las experiencias de retorno a mi ciudad de origen fueron y son muy similares, no me son indiferentes, nunca volví a Buenos Aires liviana, o sí, pero sin haber llorado bastante mientras regresaba.

—¿Qué fue lo que más te emocionó/sensibilizó/inquietó de haber interpretado a Emilia en la película?

—Todo el trabajo previo al rodaje con Fer fue muy emocionante. Los ensayos que tuvimos de a grupos pequeños con Osmar y Susana. Con Justina para la escena en que Emilia llega y encuentra a Andrea en su habitación. También con Agustín y la genia de Norma Angelleri. Con Norma trabajamos particularmente las escenas en las que Emilia y Julián se vuelven a ver, después de mucho tiempo, en el bar. Fer, en ese sentido, es un director muy lúcido y sensible. Entiendo que con las dificultades presupuestarias que hay, ensayar es un lujo. Fer es muy sabio y supo invertir el tiempo que necesitábamos para conocernos entre el elenco y así trabajar tranquilos para llegar seguros al rodaje. Por otro lado, sobre la interpretación del personaje, creo que lo que más me conmovió, o me generó empatía, desde la primera vez que leí la novela de Romina (varios años antes de que existiera la posibilidad de la película), es el proceso que atraviesa Emilia. Eso a lo que se ve obligada: dejar atrás, duelar. La incomodidad de tener más en el lugar de origen de lo que a uno mismo le gustaría. No encontrar un espacio propio porque los espacios están enrarecidos. Porque nada será como era pero, a la vez, es. Esa sensación de gusto a poco, de no encajar, de haber crecido, de estar físicamente en un lugar pero no estar. Me sensibilizó su nostalgia, yo también lo soy, mal que me pese.

>Santiago Motorizado

—¿De qué forma influyeron la trama y las locaciones para crear la escenografía musical de una película por primera vez y cómo viviste la experiencia?

La muerte no existe y el amor tampoco tiene un espíritu que atraviesa todo: la trama, los personajes, las locaciones, y todo el universo de la película que está familiarizado con cierta melancolía propia de las canciones de El Mató y cierto clima que podría leerse en la discografía del grupo. Incluso Fer cuando armó una especie de maqueta sonora de la película puso varias canciones de El Mató, y la verdad es que quedaba muy bien. Así que ese fue el disparador y ayudó mucho. Porque entre la ansiedad y los nervios por estar a la altura de la peli y hacer algo por primera vez, uno está siempre como dudando un poco, pero la verdad es que Fer tenía muy claro lo que quería y partiendo de este lugar, y entender que la música de El Mató encajaba con ese espíritu, la verdad que fue más fácil y disfruté un montón. Fue muy divertido jugar con la música, pero pendiente todo el tiempo de la imagen.

>Fernando Salem

En tus dos películas, personajes cotidianos plantean cuestiones existenciales en escenarios del interior (contextos apáticos dónde en apariencia nada sucede) y la muerte como disparador. ¿Qué cosas te atraen de aquellas atmósferas para contar este tipo de historias?

Está buena la pregunta. Tengo la sensación que los humanos estamos un poco a la intemperie, buscando un sentido en el desierto. Entonces, la verdad es que hay que encontrarle un sentido a esa situación de estar parados en un desierto. Y cómo se traslada eso a una película o cómo hacer un drama sin que sea algo tan existencial. Creo que vamos al cine también para encontrar sentidos. Carriere dice, por ejemplo, que vamos al cine para evadirnos de lo espantoso de la realidad, pero cuando los relatos son hábiles, ese relato se convierte en un espejo, incluso podemos ver la mano que lo sujeta, y en ese espejo nos vemos a nosotros mismos y volvemos transformados a la vida después de haber ido al cine. Vamos al cine para encontrar un orden, dentro de ese desorden y tener la sensación que al final los buenos ganan, que el amor para siempre existe, que si hago algo mal me va a venir un castigo. Así que para buscar ese orden o contar un relato que organice un poco lo caótico de la existencia creo que estas películas muestran en un desierto a personas quizá desesperadas, tratando de encontrar un sentido, el personaje se destaca mucho más cuando no hay escenario, se ve mucho más el drama interno. Entonces estos desiertos ayudan a que se refleje el interior de esa persona en ese escenario, en ese exterior. Creo que esa atmósferas tan desoladas o melancólicas o áridas ayudan a contar lo que están sintiendo los personajes: Celina en la primera película (“Cómo funcionan casi todas las cosas”) y Emilia en la segunda. En este caso, ella no puede querer, está bloqueada y vive en Buenos Aires que es inhóspito y no hay amor en ninguna superficie, no hay nada que la retenga, que haga que ella se quiera quedar. Y en 28 de noviembre existe esa calidez, es el nido del cual ella salió, pero al mismo tiempo parece no encontrar un lugar.

La muerte no existe y el amor tampoco, de Fernando Salem > Salas:

Malba – CABA (sábados a las 21h, siempre presentada por su director e invitados especiales)

Gaumont - CABA (12.30 y 21.10h)

Showcase Norcenter - Vicente López

Hoyts Unicenter - Martinez

Showcase Haedo - Haedo

Village Avellaneda - Avellaneda

Hoyts Quilmes - Quilmes

Showcase Rosario - Rosario

Village Mendoza - Mendoza

Cine Teatro Avenida - Castelli

Cine Avenida - Bolívar

CC. Cotesma - San Martín de los Andes


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